Hermanos de sangre


Hace unos días se cumplió el 70º aniversario de la invasión de Francia por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Era junio de 1940. La fabulosa maquinaria bélica creada a lo largo de los años de gobierno nazi había invadido Polonia con la excusa de la ciudad de Danzig, el espacio vital y tal y tal. El Gobierno británico quedó en ridículo porque su primer ministro, Neville Chamberlain, había cedido hasta entonces ante todas las barrabasadas de Hitler, como la anexión de los Sudetes o Austria. Al final, una frase inmortal de su adversario político, Winston Churchill, resumió la situación: "Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra; elegísteis el deshonor y además tendréis guerra".

El caso es que hubo cambio de premier (Chamberlain murió a los pocos meses) y se declaró la guerra a Alemania, tal como se había prometido a Francia. Pero en 1940 la Wërmacht era imparable. Ante la ola de las divisiones Panzer los polacos sólo pudieron oponer escuadrones de lanceros, como si se estuvieran en el siglo XIX. Los tanquistas germanos, impresionados ante aquel espectáculo entre magnífico y esperpéntico, dispararon sus ametralladoras apuntando lo más bajo posible para matar sólo a los caballos pero al final del día el campo de batalla era una hamburguesa de dos sabores.

Los franceses no hicieron mucho mejor papel. Pensaban que con la Línea Maginot y el contingente de ayuda enviado desde Gran Bretaña bastaría para frenar al enemigo, pero no fue así. Los carros de combate alemanes ignoraron la Línea y en vez de intentar romperla entraron por el norte, tras invadir Holanda, Luxemburgo y Bélgica, como antes habían hecho con Dinamarca, Finlandia y Noruega. Ya en territorio galo fueron empujando al Ejército Francés y la BEF (British Expeditionary Force) hacia la costa hasta embolsarlos en Dunkerque. Allí Churchill demostró que no todos sus planes estratégicos eran tan disparatados como aquella ocurrencia suya de 1915, el desembarco-debacle de Gallipoli, y decidió que una retirada a tiempo podía salvar muchas vidas que luego serían muy valiosas; ya vendrían tiempos mejores. Así que durante varios días todo tipo de barcos, incluso lanchas de pesca y de recreo, se dedicaron a devolver cientos de miles de soldados ingleses a su tierra; fue lo que se llamó Operación Dinamo.

Hitler hizo lo que pudo por ayudarle, eso sí: para desesperación de su Estado Mayor, mandó detenerse a los panzer y no presionar la retirada. El 10 de junio Italia entró también en la guerra y doce días después París se rindió.

La última vez que estuve en la capital francesa me hallaba visitando el Arco del Triunfo de Napoleón cuando a sus pies me encontré con esta ceremonia que protagonizaban un grupo de viejecitos venerables. Eran -quizá aún son- veteranos de la guerra haciendo su homenaje a los caídos ante el fuego perenne de la tumba del soldado desconocido. Quiźa estaban pensando aquello de que la guerra es algo demasiado serio para dejarlo en manos de los militares.

Foto: 
In memoriam (Marta B. L, 2004).

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
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