El aire prometido

El otro día contaba una anécdota de Kenia respecto a cómo los insectos aguardan la llegada de turistas en las habitaciones de los hoteles con más ganas aún que los propios hosteleros. Revisar armarios, camas, ventanas, cortinas y demás rincones es recomendable en ciertos países tropicales para evitar sorpresas. Sin embargo a veces salta la liebre (o el bicho) donde menos se lo espera uno.

El verano pasado llegué a Bocas del Toro, en Panamá, en medio de una intensa lluvia. A pesar de ello era un día caluroso, por lo que al llegar a la habitación del hotel, un establecimiento típico de la zona construido en madera al estilo caribeño, busqué el aire acondicionado para ir enfriando un poco el ambiente, sabedor de que, si no, cuando llegara la noche sería imposible dormir. El aparato resultó un tanto primitivo: presentaba un tosco aspecto setentero con los botones de rosca en un enorme tablero de madera adosado a la pared; no había mando a distancia, por supuesto.

Sudoroso tras la caminata cargando con maletas, mochila y cámaras, a lo que había que añadir el esfuerzo de subir al piso correspondiente por una escalera, dada la carencia de ascensor, le dí al encendido, giré la rueda al máximo y, con los brazos extendidos ante la rejilla, cerré los ojos abriendo la boca en espera del vivificante chorro de aire fresco.

Y, de pronto, de las entrañas del artilugio salió expelida una retahíla de polvo, suciedad e insectos, algunos muertos, otros aún aleteantes, muchos con sus correspondientes larvas, que seguramente se habían ocultado allí Dios sabe cuándo buscando un lugar oscuro donde montar sus nidos y ahora eran violentamente expulsados de su tierra prometida, aunque algunos rozaron el milagro al encontrar otro refugio acogedor en mi boca, que no me dio tiempo a cerrar. Me sentí como uno de esos freaks que salen por la tele sujetando escorpiones entre los dientes y cosas así, pero en versión asquerosa, porque digo yo que los alacranes televisivos al menos estarán limpios.

Así que cuidado con el aire; tiene latentes más peligros que el de la simple pulmonía.

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