Viaje alucinante al fondo de la sopa




Como ya hace tiempo que no cuento una batallita de mis tiempos universitarios, vamos con una. Ocurrió en Portugal en el año 1989. El autobús acababa de parar en Leiria para cenar y los estudiantes, medio centenar, nos diseminamos por las calles en busca de algún restaurante. Hache y Sharon que se conocían hacía tiempo, caminaban delante; Gracia y yo íbamos un par de metros por detrás. Acababan de presentarnos y, como decía ella con su fino sarcasmo habitual, parecíamos sus lacayos.

Cenamos en un tugurio misterioso, oscuro y completamente vacío, al que se bajaba por unas escaleras y donde apenas había dos o tres mesas iluminadas por la tenue luz de una lámpara ajada. El menú, inolvidable. De primero, como es típico en Portugal, una sopa; ahora bien, nunca había tomado -ni volví a hacerlo- una sopa como aquélla, de color gris, con la superficie tapada por fungosos vegetales de un extraño color verde oscuro (¿espinacas?, ¿algas?) y una cosa sospechosamente parecida a un pequeño cerebro flotando entre dos aguas. Con las tablas que da el pasar toda la vida comiendo en el colegio y haber sobrevivido, fui el único con osadía suficiente para atreverse a probar el mejunje. Más aún cuando se me ocurrió comparar en voz alta la sustancia con La cosa.

De segundo llegaron unos filetes con ensalada. Vayamos por partes. Ignoro qué animal de la taxonomía de Linneo tiene la carne más dura, pero el que nos sirvieron no le iría a la zaga. O es que el cuchillo llevaba generaciones sin afilarse, claro. Era imposible hendirlo pues la hoja rebotaba, por lo que la mayor parte del bistec quedó en el plato. Bien tapado, eso sí, por las gruesas hojas de lechuga sin aliño alguno, puestas como ensalada tal cual debieron brotar de la tierra.

Como de postre sólo tenían fruta y la fruta es eso, fruta, pues no hubo problema. Lamento no poder decir el nombre del establecimiento; no es que trate de ocultarlo para que nadie más caiga en la trampa ni que desee que algún lector  audaz decida probarlo: sencillamente no tenía nombre.  Salimos hora y media después sin, sorprendentemente, haber experimentado ninguna mutación. Había caido la noche y estaba lloviendo, por lo que llegamos al punto de reunión calados hasta los huesos con bastante retraso. Y allí vivimos lo que acaso fuera una digestión problemática o quizá una intoxicación por hongos (¿lo que flotaba en la sopa?): el autobús aún no había llegado y nuestros compañeros se resguardaban del agua bajo el pequeño toldo de un comercio mientras nos apaludían por aparecer al fin ¡Medio centenar de personas apretujadas hombro con hombro bajo tres metros cuadrados de tela, como los cuadros ingleses ante la caballería francesa en Waterloo, pero batiendo palmas para pasmo de los viandantes!

Pensé que el efecto estupefaciente de la bazofia ingerida no daría más de sí pero me equivocaba. Lo contaré en la próxima entrada.

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