El tormento y el éxtasis



En el último post contaba una aventurilla gastronómico-alucinante por tierras de Portugal. Continuemos donde lo habíamos dejado.

Era ya noche cerrada cuando llegamos a Fátima. Aún así, tras instalarnos en el hotel decidimos dar una vuelta antes de irnos a dormir porque, según el recepcionista, el santuario no estaba lejos. Media hora después de ponernos en marcha empezamos a plantearnos qué concepto del tiempo y la distancia tenía aquel tipo: estábamos en una especie de parque en medio de la nada y lo único que habíamos encontrado era un perro solitario empeñado en darnos escolta; nada nuevo por otra parte, pues todos los pueblos del país tienen su can vagabundo, que a menudo suele echarse a dormir ante las puertas de las iglesias. Y esto era lo que nos animaba, que quizá el chucho buscaba también el santuario para echar un sueño. Pero fiándose, como hacía, de nosotros, cabe suponer que acabaría convirtiéndose en un noctámbulo. Incluso tenía algo de fantasmal, pues no ladraba, no jugaba y ni siquiera nos dedicaba una mirada. Simplemente caminaba silenciosamente a nuestro lado.

Unos minutos más tarde nos topamos con otro nativo, esta vez humano, que nos dio la pertinente orientación hacia nuestro destino, asegurándonos que estaba detrás de una línea de árboles cercanos. Entonces el perro dio media vuelta, como si nos dejara por imposible, y desapareció en dirección contraria: el sexto sentido de los animales, sin duda, porque, efectivamente, tampoco entonces encontramos el maldito santuario.

De hecho, aún tuvimos que deambular a la tenue luz de las farolas durante un buen rato hasta que por fin cruzamos unos setos y aparecimos en la gran explanada donde se reúnen los fieles, con la iglesia al fondo... y el perro tumbado a su puerta. El único en la plaza, pues no se veía un alma. Al igual que a la hora de la cena, Hache y Sharon se adelantaron y sus lacayos, es decir, Gracia y yo, caminamos a unos metros bromeando sobre los espantosos ex-votos de cera con que los creyentes cubrían las paredes esperando sanar de sus afecciones: pies, manos, ojos, orejas, órganos sexuales... algunos eran más originales y tenían forma de corazón, de pulmones o de hígado; de cerebro, no vimos ninguno.


Cuando estuve yo, había menos gente (y un perro)
Lo de la sorna tiene su explicación: Hache y Sharon eran profundamente religiosos mientras que Gracia y yo, no; sólo que no lo sabíamos y ambos temíamos que el otro se uniera al clan de la Fe. Cuando llegamos a la Capilla de la Apariciones -por entonces poco más que un toldo (¡otra vez un toldo!)  a un lado de la plaza- donde estaba la estatua de la Virgen, ellos se arrodillaron fervorosamente y, en medio de un coro de ángeles, olor a incienso  y una luz sobrenatural que brotaba de la noche estrellada, empezaron a levitar. Gracia y yo intercambiamos una doble mirada, primero de expectación, luego de complicidad... y nos alejamos rápidamente a carcajada limpia.

Luego Hache y Sharon se empeñaron en consultar el horario de misas para el día siguiente porque querían asistir a una en Fátima. Aquéllo ya me pareció una representación teatral más que nada y lo ratifiqué cuando comprobamos que la eucaristía en español era a primera hora, a las siete de la mañana, lo que no les importó lo más mínimo. Si había que levantarse a las seis, lo hacían, dijeron. Pues muy bien, contesté, mientras no me despertéis a mí. Y les recordé que el autobús partiría a las ocho.

Claro que, de regreso, descubrimos estupefactos que el santuario de Nuestra Señora de Fátima sólo estaba a trescientos metros escasos del hotel. Y que aún habíamos de asistir a escenas inauditas esa noche. Lo contaré en el próximo capítulo.

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