La fragua de Vulcano

Supongo que casi todo el mundo habrá visto por la tele las imágenes de ese volcán de nombre impronunciable que entró en erupción la semana pasada en Islandia. Vamos a hacer un esfuerzo: se llama Fimmvörouhals y está debajo de un glaciar que parece bautizado en idioma klingon: Eyjafjallajökull.

El caso es que a raíz de esas espectaculares tomas de la lava brillando en la oscuridad ya hay alguna aerolínea que oferta viajes para verla de cerca. Y eso me recuerda mi visita a Costa Rica de este verano, donde uno de las excursiones más atractivas del país es acercarse al volcán Arenal para ver sus erupciones nocturnas. Obviamente, está activo, y si no que se lo pregunten a los habitantes de la zona que tuvieron que salir corriendo tras la última, que dejó arrasados varios kilómetros cuadrados y mató a 62 personas en 1968.

Así estaba el volcán Arenal la semana anterior a mi visita. Llegué tarde, como siempre.

Lo bueno de este volcán es que sólo vomita por una de sus laderas, la que se ve calcinada, mientras que la otra está cubierta de exhuberante vegetación. Mi hotel, oportunamente llamado Magic Mountain, incluso estaba situado en la falda. Ello permite saber por dónde se deslizará la lava y, como decía, se organizan excursiones para contemplar el espectáculo desde un lugar lo suficientemente alejado para no correr peligro. Cuando oscurece se juntan allí cientos de coches y autobuses, mientras los turistas corren con sus cámaras creyendo ingenuamente que van a conseguir retratar algo. Digo ingenuamente porque, salvo que se coincida con una erupción, el volcán se limita a arrojar de vez en cuando bombas piroclásticas: rocas incandescentes que ruedan ladera abajo y tienen un tamaño más que considerable... si estás a su lado; si no, apenas puedes vislumbrar un pequeño punto rojo moviéndose en la oscuridad. Y eso suponiendo que no caiga la niebla, como suele ocurrir.

Así que cada dos o tres minutos el Arenal escupe una de estas bombas  para delirio de los presentes, que prorrumpen en aplausos. Es emocionante verlo, aunque un poco frustrante. De fotos ni hablamos: serían como esas postales  negras de broma que dicen Madrid de noche. ¡Y algún optimista había fotografiando con el móvil!

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