Café en Londres

londres2006-511

¿Pero qué le pasa a esa gente? ¿Es que tienen que dar la nota en todo? Circulan por la izquierda, miden en millas, se aferran a sus decadentes libras esterlinas, siguen usando bombín, juegan a esa versión del béisbol para estreñidos que es el cricket... ¿Estarán afectados por la brisa marina atlántica? No, no puede ser; yo vivo en el Cantábrico y soy medio normal. Quizá sus cerebros sufran alguna mutación, fruto de una indigestión por la inasumida pérdida del imperio o por su bazofia, perdón, su cocina (?) nacional.

El otro día visité Londres. Estuve cinco días y no fui capaz de conseguir un café mínimamente presentable. Ojo, que no estoy diciendo bueno o malo, de esta marca o de aquella otra; no soy tan cafetero. Simplemente hablo de presentación. Si comes en un restaurante inglés y quieres terminar la sesión metiéndote cafeína, como solemos hacer en España, ya puedes prepararte para lo que te puedan servir.

Una tarde decidí merendar en una especie de pastelería y pedí uno; un café, simple y llanamente; a cup of coffee; con leche; with milk. La camarera apareció con un tazón como los de los cereales lleno hasta arriba. Dado que me gusta bastante dulce le pedí otro sobre de azúcar para añadir a los dos que había, please. Volví a tomar un sorbo y no noté cambios, claro, por lo que solicité uno más, one more, please. Pero seguía sin endulzar el sabor, así que continué pidiendo azúcar y más azúcar, como si fuera La Mosca. La pobre mujer estuvo acarreando azúcar durante un cuarto de hora. Para nada de todos modos, pues me fui manando café por las orejas y aún quedaba la mitad en el bol.

Este de Nothing Hill fue el café más pequeño que encontré

Pero esto fue poca cosa. Una minucia comparado con lo que me esperaba al día siguiente en el célebre Museo de Cera de Madam Tussaud. Es una visita que lleva su tiempo, razón por la cual han puesto un bar en la sala central, la de personajes históricos, para que puedas tomarte algo con Hitler, Napoleón, Nelson Mandela o Enrique VIII. Supongo que también para sacar dinero, por si las 30 libras (¡30!) de la entrada no fueran suficiente. El caso es que, pensando que la tarde anterior el problema había sido mío por no especificar, esta vez dejé bien claro que quería un café mediano. Craso error. Se me olvidó que el sistema de medidas británico no es como el nuestro y al punto me pusieron delante ¡una sopera llena de café! Era tres veces mayor que el otro. No exagero si digo que podría meter ambas manos dentro y, poniéndolo en la cabeza, Darth Vader podría prescindir de su casco. Insisto, era el mediano; el grande sería de barril, como la cerveza.

Me fui sin apenas probarlo porque hubiera necesitado la filmografía completa de Sandra Bullock para endulzar aquella laguna negra en la que sólo faltaba el monstruo asomando la cabeza. Ahora entiendo la británica pasión por el té. Es una cuestión de supervivencia.


Fotos:
El Parlamento de Londres, por Carlos A. F, 2006
El café de Reyes en Notting Hill, por Carlos A. F, 2006

Comentarios

Marta ha dicho que…
mola
Anónimo ha dicho que…
Mola Mazo, más bien XD

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