Temulentia in Luco Augusti


Volvamos la vista atrás y recordemos uno de aquellos viajes legendarios de mi etapa universitaria. Concretamente uno de los que realicé por tierras de Galicia y Portugal con la finalidad de conocer in situ la cultura castreña.

Tras visitar algunos castros del occidente asturiano llegamos a Lugo, de la que no puedo contar mucho porque nuestra visita -dado que íbamos con el tiempo justo- se centró en la parte arqueológica, sobre todo en la muralla romana, actualmente Patrimonio de la Humanidad: dos kilómetros de longitud y 46 torreones bien conservados. De hecho, no recuerdo nada más que aquellos sillares ennegrecidos por el agua y el tiempo pero tampoco debería extrañar a nadie, ya que esa tarde pillamos una cogorza tan monumental que rivalizaba con el monumento, valga la irónica redundancia.

Porque, entonces, a la sombra de los muros milenarios brotaban bares y pubs, y cuando terminamos de recorrer el camino de ronda empezamos el de las rondas. Ya entrada la noche, un par de horas después de la primera caña, y de la segunda y de la tercera y de la cuarta... Bueno, que ya las contaba con doble guarismo cuando decidí que se me habían quitado las ganas de seguir robando jarras de cerveza de los bares bajo el anorak -lo cual no era nada del otro mundo teniendo en cuenta que un colega salió del último local con una tapa de cisterna, incluyendo todo el mecanismo de recarga- y me fui directamente a la cama. Mi compañero de habitación, que se había retirado antes, roncaba como una piara de cerdos con bronquitis, complemento sonoro perfecto para impedirme pegar ojo si se combinaba con las vueltas que daba la estancia a mi alrededor.

Y estaba la sed. La maldita sed. Esa paradójica sequedad de garganta que produce el exceso de alcohol y que no podía solucionar porque el estúpido del cerdo, digo del compañero, al que había encargado que dejara una botella de agua a mano para la noche, debió ponerse a pensar por su cuenta sin permiso y en vez de agua decidió que, total, para beber lo mismo valía una de ron. Así que cada quince minutos, cuando conseguía echar el ancla y me adormilaba y creía que alguien había sustituido mi lengua por un corcho, entreabría los párpados y veía la cara del Cacique dispuesto a echar una mano; me pareció que el maldito esbozaba una sonrisa cuando habitualmente se limitaba a fruncir el ceño pero no podría asegurarlo porque en vez de un rostro le veía dos.

Aunque cada vez que me incorporaba trataba únicamente de mojar los labios, fue una de las noches más largas de mi vida.

Foto:
commons.wikimedia

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