Gorilas en la niebla


Una de las noticias de estos días ha sido el nacimiento de un bebé gorila en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno el pasado 16 de abril. Su padre es un espalda plateada llamado Niky y la madre atiende al nombre de Moja. Dicen que ésta no suelta a su hijo, de manera que todavía no se ha podido comprobar el sexo de éste, por lo que la presentación oficial habrá de posponerse hasta que ella se restablezca completamente del parto y el pequeño empiece a mamar regularmente.

En fin, yo he tenido la suerte de ver una familia de gorilas en vivo, sin cristales ni barrotes de por medio, en su hábitat natural. Fue en el Parque Nacional de los Volcanes de Ruanda, en el mismo lugar donde los estudió Diane Fossey durante décadas. De hecho, me alojé en el mismo hotel que solía usar ella cuando bajaba de las montañas Virunga a Ruhengeri, la ciudad más cercana, a por víveres.

Se llama Muhabura y es un establecimiento de esos que llaman "africanos", bastante básico y sencillo, necesitado de una buena reforma que haga funcionar al menos el agua caliente, aunque al mismo tiempo tiene su gracia, pues las habitaciones no se distribuyen en altura sino en una especie de bungalows, cada una con su jardincillo delante.

Tiene un cenador rodeado de setos en el que desayunar a horas excesivamente madrugadoras, como es costumbre para poder ir a ver a los gorilas, resulta más llevadero. Aunque sea con la insólita versión local del Cola Cao, que en África es picante. También dispone de un amplio y despejado jardín donde se ofrece un espectáculo a los turistas que proporciona la sensación de protagonizar una escena de Las minas del rey Salomón: son bailes folklóricos nativos a cargo de un grupo de altísimos y espigados Watusis con sus lanzas, escudos, penachos y tambores.

Tan pintoresco como recomendable, en suma, máxime teniendo en cuenta que Ruhengeri no tiene mucho más que ofrecer. Es poco agraciada y sólo buscando en lo anecdótico se le puede encontrar algo de interés: las moto-taxis con sus conductores bien provistos de casco y chaleco reflectante (se sube detrás, agarrado al piloto, y hay que pactar la carrera previamente), un tosco mercado tradicional africano que provocaría el horror de cualquier inspector de sanidad, el niño que nos siguió todo el paseo empujando a otro en una silla de ruedas y al que se le quedaron los ojos como platos cuando le di un billete en vez de una moneda...

En fin, al amancer toca trasladarse al Centro de visitantes, al pie de las montañas, donde los rangers y rastreadores se reúnen para saber dónde está cada familia de gorilas, asignan un grupo a cada una para verla, explican su historia y características, dan intrucciones para comportarse cuando se produzca el encuentro, etc. Mientras, se puede hacer acopio de energía tomando algo en la cafetería.

Luego, un recorrido en 4 x 4 por unos inenarrables caminos soportando lo que allí llaman "masaje africano", es decir botes y saltos non stop sobre el asiento, hasta la entrada del parque. El coche para en medio de la nada y se acerca un grupo de nativos para ofrecer sus servicios como porteadores o vender bastones artesanales para ayudarse en el trekking.

Sólo queda dejar atrás los campos cultivados (con patatas, para más señas), donde llaman la atención unas primitivas chozas de hojarasca en las que los campesinos pasan la noche vigilando que ningún animal les robe la cosecha (hace unos días no salía de mi asombro en Atapuerca contemplando la reconstrucción de una del Paleolítico exactamente igual), e internarse finalmente en en la frondosidad en busca de los gorilas. El resto lo pueden leer en los posts anteriores que escribí ad hoc, Las chicas de oro y Agashya y familia, o ver el vídeo resumen de arriba.

Comentarios

marleralta@gmail.com ha dicho que…
Si alguna vez tenéis oportunidad de ver gorilas en su hábitat, es una experiencia irrepetible.
El tío-abuelo Penradock ha dicho que…
Lo es, por supuesto. Un vídeo nunca podrá aportar con plenitud la emoción, los sonidos, los olores, los matices, la fascinación. Las sensaciones, en suma, de estar ahí, a un paso de nuestra naturaleza más primitiva.

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