Lamu: swahilis, famosos, burros y tortugas

Evidentemente, si uno planea un viaje a Kenia lo hace fundamentalmente para conocer sus parques naturales a través de un safari: otear ese conjunto de animales comúmnente conocido como Big five (los cinco grandes: elefante, búfalo, leopardo, rinoceronte y león, aunque no sé por qué olvidan la jirafa o el hipopótamo), entender el modo de vida de lo masai o alguna otra tribu, contemplar la mole del Monte Kenia o la silueta del emblemático Kilimanjaro tanzano, admirar la belleza rosa que proporcionan miles de flamencos al lago Nakuru, etc.

Pero el país tiene otra cara, la de la costa del Índico, donde predomina la cultura swahili, un raro cóctel que mezcla aspectos de las etnias bantúes que habitaban la zona con las árabes traídas por los esclavistas, llegando a formar incluso un idioma y a extender el islamismo como religión regional principal. 

La capital de la costa swahili keniata es Mombasa, pero los turistas acuden sobre todo a Zanzíbar y Pemba (que en realidad  pertenecen a Tanzania). Sin embargo hay un pequeño rincón mucho menos frecuentado y conocido -habrá que cruzar los dedos para que siga así- que merece la pena descubrir: Lamu.

Vista de Lamu Town llegando en dhow desde el aeródromo
Se trata de un pequeño archipiélago, muy cercano al continente, formado por tres islas (Manda, Pate y la propia Lamu) y multitud de islotes con una característica en común: no hay tráfico automovilístico y para moverse se recurre a las lanchas o, mejor aún, a las tradicionales embarcaciones de madera y vela latina llamadas dhows.

Si hay que recorrer un camino interior, por tierra, casi todos los habitantes tienen burros (uno por cada tres), animales protegidos localmente hasta el punto de que se les ha dedicado una especie de reserva-santuario donde viven a cuerpo de rey; ya hablé de ello en otro post. Como dicen los swahilis, "Un hombre sin un burro es un burro". Como contrapartida, abundan las pulgas y el suello está lleno de deposiciones de los animales.

A Lamu se suele llegar vía aérea desde Nairobi gracias a un mini aeródromo que hay en Manda, cuya terminal es una choza grande de madera con techo de paja y que, obviamente, sólo admite pequeños aviones de hélice. Desde allí hay que desplazarse en barca a Lamu Town, la capital, la ciudad habitada más antigua del país desde que el viajero árabe Abu Al-Mahasini estableció en ella un puerto en 1441.

Marta haciéndose pasar por Carolina de Mónaco ante la casa de ésta
Aunque medio siglo después la tomaron los portugueses, no tardaron en surgir rebeliones dirigidas por el sultán de Omán hasta que finalmente llegaron los ingleses. La última invasión fue también la más pintoresca y fue en los años setenta del siglo XX, cuando montones de hippies se instalaron para crear una comunidad. Luego terminaron decantándose por Ibiza.

En cambio, varios famosos se sintieron lo suficientemente seducidos por el encanto local como para construir allí sus mansiones de vacaciones, caso de Madonna, Mick Jagger o Carolina de Mónaco. Están en primera línea de playa; eso sí, bien protegidas por altos muros y, me imagino, guardaespaldas de tamaño similar.

Un centenar de tortuguitas salen de debajo de la arena para empezar el duro camino de la vida
Buena parte del suelo de Lamu es arenoso, aunque ello no impide una frondosa vegetación que en las zonas ribereñas es a base de manglares, ya que hay multitud de canales y rías. Suelen navegarse en busca de animales y estando atento -y con bastante suerte-, se puede encontrar alguna excursión guiada a Pate para ver eclosionar los huevos de las tortugas  marinas: ver a un centenar de crías salir de la arena y correr fatigosamente hacia el mar (donde la mayoría morirán devoradas por los tiburones que están aguardando), es un auténtico espectáculo. 
Si a la vuelta la lancha se queda sin combustible en medio del agua y hay que esperar que llegue otra con un bidón, la cosa se vuelve inolvidable y con ribetes esperpénticos. En mi caso incluso fuimos un paso más allá. "¿Puede ser peor?", preguntó Torrente, el compañero impresentable del que ya les hablé en alguna ocasión y que, al igual que en el resto del viaje, no había disfrutado con el paseo un solo minuto. Y mientras aguardábamos mecidos por el suave oleaje, empezó a llover.
(continuará).

Fotos: Marta BL y JAF

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