Hasta luego, cocodrilo


Esta semana la prensa se hacía eco de una de esas noticias que parecen sacadas de un show de los Monty Python. El pasado 25 de agosto se estrelló un avión en la República Democrática del Congo, muriendo la práctica totalidad de sus ocupantes, veinte personas; sólo se salvó uno de los pasajeros. O, al menos, eso se creía hasta ahora porque el tipo acaba de contar una historia que hay que oir para creer.

Resulta que bordo viajaba un traficante de animales que transportaba un cocodrilo en su equipaje de mano. Lo más normal del mundo, vamos. Aunque tenía la documentación en regla -era un traficante legal-, llevarlo en la cabina oculto en una bolsa de deportes es harina de otro costal. Quizá pensó que se le moriría si tenía que viajar en la bodega y perdería el dineral que iba a ganar con él. O quizá creía que la lista inacabable de prohibiciones al embarcar no incluye a los cocodrilos. El caso es que, a punto ya de llegar a destino, el reptil se hartó de ir ahí metido y mientras los demás se abrochaban los cinturones él se quitó los que le ataban y decidió dar una vuelta por el pasillo.

La azafata empezó a dar alaridos -no se sabe si por miedo o al ver que el bicho vulneraba la norma de levantarse del asiento durante la maniobra de aterrizaje- y luego echó a correr despavorida a refugiarse en la cabina de mando. El pánico se extendió a todos los pasajeros, que huyeron en la misma dirección desequilibrando el avión y provocando así el accidente. El primer caso -y único se supone- de la Historia en que una aeronave es derribada por un cocodrilo.

Pero antes hablaba de otro superviviente. Y fue, claro, el propio animal. Al parecer cuando llegaron los servicios de emergencia se lo encontraron deambulando entre los restos humeantes pero nadie imaginó que formara parte del pasaje. Ésa fue su perdición: considerándolo un peligro -llegaban un poco tarde- para los heridos lo mataron a machetazos. Mal final.

Imagino que más de uno estará preguntándose cómo pudo subir a bordo una persona con un bicho así en la maleta. La respuesta es obvia para cualquiera que haya estado en África alguna vez. Un poco de dinero y todo arreglado, como me dijeron en el aeródromo de Lamu (Kenia) para permitirme facturar un cuchillo nativo. Algo que, por cierto, contrasta notablemente con el exasperante control de pasaportes en los aeropuertos más grandes, véase Nairobi, donde hay que pasar hasta media docena de controles, sacarse fotos en el mostrador, imprimir huellas digitales (¡de toda la mano!), pagar con billetes que no tengan más de diez años, mostrar el contenido de la maleta, someterse a un registro y aguantar que una funcionaria seca y mal encarada -todas parecen serlo allí- ponga en duda que seas el de la foto de tu pasaporte, aunque la hayas sacado justo antes de viajar.

Así que está claro: lo mejor es viajar con un cocodrilo y nadie te preguntará nada.

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