La primera vez que escuché Amazing Grace fue en el tramo final de La invasión de los ultracuerpos, cuando los protagonistas, en su huida, descubren que los alienígenas están cargando en barcos las vainas, de las que salen, para expandirse por el mundo. La inquietante escena está ambientada con esa canción, quizá por aquello de que la música favorece el crecimiento de las plantas. Era el año 1978, aún faltaba mucho para que llegase Internet y, en consecuencia, identificar el título de un tema resultaba más difícil que resistir varios días sin dormir para que una vaina no te fotocopie.
Matthew (Donald Shuterland) uniéndose al coro
La segunda vez también fue en una película de ciencia ficción, aunque en una escena diferente; contraria, casi, pues no se trataba de una crianza sino de un funeral: el del Sr.Spock, fallecido en Star Trek II. La ira de Khandespués de que se diera un atracón radiactivo para salvar el USS Enterprise de la explosión del planeta Génesis. Eso fue en 1982 -el ver la película, no la muerte del vulcaniano- y seguía sin haber Internet, aunque yo ya tenía dieciséis años y, por tanto, más recursos. Pero por mucho que lo intenté seguía in albis. Únicamente podía deducir que Amazing Grace debía ser una especie de himno religioso porque solía sonar durante las exequias fúnebres, tal como mostraban otros filmes americanos, de ésos en los que cuando se entierra a un policía neoyorquino hay un gaitero interpretando la melodía.
Las exequias fúnebres del Sr. Spock. Al fondo...
...vemos a Scotty a la gaita interpretando Amazing Grace
Y así quedó la cosa hasta que por fin el mundo se conectó digitalmente y las fuentes de información se dispararon de forma exponencial. Entonces encontré la respuesta que buscaba, el título del himno religioso -efectivamente lo era- y lo mejor de todo: su peculiar historia que, por supuesto, no me resisto a contar. Para ello es inevitable echar un vistazo a su autor, un clérigo inglés llamado John Newton que vivió en el siglo XVIII. Todo un personaje, como se podrá comprobar a continuación.
Retrato de John Newton
Al parecer, era un tratante de esclavos y especialmente cruel, quizá moldeado por la dura infancia que sufrió a manos de una madrastra que le ignoraba -quedó huérfano de madre a los seis años- y un padre al que apenas veía porque era marino. Criado en un internado digno de las descripciones dickensianas, con apenas once años prefirió dejar aquel Londres donde nació en 1725 y embarcarse con su progenitor. Obviamente, un buque no es el lugar ideal para un niño y su carácter se fue haciendo rebelde y brutal, incluso en comparación con el resto de marineros. Así que su padre lo enroló en la Royal Navy como guardiamarina para que lo enderezaran, pero inútilmente: John no salía de un castigo para meterse en otro, conociendo desde la simple sanción hasta el encierro, pasando por el látigo y, lo peor a bordo, privársele de su ración de grog.
Barco en peligro (Johannes Christian Schotel)
Tras un fallido intento de desertar logró dejar el servicio de su Graciosa Majestad para incorporarse a un barco esclavista, donde persistía en su actitud. Hasta que el 10 de marzo de 1748 la nave quedó envuelta en serios apuros a causa de un temporal que amenazaba echarla a pique frente a la costa irlandesa y, en tan desesperada situación, Newtonse encomendó a Dios. Le escuchara o no, el caso es que él tuvo una actuación heroica para salvar la embarcación, salió con vida y decidió reformarse, poniendo fin a sus continuas borracheras, su afición al juego y sus frecuentes blasfemias. El hecho de que una ola se llevase a un compañero situado justo donde él estaba segundos antes y que esos días empleaba las horas muertas leyendo un libro espiritual, le llevó a preguntarse si era merecedor de la Gracia de Dios. Ahí tenemos el título de la canción.
John Newton en sus últimos años
Y es que, si bien Newton siguió trabajando de esclavista -era un oficio normal en la época-, su actitud hacia esa mercancía humana había cambiado y, de hecho, tiempo después publicaría un ensayo contra esa práctica, convirtiéndose en un activo abolicionista. Antes, se enroló unas cuantas veces más y finalmente dejó la mar para hacerse aduanero, a la par que se casaba y estudiaba por su cuenta teología y lenguas clásicas. Terminó por hacerse sacerdote, encomendándosele la parroquia de Olney, una barriada miserable del noroeste de Londres donde se ganó a los fieles por su cercanía, escribiendo versos religiosos para ellos. Uno de esos poemas, que argumentalmente remitía a momentos autobiográficos a través de la parábola del hijo pródigo, comenzaba diciendo "Amazing Grace! How sweet the sound"; inicio de la primera estrofade la tonadilla que conocemos hoy.
