El rostro de Marley


Supongo que todo el mundo conoce el Cuento de Navidad de Charles Dickens: al viejo prestamista Ebenezer Scrooge, avaro y misántropo, se le aparecen sucesivamente los espíritus de las Navidades pasada (que le muestra su infancia), presente (cómo viven las fiestas sus conocidos y empleados) y futura (su muerte, solo y depreciado), haciéndole cambiar de actitud ante la vida. Pero Scrooge ha tenido una visita previa: esa Nochebuena, después de cenar en una tasca miserable, regresa a casa y al disponerse a abrir la puerta se le aparece sobre la puerta el rostro de su difunto socio -y único amigo-, Jacob Marley. El viejo lo achaca a una indigestión pero cuando se dispone a acostarse se materializa en su presencia el espectro de Marley, que es quien le anuncia la visita de los demás fantasmas.

Narro todo esto porque yo, que ni soy prestamista, ni me llamo Ebenezer, y disfruto cuanto puedo de la Navidad, también recibo periódicamente la visita de Marley. Sólo que no en invierno sino en verano, cuando estoy de vacaciones por algún lugar del mundo. Y además no es ese Marley sino otro, Bob, cuya imagen no pega mucho en la triste Inglaterra dickensiana.

Lo cierto es que allá donde voy me encuentro el fantasma rastafari. Me topé con él en Atenas, mientras visitaba el Ágora romana, sentado sobre una piedra milenaria con su guitarra cantando No woman no cry; una canción que me persigue a todas partes desde entonces. En pleno tour por el Sahara el conductor del  4x4 puso una cassette, adivinen de quién. Este invierno llegamos a Sevilla y hacía tal frío que tuvimos que correr a comprar un gorro en el mercadillo de la Plaza Nueva y, claro, de algún puesto salían las inevitables notas musicales. Y en el Caribe ya ni cuento, porque allí la mitad de la población negra lleva rastas, collares y gorra de colores jamaicanos, con lo que aquello parece el ataque de los clones: en Panamá y el litoral sur de Costa Rica hay miles de Bob Marleys vendiendo artesanía, cantando, fumando o lo que haga falta. Hasta en alta mar, durante una excursión  para ver cetáceos, sonó la melodía.

Así que se plantean dos cuestiones curiosas. La primera es si este verano  también habrá un Marley en Uganda y Ruanda, a donde viajaré en agosto. La segunda es si en invierno aparecerán los espíritus de las Navidades pasada, presente y futura fumando marihuana y haciendo los coros de su predecesor Marley, que no será el socio de Scrooge obviamente.

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