Los tres mosquiteros

No me gustan los mosquitos. Los detesto tanto como cualquier otra persona que no sea masoquista y disfrute recibiendo donando su sangre a un bicho asqueroso que, a cambio, te proporciona un molesto picor y una marca antiestética en la piel. Y los odio aún más después de ver esos episodios de House en los que al picarte te inoculan enfermedades raras que quedan latentes durante años hasta que un día despiertan y te ponen al borde de la muerte; el dengue y la malaria son los casos más conocidos. Por eso seguramente resultará curiosa mi afición a viajar a sitios que son auténticos paraísos para estos insectos.

Y es que sólo faltaba que esos seres repugnantes me impidieran visitar tantos lugares espléndidos. Por eso cuando me dispongo a marchar hacia tales latitudes no falta en la maleta algún que otro repelente. El más recurrido es Relec, claro, que constituye la última línea de defensa contra el enemigo; si éste la sobrepasa todo está perdido y habrá que graduar la espoleta a cero para autobombardearse a manotazo limpio.

Recuerdo que en Costa Rica aseguraban que el Relec era inútil contra los mosquitos locales, especialmente en las zonas de selva, aunque a mí me salvó de sus ataques, quizá porque me embadurnaba hasta tal punto que aunque los bichos fueran inmunes sencillamente resbalaban sobre la piel y no podían posarse para picar.

Pero ni con litros de Relec me hubiera atrevido a descansar tranquilamente en la habitación del hotel de Ákaba. Jordania es un país demasiado seco para los mosquitos pero esa ciudad es una excepción porque está en el Mar Rojo y la humedad les permite multiplicarse por todas partes. En fin, ya conté esta aventura en otro post, Los violines de Ákaba.

También fui prevenido en Egipto, al menos para cuando anduviera cerca del Nilo. Sin embargo tampoco allí me molestaron. Acaso porque la sangre de una víctima de gastroenteritis galopante no les resulta apetitosa o quizá porque funcionó el llavero de ultrasonidos. Aunque esto último me parece dudoso porque sólo lo puse unos minutos antes de apagarlo por su molesto pitido; sí, el mismo que según la teoría no debería percibir mi oído. Claro que, desde ese punto de vista, a lo mejor sí que tuvo un efecto disuasorio sobre los mosquitos.

Ahora hay aplicaciones para el móvil con ultrasonidos antimosquitos. Se supone que imitan la vibración de los machos, algo que suele incitar a las hembras a largarse en dirección contraria y, como son éstas las que pican, ése es el quid del funcionamiento; ahora que lo pienso, a lo mejor tengo oído de mosquito hembra. 

Pero los diversos análisis realizados en laboratorio desde hace años concluyen que esos presuntos ultrasonidos no tienen efecto alguno y FACUA ha solicitado su retirada del mercado por inútiles. En fin, quien quiera probar... Al fin y al cabo esa app permite usar el móvil simultáneamente y además no consume apenas batería.

También hay otras opciones en el mercado, como unos parches presuntamente repelentes que se ponen sobre la piel, tal cual hacen los de nicotina. Pero para viajar a sitios exóticos, calurosos y húmedos, yo me llevaría algún plan B algo más contundente: un insecticida, un lanzallamas... El tema es asquerosamente jugoso y, si no, lean el próximo post.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Lo peor es el zumbido de su vuelo durante el sueño nocturno.
El tío-abuelo Penradock ha dicho que…
Sí, ahí, pegado a la oreja, que le sueltas un mandoble pero el maldito sigue rondando interrumpiendo el sueño. Pero qué placer, qué inmensa satisfacción cuando te levantas y por fin logras acabar con él.

Entradas populares de este blog

Xocolátl

La Capilla Sixtina: el Juicio Final

Las huellas de la Operación Antropoide en Praga (II)