Por tierra, mar y aire


¿Se puede hacer un trayecto que dura tres horas en dos días? En verano y en los aeropuertos españoles todo es posible. Vamos a verlo. Esta historia empieza un 30 de agosto de 1998 a las 17:00 de la tarde. Se han terminado las vacaciones y volvemos a casa, a Asturias, desde Canarias.

Nos presentamos en el aeropuerto de Las Palmas con una hora de antelación respecto al horario previsto para el embarque, tal como nos habían indicado en la agencia. Pero es demasiado tarde. El overbooking impone su infame ley y docenas de pasajeros nos quedamos en tierra, abandonados como polluelos (polluelos abandonados, se entiende). Dos son las posibles soluciones que nos ofrecen: coger un vuelo a Barcelona, dormir en la ciudad condal y, al día siguiente, enlazar otro vuelo a Oviedo. Demasiado rodeo, decidimos incautamente, olvidando que no siempre la recta es la distancia más corta entre dos puntos. Escuchamos la segunda opción: aceptar las plazas libres que quedan en un avión para Málaga; una vez en el aeropuerto andaluz cambiamos de aparato y volamos a Madrid, donde cogeremos el último avión para Asturias. ¡Uf! Es tan apresurado, tan cogido por los pelos, tan demencial... que aceptamos.

La primera en la frente: durante el cambio de avión en Málaga desaparece nuestro equipaje. La segunda: a Madrid llegamos a las 23:00; el avión para Asturias acaba de despegar sin nosotros. La tercera: casi dos horas en el mostrador correspondiente compadeciendo a los pobres desgraciados de Atención al cliente, atacados, asediados, medio devorados por una jauría feroz vestida (?) con camisas hawaianas y bermudas. Finalmente, de entre los despojos sanguinolentos conseguimos sacar un talón de indemnización, los billetes para el vuelo del día siguiente y una reserva para pernoctar en un hotel madrileño. A la habitación llegamos casi a la 1:00 de la madrugada, teniendo que despertar por la mañana a las 7:00. O sea que descanso, más bien poco.

El 31 de agosto a las 9:00 de la mañana nos presentamos en la puerta de embarque para subir al avión. Los hados se empeñan en no dejarnos volver: hay niebla en Asturias y se retrasa la salida. "Váyanse a tomar un café; invita la casa. Ya les avisamos". Y vamos, claro. Pasan los minutos: quince, veinte, media hora, tres cuartos, una hora... Sí que persiste la niebla, pensamos. De pronto aparece uno de los pasajeros a todo correr, medio ahogado: "¡Ya hicieron la última llamada hace rato!" Un tropel de turistas histéricos cruza entonces el aeropuerto igual que los ñúes del Serenguetti entre los cocodrilos. A su vez, un empleado de la aerolínea corre en una dirección y en otra, tan rojo por la congestión que su cara hace juego con la chaqueta. Se mueve con rapidez animal, haciendo aspavientos y dando alaridos, mientras trata deseperadamente de reunir a los que faltan, desperdigados por la terminal, para luego conducirlos hacia la puerta; cuando uno de los pasajeros se desvía medio metro del camino él se encarga de devolverlo a su sitio en la manada, como un perro pastor. Incluso me parece oir ladridos.

Finalmente embarcamos. Desde el finger, en un último vistazo atrás, la naturaleza se ha cobrado su precio: el empleado yace caído en tierra, con un equipo médico practicándole la reanimación cardiopulmonar. Ah, pero la vida sigue: nosotros ya estamos en el avión, listos para despegar. Son las 12:00 y a los listillos que están pensando mal les voy a chafar la risa: en cuestión de minutos nos hallamos en el aire. Parece que habrá final feliz después de todo.

Pero sólo lo parece. En realidad los listillos tienen razón. Lo cuento en el próximo post, que este es el método más antiguo que hay para crear intriga. Jo, jo, jo.



Foto:
Extracción de la piedra de la locura, de El Bosco

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