Neura con la meganeura


Cuando visité Mallorca por primera vez yo era muy pequeño. Tanto que, sin proponérmelo, me trasladé al Carbonífero y ni me dí cuenta, tal cual hubiera hecho el John Carter de Edgar Rice Burroughs, desmayándose y despertando en Marte; sólo que, en mi caso, sin que me persiguieran los indios.

A mí me persiguió una libélula.

Todo empezó en aquellos primeros años setenta de los que no hace mucho la gente se empeñó en recuperar la horrible moda de los pantalones de pata de elefante, las patillas de bandolero de Sierra Morena y las gafas tipo ojos de mosca (sí, ya sé que siempres se puede ir a peor y ya ahí están los ochenta con las hombreras, los pelos engominados y los calientapiernas). Acababa de asistir con mi familia al espectáculo nocturno del hotel, donde una especie de Manolo Escobar con una pajarita al cuello que parecía un cóndor hacía de maestro de cermonias y se entregaba en cuerpo y alma a animar a las hordas de guiris,con el Qué viva España, cuando mis padres decidieron que ya era suficiente protagonismo para un enano como yo (el presentador me había mostrado ante el público proclamando "¡A spanish boy!" como si me estuviera subastando). Nos retirábamos, pues, a dormir.

Pero por un largo pasillo, camino de la habitación, aún oía el eco de la música que venía de la sala de fiestas cuando una especie de neblina pareció envolverme y, de pronto, algo apareció de la nada entre mis padres y yo, separándonos. Se trataba de una meganeura monyi, una libélula prehistórica del orden de los odonatópteros cuyo tamaño la catalogaba como el mayor insecto de la vida en la Tierra. Así lo atestiguaban los dos metros de envergadura que podían llegar a medir sus alas transparentes. Vivió 250 millones de años antes pero ahí estaba, cerrándome el paso: si intentaba sobrepasarlo por la derecha, se movía para obstruirme; si lo intentaba por el otro lado, aleteaba para ponerse delante. Mis padres seguían su camino, ajenos a mi dramática situación;  acaso había entrado en un universo paralelo o de alguna manera se había abierto una puerta a otra época o dimensión, como en aquella novela de Stephen King, La niebla, en la que legiones enteras de bichos raros entraban en nuestro mundo.

En fin, mis padres se alejaban cada vez más y tenía la sensación de que lel monstruo me agarraría con sus patas espinosas para arrastrarme con él a la Era Primaria si no hacía algo. Así que cerré los ojos, aspiré profundamente y me lancé a toda velocidad hacia delante, dispuesto a pasar o aplastarla en el intento. Cuando los abrí me hallé al otro lado del pasillo junto a mis progenitores; quizá había encontrado un puente para regresar a mi dimensión o quizá la meganeura no era más que un reflejo de otro tiempo atrapado en éste quién sabe por qué extraño fenómeno.
O quizá no era más que una simple libélula que impresionó a un niño de seis años porque nunca había visto una tan de cerca.

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