La dura vida del turista II

El otro día hablaba de los pelmazos que abundan por esos mundos de Dios y evocaba la experiencia brasileña. Pero resulta que los hay aún más plastas, sólo que no en los mundos de Dios sino en los de Alá. Éstos son peores porque no se limitan a caminar a tu lado como fantasmas esperando que en algún momento cambies de opinión y les compres algo: en vez de ello te dan la tabarra como el asno de Schrek pero con su típica cháchara, jamalají jamalajá. Al cabo de unos minutos tienes la cabeza como un bombo y empiezas a verlo todo a cámara lenta, dando vueltas a tu alrededor, percibiendo el sonido como algo lejano mientras el moro en cuestión sigue largando como una ametralladora.

Si tienes pensado viajar a Egipto o Marruecos estás advertido. Considera este post como una especie de mota negra de los piratas y atente a las consecuencias porque tienen su estrategia perfectamente estudiada. En el país de los faraones han montado un eficaz dispositivo a la entrada de los monumentos, con especial riesgo en el templo de Edfú. Allí son más pesados que la estatua junto a la que trabajan (la de la foto). Temible. Es auténtico territorio comanche: cuando llega el grupo de turistas, una manada de vendedores se lanzan sobre él como una escuadrilla de cazas en la que cada uno elije una presa enemiga. La captura se realiza con ayuda de un pañuelo que enlazan sobre el cuello de su víctima mientras dicen, para tranquilizarla, las palabras que se han aprendido de memoria: “Regalo, regalo”. Luego, se aseguran de que recuerdas el número de su stand porque cuando salgas debes ir a comprarle a él, ya que te ha dado su pañuelo. Has sido marcado, estás perdido.

En efecto, terminada la visita y camino del autobús tienes que volver a recorrer el pasillo del terror. Y es inútil forzar el paso porque el palizas lleva tu rostro memorizado (o el pañuelo que te dio) y te agarra del brazo -literalmente- arrastrándote al infierno, digo a su puesto, y empieza de nuevo con el migrañante jamalají jamalajá y el "¡Más barato que en Carrefour!” (o Mercadona, o Eroski, o Hipercor; se los conocen todos) mientras va pasando ante tus nublados ojos un sinfín de productos horripilantes a precios desmesurados que él sabe tan bien como tú que al final te rebajará. ¡Ah! Ése es el momento clave, el pisar o no pisar el lazo tendido en suelo; si ha conseguido inducirte al noble arte de regatear simplemente estás perdido porque los muslimes parecen haber sido creados para ello. Ya quisiera Cristiano Ronaldo.

Yo salí de allí cargando con media docena de camisetas, otros tantos papiros, un fez, unas babuchas y no recuerdo cuántas cosas más. Y lo hice orgulloso del buen precio que había conseguido. Lo que pasa es que al alejarme eché un vistazo atrás y el tipo estaba frotándose las manos mientras reía, henchido de satisfacción. No me importó; al fin me había librado de él.


Foto:
Yo sobreviví a los mercaderes de Edfú, por Marta B.L.

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