Petra, la ciudad de los nabateos... y de Indiana Jones


Es curioso: hace unos años un arqueólogo de pega consiguió lo que no habían logrado los libros. El mágico poder del cine difundió mundialmente la imagen de Petra cuando George Lucas y Steven Spielbreg situaron allí la parte final de su tercera película de Indiana Jones, La última Cruzada.

Hasta entonces, la imponente fachada clásica de El Khazne, el famoso Tesoro, asomando por una enorme grieta, era algo destinado casi exclusivamente a las guías de viajes. Y lo sigue siendo, para ser sinceros, porque aunque esa imagen les sonará a muchos, la mayoría desconocerá que está en Jordania (y habrá quien no sepa dónde esta este país) y que fue obra de los nabateos.

Fue esta civilización la que excavó en la roca la ciudad varios siglos antes de Cristo, aunque ya había asentamientos neolíticos y edomitas. El reino nabateo resistió durante cientos de años todos los intentos que hicieron invasores diversos por conquistarlo pero, al final, cayeron ante los romanos: Trajano conquistó Petra en el 106 d. C. y,  desde entonces, entró en una progresiva decadencia económica que determinó su abandono paulatino y, prácticamente, la sumió en el olvido a los ojos del mundo.

En el siglo XIX ya era sólo una leyenda cuando un historiador y arqueólogo se adentró en esa zona prohibida del desierto y la redescubrió. No, no era Indiana Jones sino el suizo Johann Ludwig Burckhardt. Indy llegó más tarde pero, en cierta forma, es la figura del héroe cinematográfico la que continúa ligada a este sitio porque nada más sacar la entrada en la taquilla se ofrece la posibilidad de recorrer a caballo la explanada que hay hasta la garganta del Sik, tal cual hacían él y sus amigos en la película.

Los beduinos que se encargan de ello no dan sombrero ni látigo, claro; y al llegar a la entrada, el Sik se atraviesa a pie, salvo que se alquile una calesa, pero entonces será imposible pararse a admirar las tonalidades cromáticas de las vetas de sus paredes verticales (alcanzan el centenar de metros de altura) ni contemplar las canalizaciones de agua que atraviesan este estrecho paso de kilómetro y medio de largo por dos de ancho, pensado no sólo como elemento defensivo sino también para ir preparando espiritualmente al visitante en su camino al corazón de la ciudad.


Porque mucha gente piensa que Petra es sólo la fachada del Tesoro pero no. Ésa es la imagen más conocida y emblemática pero después hay una urbe entera cuya visita completa lleva varias horas o incluso días: tumbas, templos, hipogeos, calzadas, fuentes, teatros... Hasta un tholos, similar al Tesoro, reutilizado como monasterio en la Alta Edad Media y al que se llega tras una subida de cuarenta minutos; las vistas desde allí son imponentes, por lo que se recomienda hacer el esfuerzo pese al sol implacable; la alternativa es alquilar un burro, que no tiene glamour hollywoodiense pero es más hábil para subir por escalones.

Fotos: JAF y Marta B.L.

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