La sevillana Cabeza del Rey Don Pedro (y II)


Decía en el artículo anterior que el reinado de Pedro I fue muy activo y reformista pero que, al apoyarse en la burguesía, gremios y baja nobleza, castas esencialmente urbanas, se granjeó la animadversión de la alta nobleza, cuya fuerza estaba en el campo, aparte de la de una Francia ofendida por el trato dispensado a su esposa gala, Blanca de Borbón. La consiguiente guerra civil terminó con su asesinato en Montiel en 1369 y el entronamiento de su hermanastro Enrique de Trastámara. El episodio sevillano al que se refiere el título ocurrió, obviamente, ocho años antes de eso... suponiendo que no se trate de una mera leyenda, que es lo más probable.

En efecto, Pedro I tuvo una estrecha relación con Sevilla porque allí pasó con su madre su infancia y juventud. También porque, tal cual pasa con Carlos III con Madrid, el rey castellano estaba considerado el mejor alcalde de la capital andaluza, primero por reconstruirla tras el estado ruinoso en que la dejaron terremotos e inundaciones y segundo por dotarla de arquitectura cristiana en sustitución de la árabe, reformando parte de los Reales Alcázares, derribando mezquitas (aunque conservó los minaretes como campanarios para las iglesias góticas que las suplantaron), levantando orfanatos y erigiendo lo que José María de Mena llama "el primer hospital geriátrico de Europa".

La Sevilla medieval

Esa labor de mecenazgo le otorgó al monarca una popularidad extraordinaria entre los sevillanos, tan distinta de la imagen algo deformada que tenía en otros ámbitos, esencialmente los rurales, que brotaron muchas historias legendarias relacionadas con su galantería, su valor y su habilidad en el manejo de las armas. Una de ellas cuenta que un caballero de la familia de los Guzmanes, enemiga de la corona, se dedicaba a difamar al rey extendiendo rumores maliciosos sobre él. Enterado Pedro, en lugar de lanzar a la justicia sobre aquel hombre decidió ocuparse personalmente -eran otros tiempos- y una noche le salió al paso en la calle de Los Cuatro Cantillos, instándole a disculparse y retractarse.

Cabe hacer un inciso para reseñar una versión alternativa del relato, la que dice que el encuentro entre ambos fue fortuito, fruto de un paseo a esas intempestivas horas por parte del rey para comprobar la veracidad de algo que le había asegurado con suficiencia Domingo Cerón, el alcalde: que en las calles sevillanas se había impuesto su autoridad y no se cometía un solo delito sin que el autor fuera arrestado y castigado. Incluso se apunta una tercera opción, la de un lío de faldas, pues, al fin y al cabo, Pedro I "dormía poco é amó mucho mugeres", en palabras del principal historiador de aquel reinado, su canciller y camarero mayor Pedro López de Ayala (que sin embargo se pasaría al bando Trastámara).

Sepulcro de López de Ayala y su esposa Leonor de Guzmán (Imagen: Margavela en Wikimedia Commons)

Sea como fuere, los dos gallos se toparon uno frente a otro entre tinieblas y no cabía esperar más que lo que pasó. Ante la negativa del Guzmán a pedir disculpas, se enzarzaron en un duelo a espada que tuvo un insospechado testigo: una anciana que se asomó a la ventana al oir los aceros cruzarse y que pudo ver cómo el mismísimo soberano ensartaba a su oponente; le reconoció por el sonido que hacían las rodillas del monarca al retirarse, ya que era vox populi que se resentía de ellas desde que sufrió una caída montando a caballo (un análisis de sus restos, que descansan en la Catedral, ha demostrado que, en efecto, padecía una tara en las piernas aunque debida a una enfermedad de su infancia, no a un accidente de equitación).

Estatua orante de Pedro I procedente de su sepulcro original (Imagen: Luis García en Wikimedia Commons)

Al amanecer, el incidente nocturno ya estaba en boca de todos. Don Tello de Guzmán, padre del fallecido, pidió justicia al monarca por el alevoso asesinato de su vástago pero el rey le respondió que los alguaciles habían encontrado el cadáver con el arma en la mano, lo que indicaba que no hubo crimen sino un lance de honor. No obstante, le prometió, no sin cierta sorna, que si se hallaba al culpable se le cortaría la cabeza y se pondría en una hornacina de la pared bajo la que había muerto el Guzmán.

La promesa real se pregonó por la ciudad añadiendo la oferta de cien doblas de oro a quien identificase al homicida. Lo que Pedro I no sabía es que la anciana le había contado el suceso a su hijo Juan, quien, al olor del dinero, se presentó en el Alcázar asegurando saber la verdad; eso sí, advirtiendo que sólo se la contaría al soberano en persona. Éste, intrigado, le preguntó el nombre del culpable y Juan, no atreviéndose a pronunciarlo, se limitó a decirle que lo viese él mismo por una ventana... que en realidad no era tal sino un espejo. El Justiciero, como se le llamaba entonces (después pasaría a ser el Cruel, gajes del perdedor) le entregó la recompensa prometida a cambio de su silencio y luego convocó a los Guzmanes para anunciarles que esa tarde verían la cabeza que reclamaban en la pared.

Una dobla de Pedro I de 35 maravedíes (Imagen: CGB en Wikimedia Commons)

Al llegar la hora, media Sevilla estaba allí, expectante. Entonces apareció el verdugo pero con una caja de madera en vez de un reo al que despachar. El heraldo proclamó que allí estaba la testa del culpable y se procedió a colocarla en la pared de la Plaza de la Alfalfa, mas sin mostrarla y tras una reja, dejándose un par de centinelas por si a alguien le podía la curiosidad. Con el paso del tiempo, la calle donde habitaban la vecina de la ventana y su astuto vástago fue rebautizada popularmente como del Candilejo, porque, asustada al ver la pelea a muerte, ella había dejado caer su candil y todos creían que lo llevaba el fallecido.

Ocho años más tarde, una vez muerto Pedro I y con Enrique de Trastámara ciñendo la corona, nombró éste para el cargo de gobernador de Sevilla a su fiel Tello de Guzmán. Como cabe imaginar, no tardó en ordenar abrir el cajón de la pared para descubrir la identidad del asesino de su hijo. La multitud congregada para verlo no pudo ocultar una exclamación de sorpresa al aparecer dentro una cabeza de piedra con los rasgos del anterior monarca.

Un rey no dejaba de ser un rey por mucho que estuviera bajo tierra y su linaje desplazado, así que Don Tello tuvo que tragarse la presumible bilis y dejar la cabeza donde estaba. Luego se le añadiría un busto y allí quedó. Aún se conserva hoy en día... pero no en ese lugar, donde lo que hay es una escultura realizada por el artista Marcos Cabrera en la primera mitad del siglo XVII, sino en la famosa Casa de Pilatos; no intenten identificarlo porque el paso del tiempo ha ido borrando los rasgos.

Faltaría reseñar un epílogo basado en una crónica manuscrita guardada en la Biblioteca Nacional de París. Es un texto algo dudoso pero muy adecuado, según el cual Enrique de Trastámara, tras matar a su hermanastro, mandó decapitar el cadáver y exhibir la cabeza de ciudad en ciudad clavada en una pica antes de dejarla colgada de una almena del Castillo de Montiel. No tengo claro si a Pedro el Cruel le faltó cabeza en su reinado o le sobró.

Foto cabecera: cabeza original de piedra conservada en la Casa de Pilatos (Imagen: CarlosVdeHabsburgo)

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