El Paso del Borgo


 "Entonces, en medio de la oscuridad, distinguí una especie de claridad grisácea delante de nosotros, como si se tratase de una grieta entre los montes. El nerviosismo de los viajeros  aumentó; la loca diligencia se cimbreaba sobre las grandes ballestas de cuero y se escoraba como un barco sacudido por un mar tempestuoso. Tuve que agarrarme. La carretera  se hizo más llana y pareció que volábamos. Luego, las montañas se fueron acercando a uno y otro lado, ciñéndose amenazadoras sobre nosotros: estábamos entrando en el desfiladero del Borgo".

Drácula (Bram Stoker)

Una de las exigencias en las que insistí hasta el aburrimiento a la agencia de viajes cuando planeaba las vacaciones en Rumanía fue que se aseguraran de que cruzaría el Paso del Borgo. Incluso tuvieron que hacer alguna llamada de corroboración así que ya ven lo que puede hacer la literatura -debidamente apoyada por el cine- en favor del turismo.

Después de leer Drácula me resultaba inconcebible viajar por el país sin conocer el escenario del mejor capítulo de la novela, el primero, el que describe la entrada de Jonathan Harker en esa Transilvania que parece un mundo aparte, fantástico y terrorífico a la vez, más cercano a los sueños que a la realidad. Muy apetitoso, pues.

Lo cierto es que después de visitar países de casi todos los continentes nunca me encontré un paisaje tan siniestro y agobiante, y por tanto espléndido, como el transilvano: caminos desolados con encrucijadas señaladas por cruceros que yo imaginaba estereotipados y resulta que son reales, unos Cárpatos no muy altos pero salvajes, las casas campesinas que se conservan como si estuviéramos en otro siglo, cementerios en medio de los pueblos... 

Pero lo más impresionante es la luz, o más bien su escasez. A pesar de ser verano el cielo permanecía en semitinieblas, con densos nubarrones filtrando tenues rayos de sol muy de cuando en cuando que me obligaron a continuos ajustes en la cámara si quería hacer fotos que no parecieran esas postales humorísticas que muestran una ciudad de noche con la imagen completamente negra. Es la sensación de vivir en un continuo contraluz. A la foto me remito.

Sólo podía faltar una guinda para tener el escenario perfecto en la visita y tuve la suerte de que ocurriera, aunque fue otro día: una tormenta nocturna con lluvia, rayos y viento ululante, de ésas que en las películas sacuden violentamente los postigos de las ventanas. ¿Qué más se puede pedir? Quizá un murciélago revoloteando junto al cristal pero eso ya hubiera sido demasiado.

El Paso del Borgo, sin embargo, no es tan tremebundo como describe Harker, bien es cierto que yo lo atravesé por la mañana y no de noche como él, rodeado de lobos hambrientos, fuegos fatuos y un misterioso chófer embozado. Pero siendo asturiano no me amedrentó demasiado el sitio, comparado con algunos puertos de montaña de mi tierra o de otros puntos de España. La carretera es de montaña pero ancha y los abismos que salva, con ser importantes, no resultan demasiado abruptos sino en terraplén (si el personaje hubiera tenido que ascender Pajares, por ejemplo, el vampiro hubiera sido la menor de sus preocupaciones).

En la cima, a 1.200 metros, desaparecen los bosques de abetos y el collado aparece desnudo salvo por los chalets y alojamientos rurales que salpican las praderas otorgando al sitio un aspecto suizo, pues resulta que se ha puesto de moda hacerse una casa por allí. Algo curioso a priori si se tiene en cuenta que el edificio que centra la atención allá arriba es... el castillo de Drácula. Claro que con el pedazo de cruz que han erigido en una loma cercana -vean la primera foto- el conde se habrá buscado un sitio más tranquilo donde vivir.

(continuará)

Fotos: Marta B.L.



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