La noche del desove



Ya había caído la noche y, tal como estaba acordado, nos reunimos con los demás en el embarcadero. Una de las tres parejas que nos acompañaban había intentado la aventura la noche anterior pero sin éxito: después de esperar durante varias horas bajo una tromba de agua -y no llevaban chubasquero- tuvieron que volver al hotel empapados y frustrados. Cosas del clima tropical del Parque Nacional de Tortuguero. Esperaban tener más suerte esta vez.

El paseo en lancha fue breve y en pocos minutos nos juntamos en un prado, envueltos por la oscuridad nocturna, con otros grupos. Se nos asignó un guía, quien explicó cómo funcionaba la cosa: nosotros esperábamos allí mientras los rastreadores recorrían la playa buscando. Si veían algo, avisaban y, silenciosamente debíamos acercarnos por turnos. Nada de luces, ni hablar de cámaras y no levantar demasiado la voz.

Como en este viaje todo salió bien, para variar (Costa Rica, tienes ese honor), no hubo que aguardar demasiado. Y sin lluvia. Un rastreador llegó con buenas noticias. Con la emoción en las venas nos encaminamos a las dunas atravesando el gran seto que las separaba y aislaba de las luces de la civilización mediante una de las entradas numeradas ad hoc. Allí, arrullados por el sonido de las olas rompiendo en la orilla, tuvimos que resistir a la curiosidad y esperar un poco más porque, al parecer, medio centenar de metros más allá se estaba preparando un nido.

De pronto, entre el oleaje vislumbramos una sombra negra que, paulatinamente, iba haciéndose más grande. Justo delante. ¿Sería posible que fuera a salir allí precisamente para satisfacernos? No, por desgracia. Algo debiódecirle su instinto y, dando media vuelta, volvio a desaparecer bajo el agua. Pero apenas tuvimos tiempo de lamentarnos. El rastreador regresó y dio el visto bueno. Alegría y ansiedad generales, aunque contenidas, silenciosas, para no echarlo todo a perder. Como casi hago yo cuando se me ocurrió mirar la hora olvidando que la luz de mi reloj asemeja la iluminación de una tómbola.


¿Cómo hacerse una idea del tamaño de una tortuga? Con un punto de referencia: un perro durmiendo, un maniquí o unas sillas sirven perfectamente.

Entre las tinieblas atisbamos varios grupos de curiosos rodeando algo en el suelo; un guía lo alumbraba con una linterna de luz roja y casi babeamos al intuir un movimiento en el suelo. Entonces llegó nuestro turno. Nos acercamos casi con temor, como Moisés pisando suelo sagrado. Se encendió la linterna y allí estaba. Una gigantesca tortuga carey de metro y medio de longitud estaba ya en pleno desove sobre el gran nido que había excavado trabajosamente bajo su corpachón. Sumida en un trance que le impedía percatarse de los que la contemplábamos, iba soltando huevos uno tras otro, blandos, viscosos, redondos, asombrosamente parecidos a pelotas de ping-pong. Docenas y docenas de ellos de los que, con suerte, saldrían un centenar de tortuguitas que, con más suerte aún, podrían llegar al mar sin ser devoradas por perros silvestres o pájaros para, imbuidas de una fortuna ya inaudita, sobrevivir a los tiburones, crecer y regresar algún día a esa misma playa imitando a su madre.

A intervalos de pocos minutos nos fuimos turnando con los demás para que todos pudiéramos disfrutar del espectáculo. Y así tuvimos tiempo de ver las lágrimas del animal, que no se deben al esfuerzo como dice el mito, sino que se trata de una lubricación para que los ojos no se resequen al estar tanto tiempo fuera del agua; también asistimos a la esforzada tarea de tapar la puesta con arena para protegerla de depredadores y luego, al borde ya de la extenuación, dar la vuelta y volver a su medio natural, el mar. No llegamos a verla marchar porque se había cumplido el tiempo asignado para la visita. Pero su recuerdo, y esto es literal puesto que no se pueden hacer fotos ni grabar, perdura en la memoria como una de las experiencias más fascinantes e intensas que recuerdo de todos mis viajes. Al menos hasta que consiga acercarme a los gorilas de montaña en libertad o bucear en una jaula junto a un tiburón blanco.

Fotos:
Maqueta de tortuga carey desovando, por JAF
Proporciones, por JAF

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