El rocambolesco viaje a Brasil de Toni Kuakman (y VII)

Después de inauditas aventuras y desventuras, el rocambolesco viaje a Brasil de Toni Kuakman toca a su fin.

Se acerca el final, como decía Mel Brooks en La loca historia del mundo al ver aparecer en el horizonte una gigantesca palabra Fin acercándose progresivamente. Pero no crean, que aún hay material para este post. Para la vuelta decidí adelantar el vuelo entre Río de Janeiro y Sao Paulo con vistas a que no me pasara lo que a la ida. Qué listo soy, recuerdo que pensé; la experiencia es la mejor maestra.

No sirvió de nada, por supuesto; algo tenía que pasar y fue una descomunal tormenta que retrasó todos los vuelos, de manera que el mío terminó fusionándose con el que había reservado antes. Eso hizo que el personal del aeropuerto de Sao Paulo se olvidara de él y no sacara en las pantallas por qué cinta debía salir el equipaje. Una vez más me tocó lidiar con ellos y ver cómo pasaban olímpicamente de mí. Luego resultó que sólo otro pasajero y yo teníamos que coger maletas, las cuales tuvimos que buscar por media terminal. Increíblemente aparecieron y llegamos a tiempo al otro aeropuerto de Sao Paulo porque esta vez el autobús "sólo" tardó cincuenta minutos en atravesar la ciudad.

El viaje transatlántico merecería una visita al psicoanalista. Verán, cuando estaba facturando en Río y me disponía a poner la maleta en la cinta tras pesarla, me encontré con un chupete olvidado. Lo normal hubiera sido recogerlo y dárselo a la chica del mostrador pero, por otro lado, me venía a la mente la tierna imagen de un bebé llorando a moco tendido sin nada que llevarse a la boca, con los pañales rebosantes y una madre que tenía cara de guacamayo.  Confundido por estos pensamientos, y probablemente aún bajo el influjo de los desvaríos de aquel viaje, cogí el chupo y lo blandí en alto exclamando grotescamente "¡Esto no es mío!".

Tal evidencia no logró sino que a la chica del mostrador le diera un ataque de risa tan tremendo que retornaba imparable cada vez que podía contenerse y ponerse seria durante unos segundos. Así,  convulsionándose como si tuviera epilepsia y con gruesos lagrimones resbalando por su cara, realizó todo el proceso de facturación. Cuando me fui allí seguía mondándose, casi sin poder pedir que pasara al siguiente de la cola. La última imagen que tengo de ella es con el rostro oculto entre los brazos dando con el puño en la mesa.


De perdidos al río, debió pensar mi subconsciente, y durante el vuelo terminé viendo la película de los Pitufos. Por supuesto, me identifiqué con el pitufo torpe y me imaginé a mí mismo con la cara pintada de azul y un gorro frigio blanco paseando por los distintos rincones de Brasil.

Y ahora que ha pasado el tiempo he de decir que no todo fue disparatado, Gracias a otra tormenta que obligó a aplazar una excursión en la Amazonía -que, por cierto, en realidad sólo había contratado yo-, me quedé en el hotel hablando con el guía sobre una organización para la que trabajaba, llamada Greenheart y dedicada a crear infraestructuras turísticas cuyos fondos se destinarán a la recuperación medioambiental. Y me ofreció colaborar desde España; si sale bien algo habré sacado en positivo del viaje. Bueno, también algunas fotos curiosas, como habrán visto.

Aquí termina el relato de Toni Kuakman. Creo que ha merecido la pena incluirlo en el blog. Si sus demás vacaciones también son así tengo que pedirle que vuelva a contárnoslas aquí.

Fotos: Toni Kuakman

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