El ruido de un trueno


Como ya hace tiempo que no deleito al personal con una anécdota de Manolo, el delegado de nuestro curso en la Universidad, justo es que lo subsane.

Para entender la historia de hoy es necesario situarse mentalmente en el contexto. Nos hallábamos en Italia, durante un viaje de estudios. Disponíamos de tres días escasos para visitar Roma y, contando que uno entero sería para el Vaticano, era evidente que había que elegir cuidadosamente qué íbamos a visitar y qué tendríamos que dejar para otra ocasión. Eso es lo que hubiera hecho el común de los mortales... pero no Manolo. El abnegado lector de este blog ya sabe de su capacidad y recursos para afrontar las situaciones más difíciles con sus muy particulares y nada convencionales métodos. A lo largo de aquella tríada de jornadas asistimos a una demostración de voluntarismo inusitado, a un espectacular derroche de esfuerzo físico, a un querer es poder, a una abnegada decisión de no claudicar jamás ante las contrariedades ni renunciar a la ilustración cultural por unas minucias. Ni un paso atrás; no pasarán; no surrender.

Paseábamos por la Vía Véneto y nos cruzamos con Manolo quien, sin detenerse, nos dijo que iba a ver la iglesia de Santa María la Mayor; volvimos a encontrarnos treinta minutos después y nos hizo saber por gestos, a la carrera, que se dirigía al Coliseo; de nuevo pasó a la hora, en su marcha forzada al Panteón de Agripa para reaparecer luego camino del Quirinal antes de que al mediodía se detuviera para recobrar fuerzas comprando una porción de pizza... que deglutía sobre la marcha para contemplar la plaza Navona o el monumento a Víctor Manuel II. Y entonces recuperaba el ritmo y otra vez nos adelantaba por la derecha a ritmo de marchador olímpico para alcanzar San Juan de Letrán y luego bajar a las termas de Caracalla y el Palatino. Caía la tarde cuando sentados en un banco junto al Foro, agotados, le vimos acercarse enfrascado en el estudio de un plano de la ciudad. Que me maten si en lugar de vérsele cansado no sólo ofrecía una imagen más fresca que por la mañana sino que trotaba a mayor ritmo. Nos dijo que aún tenía tiempo de llegar a las catacumbas y desapareció en el horizonte. Pero es que la siguiente vez que nos topamos, el maldito venía corriendo a toda velocidad; tan deprisa pasó que ya no le entendí a dónde se dirigía.

Así estuvo aquellos días desde la mañana a la noche y puedo jurar que en cada ocasión iba más rápido, hasta el punto en que las últimas veces mis ojos sólo captaban la estela, como una especie de tornado, y me parecía oir el inequívoco trueno de la barrera del sonido al romperse.

En fin, supongo que Manolo no necesitó visitar Roma nunca más. Lo vio TODO en setenta y dos horas.

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