Manolo, guardia urbano




Hoy toca otra batallita de mis tiempos de estudiante, de cuando visité Italia con mis compañeros de curso en el tradicional viaje de paso del ecuador; para los más despistados aclaro que ese ecuador no es el geográfico sino el de la carrera. Fue en el año 1987, lo cual quiere decir que tengo algunos kilos más y unos miles de neuronas menos, pero aún así recuerdo algunas cosas memorables.

Una de ellas se llamaba Manolo y era el delegado de clase. Un tipo raro donde los haya, bonachón, con gafas, buen contador de chistes (muchos siguen-seguimos - riendo con su famoso chiste de la oreja) y protagonista de las mejores anécdotas del periplo. Voy a contar alguna.

Como suele ser habitual en viajes de estudiantes, el trayecto lo hacíamos en autobús: heroica ruta desde Asturias hasta Roma vía Lloret de Mar, Niza, Florencia y Pisa (en la foto se me puede ver en lo alto de la Torre inclinada). Fue precisamente en esta ciudad, si se puede llamar así, donde al atravesar sus calles en dirección a la famosa torre inclinada nos encontramos atascados de pronto porque alguien había dejado su coche medio montado sobre la acera. Pasaron un par de minutos y allí continuábamos, originando tras nosotros una cola como la muralla china y un concierto para claxon y bocina que no tenía nada que envidiar a las ensordecedoras gradas de la Copa Confederaciones de Sudáfrica. No aparecían ni el dueño ni ningún guardia. Pero no importaba, teníamos a Manolo.

Ante nuestras escépticas risotadas el delegado descendió del autocar y entró a preguntar en el supermercado de enfrente si el coche pertenecía a algún cliente. Aclaremos que no sabía una palabra de italiano y que el dueño del entorpecedor vehículo tenía tantas probabilidades de estar allí como en cualquier otro sitio. Pero, para pasmo general, Manolo no sólo fue capaz de averiguar que, en efecto, el individuo, que era una individua para ser exactos, estaba dentro haciendo la compra, sino que le sonsacó las llaves del coche, lo puso en marcha, realizó la maniobra correspondiente y despejó el camino al bus, para luego dejar el automóvil perfectamente aparcado en un hueco que había quedado. A continuación devolvió cortésmente el llavero a la dama, que seguía con sus compras tan campante.

El numeroso público que se había congregado supo apreciar la capacidad de iniciativa y el desparpajo de aquel español con pinta de despistado y rompió a aplaudir de forma generalizada y entusiasta. Y eso que no sabían lo mejor: Manolo no tenía carnet de conducir.

A veces me pongo a evocar ese día y dudo si fue una vivencia personal o lo confundo con alguna película de Berlanga.

Foto: Pisa desde la Torre, por JAF

Comentarios

Jerich0 ha dicho que…
Genial!

me ha encantado la anécdota... y por cierto, no conocía el Blog. Me ha gustado ;)

Entradas populares de este blog

Las huellas de la Operación Antropoide en Praga (II)

El Escorial (I). Un retrato arquitectónico de Felipe II.

Visita al Mary Rose (I)