El verdugo



Hay cosas que por más graves, bellas, importantes o trascendentes que sean, uno no se las puede tomar en serio. Hablo de una percepción netamente personal no de algo objetivo. Si un obispo abandona su cargo y su vocación para casarse con una amante y el tipo responde al nombre de Milingo, pues te tienes que reir forzosamente; si el actor David Carradine aparece ahorcado en su hotel y no es un suicidio ni un asesinato sino un simple accidente durante una práctica sexual enrevesada, debes concluir que es trágico pero cómico a la vez; si un tipo se tira desde lo alto de la Torre Eiffel con unas alas de su invención para volar muriendo en el intento ... de un infarto antes de llegar al suelo, pues lo siento pero es para cachondearse; si lees en los libros de Historia que el nóbel Ramón y Cajal rechazó ser ministro de Instrucción Pública porque no tenía tiempo "para gastarlo en tonterías" piensas que quizá fue una lástima pero ¡vaya maravilla de respuesta!

En fin, algo así me ocurre con las mallorquinas Cuevas de Artá. El lugar es impresionante: una gran caverna colgada sobre el mar, estalactitas y estalagmitas de proporciones gigantescas, rocas que adquieren formas realmente originales y son bautizadas en consecuencia (la Columna, el Órgano, las Banderas, el Elefante...), etc. Pero a mitad de la visita hay o había -hace tiempo que no voy- un espectáculo de sonido y color a través de juegos de luces combinados con música clásica que provoca la emoción entre el público y a mí me produjo una risa incontenible.  Me explico.



   "Don José Luis Rodríguez, don José Luis Rodríguez..."

Estás ahí sentado en las gradas y no puedes evitar que te venga a la mente la memorable escena de la película El verdugo, que se desarrolla precisamente en ese escenario: se halla la orquesta en plena interpretación desde una barca (hay un estanque subterráneo) cuando de pronto, saliendo de entre las sombras, se le une otra con dos guardias civiles equipados con su vestimenta tradicional -tricornio, correaje, metralleta al hombro-, remando uno mientras el otro, megáfono en mano, susurra a los emocionados espectadores (susurro ampliado, claro) si entre ellos se encuentra don José Luis Rodríguez, que se le requiere con urgencia (para llevar a cabo una ejecución, pues es el verdugo del título).

Puro esperpento valleinclanesco. O berlanguiano, para ser exactos. Desde entonces cada vez que entro en una gruta doy la nota mondándome mientras los que me rodean me miran de reojo incapaces de entender de qué demonios me río.

Fotos: 
Cuevas de Artá (www.cuevasdearta.com)

El verdugo (Naga Films/Zabra Films)

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las huellas de la Operación Antropoide en Praga (II)

El Escorial (I). Un retrato arquitectónico de Felipe II.

Visita al Mary Rose (I)