Llamadme Ismael


Hace ya un montón de años nos vimos en el trance de viajar a Vigo para una boda y la experiencia fue cercana a la de Dante y Virgilio por los nueve círculos del Infierno. Como si no fuera bastante tortura un trayecto de ocho horas -sí, Asturias y Galicia están pegadas pero en cuestión viaria están casi tan alejadas como si tuviéramos que ir a Canarias- un error garrafal de planificación estuvo a punto de convertir aquello en un despropósito. Lo cual es magnífico, por supuesto, ya que de ello se alimenta este blog y un viaje sin incidencias no tiene gracia... aunque en el momento llegues a sudar sangre.

Como mi familia era y es numerosa tuvimos que repartirnos en dos coches, de manera que mis padres viajaban delante, abriendo camino con su Citröen AX y mis hermanos y yo les seguíamos en mi vetusto Ford Escort. Al principio todo transcurrió sin problemas; una parada en Navia para merendar y continuación hasta Vegadeo, el último pueblo asturiano, separado de Ribadeo, ya en Galicia, por un puente sobre la ría. Quizá al entrar en territorio galaico molestamos a alguna de esas meigas en las que no se cree pero que existir, existen, dice el refrán; el caso es que nada más pasar el puente giré a la derecha por despiste y perdí de vista el coche de mis padres. Rápidamente busqué la salida hacia la carretera de Vigo pero la operación me llevó eternos minutos de semáforos que, malditos, siempre estaban en rojo. Cuando lo conseguí ya no había rastro del AX.

No parece un gran problema, se puede pensar: una llamada de móvil y todo solucionado. Ah, pero es que entonces la Humanidad aún estaba libre de esa plaga. Bueno, pues se sigue el camino por cuenta propia y ya habrá reunión en destino, podría sugerirse también. Cierto, pero aquí aparece el gran despropósito: se me había olvidado apuntar la dirección de llegada; recordaba que era en el concejo de Nigrán pero nada más.

La única solución por el momento era intentar llegar lo más cerca posible y luego llamar a alguna de mis abuelas -que se quedaron en casa porque salir de su región les parecía algo así como dar la vuelta al mundo- por si mis padres les avisaban por teléfono de la pérdida y podíamos quedar en algún sitio, algo delirante si esperábamos que la coordinación dependiera de ellas.

Durante más de una hora conduje, pues, en solitario, estrujándome los sesos inútilmente para recordar la dirección. Poco a poco fue declinando la tarde y cayó el negro manto de la noche, acompañado de una lluvia que no tardó en volverse torrencial. Ahora ya ni siquiera sabía dónde me encontraba yo; me limitaba a conducir prácticamente a ciegas, dada la cantidad de agua que se acumulaba en el parabrisas sin que el limpia pudiera apenas desalojarla. Y en el peor momento, en un alto de montaña con un abismo insondable a un lado y un bosque al otro, casi navegando en medio del diluvio más que circulando y envuelto por una densa niebla a través de la cual me parece vislumbrar de vez en cuando las fauces de una manada de lobishomes esperando saltar sobre nosotros, reconocí la matrícula del coche que me precedía: ¡era el entrañable AX de mis padres!
Ni siquiera Ismael sintió tanta alegría cuando avistó los mástiles del Rachel desde su ataúd flotante; mi Pequod gris metalizado acababa de encontrar a sus propios huérfanos.

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