La vicaría de Newton en Olney, donde escribió Amazing Grace
Paradójicamente, en su época no fue especialmente apreciada y sólo tuvo repercusión entre las iglesias evangélicas de EEUU. En Reino Unido sólo empezó a gozar de éxito en los años cincuenta del siglo XX y, para entonces, Newton llevaba muerto siglo y medio. No se sabe cómo era la música que acompañaba las rimas antaño porque la actual es decimonónica, la melodía de una canción tradicional, seguramente escocesa, titulada New Britain. Muchos artistas han incluido esa pieza en sus repertorios y así, buenas a primeras, me viene a la cabeza Rod Stewart. Ahora bien Amazing Grace es casi indisoluble del sonido de la gaita y oírla interpretada por los Royal Scots Dragoon Guards, toda una emocionante experiencia.
Agradable encuentro en la Royal Mile de Edimburgo (foto: Marta B.L)
En un paseo por la siempre animada Royal Mile de Edimburgo (Escocia) me topé con el inevitable gaitero callejero, ataviado con guerrera, kilt y bearskin, tocándola con su instrumento. No era, claro, tan imponente como en el Military Tattoo del castillo, que se celebró un par de días antes y en el que es una pieza de repertorio habitual para las bandas militares, pero siempre merece la pena quedarse un rato- y con alguna monedilla de propina- a escuchar Amazing Grace. Aunque sea en honor de Spock o para convencernos de destruir un invernadero lleno de inquietantes vainas.
Cuando dejé Teotihuacán con destino Cholula me hubiera gustado pasar por Tlaxcala , un estado mexicano especialmente llamativo por dos razones. La primera, que en tiempos de la conquista fue el principal aliado de Cortés debido a la fiereza de sus guerreros, a los que los mexicas no habían podido doblegar, debiendo conformarse con someter al territorio a un duro bloqueo económico. La segunda, su fama de ser un lugar mágico , especialmente intenso en tradiciones y mitos, a menudo tan mestizos como sus gentes. Pero las prisas propias de quienes tenemos tiempo limitado para viajar por un país hicieron imposible que pudiera visitar ese lugar tan prometedor para un artículo. No obstante, al final tuve un golpe de suerte y durante la compra de unos recuerdos resultó que la encargada, una anciana que parecía tener arrugas hasta en el blanco de los ojos y que si las contara por años muy bien hubiera podido ser contemporánea del mismísimo Xicontécantl , el guerrero tlaxcalte...
Érase una vez un inquisidor de naturaleza escéptica que desconfiaba de la creencia en la brujería y que fue enviado por el Consejo de la Suprema Inquisición a instancias del obispo de Pamplona, tan receloso del tema como él, a investigar un extraño caso que estaba ocurriendo en varias comarcas del norte de Navarra. Un comisario y dos inquisidores pertenecientes al Tribunal de Logroño habían abierto un proceso varias personas, acusadas de brujas por una vecina que aseguraba haber participado en aquelarres. Otras que acudieron a la ciudad para testificar a su favor acabaron asimismo tras las rejas y, al cabo de varios meses, el número de inculpadas (e inculpados, que, frente a lo que suele pensarse, los archivos demuestran que también hubo muchos procesos por brujería masculina en la época) sumaba tres centenares. Cuando empecé a preparar mi viaje a Navarra tenía claro que ante todo y por encima de todo -y al final hubo bastante- tenía que acercarme hasta Zugarramurdi, a ver la fam...
No todo el mundo sabe -de hecho, probablemente la mayoría lo ignora- que la ciudad de León no debe su nombre a ningún felino melenudo, por más que la tradición haya incorporado uno a su escudo heráldico, sino que viene de las dos legiones romanas que instalaron un campamento en donde hoy se ubica, primero uno simple, temporal, a base de tiendas de campaña, y luego otro permanente, arquitectónico. Planta del campamento a mediados del siglo III d.C. y su superposición sobre la ciudad actual (imágenes del Centro de Interpretación León Romano) El castrum primigenio, del año 29 a.C., era el alojamiento de la Legio VI Victrix , fundada dos décadas antes por Octavio y que participó en la famosa batalla de Actium contra las fuerzas de Marco Antonio y Cleopatra antes de su traslado a la Hispania Tarraconense para combatir en las Guerras Astur-Cántabras, larga serie de contiendas que se extendió durante una década, del 29 a.C. al 19 a.C., exigiendo la presencia del mismísimo Augusto. El s...
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