El rocambolesco viaje a Brasil de Toni Kuakman (III)

Tercera entrega del rocambolesco viaje a Brasil de Toni Kuakman, contado por él mismo:

Recordarán que me había quedado tirado en el aeropuerto, toreado por la burocracia y perdido como un Joseph K. dolorosamente real. Entonces tuve una epifanía; pero no fue un ángel lo que se me apareció, no, ni tampoco una Virgen, sino la palabra supervisor, que en aquel momento prometía ser más eficaz. Y además el momento vino acompañado de una acalorada oleada de indignación que me inflamó los sesos (los mismos que ansiaban merendar los zombies de la metáfora del último captulo): se acabó la amabilidad para dar paso al tono borde, agresivo e incluso asesino si era necesario.

Así que me puse las gafas de sol, subí las solapas de la cazadora e imitando la expresión dura de Terminator, que al fin y al cabo rima con supervisor, me acerqué al mostrador de TAM.

-Quiero hablar con el supervisor- dije secamente procurando que el  tono de voz se pareciera al de Constantino Romero-

Pero el tipo no entendía ni jota porque no hablaba ni español ni inglés, así que ya estarán pensando que no tuve más remedio que espetarle un amenazador "Volveré". Pues no, porque al lado se hallaba la empleada que me había estado observando la vez anterior y, para mi pasmo, me comunicó que no me preocupara, que me metían en el siguiente vuelo. Así, sin más. Siempre me quedará la duda: ¿era un alma caritativa, una mano deseosa de una buena propina o es que había surtido efecto encarnar a Arnold Schwarzenegger?

No había respuesta, como tampoco a por qué algo tan sencillo no se pudo arreglar antes. Mas, ya no importaba. Poco después estaba en un avión en ruta hacia Río de Janeiro pensando en solazarme en mi suite de 150 eurazos y exprimirla al máximo para resarcirme.

Lo malo fue que al llegar me encontré con que las cuatro estrellas del hotel debían estar en supernova. Verdaderamente era un sitio céntrico, frente a la playa de Copacabana, pero el aire acondicionado vibraba como la turbina del avión del que me acababa de bajar y la nevera incluso pegaba saltos asemejando un pingüino con frac de verano, algo que nunca pude averiguar si era por la potencia que requería el calor tropical o por las obras que hacían en el edificio de al lado y que ni siquiera paraban de noche, impidiéndome dormir.

Tampoco me resultó fácil contactar telefónicamente con mi amigo Wences para decirle que ya estaba allí; o no conectaba o salía una voz en portugués diciendo no sé qué; los que dicen que son idiomas parecidos deberían probar a través de un móvil con todo tipo de interferencias. Por suerte fue él quien me llamó y quedamos para dar una vuelta y que me enseñara la ciudad. Entonces empezó otro estrafalario capítulo.

Wences me explicó que no debía llevar mucho dinero encima, cosa a la que me había adelantado porque apenas me quedaba un centenar de euros. "Tampoco hay que exagerar", dijo. Sonreí ufanamente y le mostré la tarjeta de crédito. Cuando le ví menear la cabeza de un lado a otro supe que habría problemas: resulta que muchos cajeros de los bancos de Brasil, o al menos de Río, no reconocen nuestras tarjetas, lo cual es una lástima porque casi todo se puede pagar con ellas; hasta el autobús.


Al día siguiente contraté un tour para conocer el lugar que, en plan kamikaze, pagué con los últimos euros que quedaban porque así salía más barata. Después de tantas adversidades, pensé, no todo puede salir mal. Pero esa noche invite a Wences a cenar a un buen restaurante y al terminar, claro, el lector no reconoció la tarjeta, tal como había profetizado él. Para ser exactos, no me reconocía la de débito, pues la de crédito la había dejado en la habitación siguiendo su consejo de nunca llevar las dos encima.

De forma bochornosa, Wences tuvo que prestarme dinero para poder invitarle. Pero a la mañana siguiente salí a probar con la de crédito y tampoco. La situación prometía: en Río, con dos tarjetas que no funcionaban y con mis últimos 40 euros en el bolsillo. La tercera jornada no la dediqué a descubrir los atractivos turísticos de la ciudad, como había planeado, sino a probar todos los cajeros que me encontré por el centro: Iatú, La Caixa, Bradesco, HSBC... Así hasta acumular más de una docena. Una vez sonó la flauta en uno pero como luego seguí con otros más, al final no recordaba cuál había sido el bueno, con lo cual me ví obligado a repetir la experiencia desde el principio.

Así que aquella jornada fue empleada exclusivamente en la apasionante tarea de buscar de dónde sacar dinero; vamos, lo que sueña cualquiera que planee unas vacaciones de RRío de Janeiro. Probé en el Banco de Brasil, que estaba al lado del hotel y donde aún no lo había intentado y tampoco. Fue entonces cuando me fijé en la broma siniestra del destino: las dos tarjetas estaban rajadas exactamente por el mismo sitio, quizá por las vicisitudes aeroportuarias del viaje, afectando a la banda magnética.

Esa misma tarde, el abnegado Wences y yo recorrimos medio Copacabana con su tarjeta intentándolo en todo cajero de cualquier banco que viéramos, pero tampoco él tuvo suerte. Derrotados, regresamos al hotel. Antes probamos una vez más, sin la más mínima esperanza, en el vecino Banco de Brasil de aquella mañana y ¡aleluya! por fin lo conseguimos. No me pregunten por qué esa vez sí. Mi anfitrión sacó y me entregó un montón de dinero, el doble del que, calculaba, iba a necesitar. Decididamente, me conocía bien.

(continuará)

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