Torrefacto



Una de las cosas más singulares que he visto viajando por el mundo es la esforzada dedicación del turista a cambiar su naturaleza, a modelar su aspecto físico y, más concretamente, a buscar un tono de piel generalmente lo más alejado posible del suyo de nacimiento.

Los negros no cuentan, claro, porque tienen muy difícil oscurecerse más. Aunque es verdad que Michael Jackson, el precursor, abrió caminos y en lugar de broncearse le echó imaginación y siguió el camino inverso. Y además creó escuela: algunas mujeres de Kenia aclaran su piel siguiendo no se qué procedimiento químico para parecer más pálidas. Cosas de la moda, lo cual es curioso porque los blancos hacemos todo lo contrario y hay quien se tuesta hasta extremos antiestéticos: Julio Iglesias es el caso nacional por excelencia y últimamente destaca la política Ana Mato miss Rolls, pero yo he tenido pesadillas también con Leticia Sabater y el contraste entre el tono torrefacto del cutis con el pelo rubio platino.

No sé si es peor eso o el color rojo-gamba de los nórdicos, por patético más que nada, si bien en su descargo (?) hay que decir que no suelen buscarlo sino que es fruto de la siesta al rico sol que se tiran después de toda la noche bebiendo como cosacos. El amanecer les sorprende en plena resaca sin tener en cuenta que esto no es Suecia o Alemania y terminan pareciéndose a Darth Maul pero sin tatuajes. Yo mismo me vi sorprendido este verano en Panamá cuando, haciendo snorkel en un día aparentemente nublado, terminé la jornada echando humo por la espalda y los hombros, como esas coladas de lava que desembocan en el mar provocando grandes fumarolas.

Pero todo ello es pecatta minutta comparado con... los japoneses, por supuesto, a los que hay que agradecer esa abnegada vocación que demuestran siempre por divertirnos. O más bien las japonesas, que no quieren ponerse morenas bajo ningún concepto. Nadie se puede imaginar el espectáculo que representa estar en algún país exótico, por ejemplo, y ver aparecer una excursión nipona con sus mujeres asemejando al hombre invisible cuando se vestía para ser visible: gorra de visera (tres veces más larga de lo normal), gafas de sol tamaño ojos de mosca, cara embozada a la manera tuareg por un fular negro, guantes y camiseta de manga larga (los pantalones también, por supuesto). Pero la crema de la crema, la élite, las especialmente memorables, son algunas que sustituyen el fular por una gorra especial que tiene una enorme visera móvil transparente (pero ahumada), de manera que se puede subir hacia arriba cuando están dentro de un museo y se baja en el exterior, quedando como una careta de soldador casi igual a la de la foto. Ves llegar al grupo japonés y parece una excursión de la sección de metal de una gran empresa siderúrgica o un ejército invasor extraterrestre ; las sombrillas que enarbolan las hembras (¿para qué?) podrían pasar por estandartes mientras los machos de la especie disparan sin parar a todo lo que se mueve con su pequeñas armas de rayos Nikon.

En fin, ya lo profetizaba el dios desnarigado: “Is black, is white, is black, is white...”.

Comentarios

El Primo Ralsa ha dicho que…
Sí, en algunas zonas de Tailandia, donde también son las locales bastante oscurillas de pellejo, tiene la costumbre de untarse el rostro con un polvillo blanco para parecer más pálidas.
Siempre deseamos lo que no tenemos, no hay remedio.

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