El desafío de las águilas


Uno de los momentos más increíblemente mágicos de cualquiera de los viajes que haya hecho, y que probablemente haga, no lo viví en tierras exóticas, islas paradisíacas, selvas intransitables o conurbaciones de millones de habitantes. No. Fue aquí, en España, en la Sierra de Piedrahíta.

Habíamos pasado el día de excursión visitando los pueblos de esa montañosa zona de la provincia de Ávila. Al terminar la jornada subimos el puerto de Peña Negra e hicimos un alto para contemplar cómo tachonaban el cielo los acostumbrados parapentes de colores, planeando para aprovechar hasta el último minuto de luz de un sol que se ponía tiñendo de ocre aquella ingente llanura cuyo horizonte se perdía a la vista.

A continuación nos pusimos en marcha de nuevo y descendimos el alto por la otra ladera. Tras un rosario de curvas y contracurvas salimos a la carretera que une el Parador de Gredos con El Barco de Ávila. Y súbitamente se materializó una visión inaudita, impresionante. Ante nuestro automóvil, plantados en medio de la calzada ignorando o desafiando con su presencia imponente el potencial peligro que podíamos significar, se exhibía una pareja de águilas reales. No caminaban buscando alimento ni iba cada una por su lado sino que ambas permanecían en línea una junto a la otra, impasibles, mirándonos fijamente, como dos pistoleros de spaghetti-western calculando si serían más rápidos que nosotros al desenfundar.

No se veía un alma en kilómetros a la redonda y quiso el destino que durante todo aquel rato no pasara ningún otro coche. Hubiera jurado que incluso dejó de soplar el viento y callaron las chicharras. Las águilas clavaban sus ojos en los nuestros, como si supieran que éramos nosotros quienes manejábamos ese extraño artefacto rodante que de pronto se mantenía quieto aunque roncando.

No sé cuánto duró el momento pero terminó tan majestuosamente como había empezado: como si se comunicaran de alguna forma enigmática y silenciosa, ambas aves extendieron sus alas a un tiempo y saltaron levemente hacia delante emprendiendo el vuelo de forma simultánea, coordinada, elegante, pasando sobre nosotros como en un último reto y perdiéndose en el cielo hasta que sólo fueron dos puntos pardos en la lejanía.

La imagen que acompaña la encontré por Internet y reproduce con asombrosos parecido la escena, como si fuera la plasmación plástica de un sueño.

Foto:
manuelsosa.com

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