Carpe diem

opa,
La mañana se presentaba fresca, con algunas nubes que prometían agua para más tarde. Dejamos la habitación, una pequeña estancia con vistas a un recoleto patio-invernadero y bajamos a la cafetería del establecimiento para desayunar. Escogimos mesa. Estábamos en París, la ciudad de las luces, de los amantes, de la Resistencia, de los zampabollos...
¿Zampabollos?

Bueno, en realidad lo de zampabollos valdría para cualquier hotel del mundo a la hora del desayuno. Cuando uno está de vacaciones ya sabe lo que hay. Los anglosajones bajan de sus habitaciones como si llegaran directamente de Biafra o Etiopía, se ponen a la cola y empiezan a llenar el plato de todo lo que pillan por delante: zumo, huevos, salchichas, jamón York, queso, más huevos, más salchichas, tres o cuatro pastelillos, otra vez huevos, otra vez salchichas, ración extra de queso, el tazón de café, los cereales, algún que otro yogur, fruta non stop...

Los españoles no tenemos esa costumbre, ya saben: café bebido a toda prisa, si acaso alguna galleta, y listo. Y eso que en los hoteles parece que nos transformamos y desayunamos cosas que jamás tomaríamos en nuestras casas habitualmente. O es que queremos aprovechar para luego ahorrarnos alguna comida durante la visita turística, que de todo hay. Pero estos bárbaros del norte ¡uf! Si lo que quieren es llenarse para no comer más tarde deben ser como esas boas que se tragan un burro y pasan el resto de la semana digiriéndolo.

Aquel día en París se sentó a nuestro lado una pareja de ingleses, rubios, de mejillas coloradas y piel lechosa. No comieron huevos a la plancha porque no había; eran cocidos, un par para cada uno. Tuvieron que fastidiarse sin salchichas -el modesto hotel francés no tenía cocina a esas horas- pero se vengaron con la bollería: cada uno regresó a la mesa con un plato sobre el que hacía equilibrios una torre de croassaints, lo menos media docena. Eso en la mano derecha porque en la izquierda llevaban otro con seis o siete panecillos y una buena colección de tarrinas de mantequilla y mermelada formando una pirámide. Hablo en plural; cada uno llevaba sus provisiones, no eran para compartir. Se sentaron a deglutirlos acompañados de unos tazones de café y dos vasos de zumo por persona.

Terminadas las viandas se levantaron. Pero no se fueron; eso es lo que nosotros creíamos pero qué va. En su lugar volvieron a hacer acopio de bollería, panecillos y mermelada. Alguno pensará que lo guardarían para la hora del almuerzo y así no gastaban en comida. Pues no: recargaron el tazón de café y hala, a devorar con fruición como si fuera la primera tanda. El lugar fue vaciándose de turistas pero alli seguíamos los cuatro, ellos masticando, nosotros alucinando. Sin embargo, por increíble que parezca, acabaron ¡y volvieron a por más! No podíamos dar crédito a lo que veíamos. Eran como el señor Creosote, aquel repulsivo personaje de la película El sentido de la vida que devoraba todos los platos de la carta de un restaurante y terminaba estallando; sólo que el señor Creosote era gordo como un globo y nuestros ingleses no parecían excesivos de tamaño. Por un momento me imaginé la explosión de sus repletas (?) barrigas, con el contenido a medio digerir por los jugos gástricos volando en todas direcciones junto a trozos de intestino y estampándose contra la pared, los inmaculados manteles, los uniformes de las camareras y nuestras caras.

No nos quedamos a verlo, aunque nos dolía irnos sin saber cuántas veces más repetirían. Sólo puedo decir que subimos a nuestra habitación, nos preparamos para salir (cartera, cámaras, trípodes, planos...) y al bajar pasamos por delante de la cafetería. Allí seguían: él mordisqueaba despreocupadamente un bollo relleno; ella estaba de pie en el mostrador echando algo en un plato. Carpe diem.

Comentarios

Primo ha dicho que…
La pena fue que no os fijáseis al regresar al hotel si estaban en el restaurante todavía (u otra vez).
XD

Que conste que yo, de viaje, forro en el desayuno todo lo que puedo, es verdad que llegas a la hora de comer con menos necesidad alimenticia y así ahorras, no sólo plata, también tiempo y éste es oro.
Anónimo ha dicho que…
Vale, reconozco que yo también desayuno más en los hoteles que en mi casa pero aquellos tragaldabas eran un caso especial.

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