Micenas, la ciudad de Perseo (II)

El sitio de Troya

Contaba en la primera parte de este artículo que Perseo había intercambiado con su primo el trono de Argos por el de Tirinto y después fundó Micenas. Éstas eran ciudades del Peloponeso, integradas en la Argólida. En realidad, el origen de Micenas ese remontaba a un asentamiento neolítico que alcanzó su máximo esplendor con la civilización micénica, entre los años 1600 y 1200 a.C. En el Heládico (la Edad del Bronce) empezaron a llegar pueblos emigrantes a la península griega y uno de ellos fue el micénico, que algunos asimilan al aqueo aunque, como siempre, hay discusión al respecto. Entraron en torno al segundo milenio a.C y hacia el año 1600 a.C. ya estaban asentados de forma estable. No formaron una civilización unida sino dispersa e independiente por muchos rincones de Grecia (Creta, Rodas, Ítaca...), pero sus centros principales sí tuvieron elementos culturales comunes, como una arquitectura ciclópea de carácter eminentemente militar que se alternaba con bellos palacios como los de Creta (una proyección expansionista que dio lugar a una civilización propia sobre la autónoma) o la misma Micenas y con tholoi funerarios. Una sociedad guerrera cuya economía combinaba la agricultura con el comercio marítimo y se completaba mediante incursiones de saqueo. El registro arqueológico revela un importante y destructor incendio quizá provocado por un terremoto y que paradójicamente favoreció la conservación de las tablillas escritas, al cocerlas. Y si bien Micenas aún perduraría un tiempo en decadencia tras las invasiones dórica y jónica, las Guerras Médicas le dieron la puntilla y quedó definitivamente abandonada. 

Reconstrucción de Micenas

Tras salir del museo llegué al recinto arqueológico, donde se alzaba la redondeada silueta de los túmulos. Uno de ellos, el más importante quizá, está abierto al público: el llamado Tesoro de Atreo. Schliemann solía dejarse llevar por la fantasía y si atribuyó la máscara de oro a Agamenón no tuvo complejos para hacer lo mismo en este caso con Atreo, su padre, que había muerto asesinado por su propio sobrino, Egisto, tal como -una vez más- anunciase el oráculo. Hablo en clave mitológica, por supuesto. El caso es que los expertos creen que esa tumba no tiene nada que ver con tal personaje porque es anterior, pero su monumentalidad -resulta mucho más grande en vivo que en las fotos-revela que sí acogió el descanso eterno de un rey. Se accede por un dromos, es decir, un largo corte estratigráfico en la ladera (treinta y seis metros de longitud) que muestra la entrada y donde es casi imposible moverse sin tropezar con algún visitante. Traspasado el umbral, ricamente decorado en varios tipos de piedra con arquitrabe, friso y columnas (que no se pueden ver in situ porque el famoso Lord Elgin se los llevó a Londres), hay una gran sala circular cubierta por una falsa cúpula apuntada que alcanza trece metros y medio de altura por catorce y medio de diámetro, lo que la convirtió en la más grande del mundo durante un milenio. La cámara funeraria anexa es más pequeña y de forma cúbica. Atreo, o quien fuese el ilustre ocupante de la tumba, se revolvería en ella probablemente al ver su última morada terrenal invadida por una horda de gente. Hititas, diría; o luvitas. Para él, un insulto.


Corte esquemático del tholos
Posando en el dromos del Tesoro de Atreo

Visto ya el tholos, llegaba el momento de subir a la ciudadela de Micenas. Me quedé retrasado deliberadamente para dejar que la masa de hititas se alejase y, así, no me estorbara para fotografiar uno de esos lugares icónicos a los que tenía ganas desde hacía muchos años: la Puerta de los Leones. Caminando cuesta arriba por una rampa hormigonada que serpentea entre los ciclópeos sillares de las murallas (nunca mejor dicho lo de ciclópeos, teniendo en cuenta que fueron cíclopes los que los construyeron para Perseo; tenían que ser ellos porque los muros tienen una altura de casi catorce metros y un grosor de siete); caminando digo, esfuerzo considerable no sólo por el nivel sino también por el tórrido calor de la tarde -40º se desparramaban sobre los visitantes-, se acaba topando uno con esa entrada monumental adornada con dos macizas felinas enfrentadas (sí, son leonas), labradas en relieve en la pesada piedra que hace de tímpano y apoyadas sobre el dintel de la puerta, una contundente losa de veinte toneladas. Las fieras perdieron sus cabezas a manos de los destructores de Micenas (por eso una teoría sugiere que eran esfinges) y tampoco se conservan los batientes de la puerta, que eran de madera recubierta de bronce; una lástima porque debían ser espectaculares, teniendo en cuenta que el arco mide aproximadamente tres metros de alto por otros tantos de ancho. Quedan los enormes agujeros de las bisagras como testimonio.

La ciclópea muralla que protege la rampa de acceso a la Puerta de los Leones. Delante, los luvitas se cobijan del sol bajo la copa de un árbol

La puerta con una micénica actual

Dejando atrás la puerta, a la derecha está el Círculo de Tumbas, un conjunto de seis enterramientos muy ricos en uno de los cuales apareció la Máscara de Agamenón. Señalados mediante lápidas vertical, a la manera actual, en realidad son más antiguos que los tholoi. El centro del recinto urbano está ocupado por el palacio real, que tiene una muralla interior y aprovecha una elevación del terreno como elemento defensivo extra. De las instalaciones palaciegas quedan apenas el patio y el típico mégaron o gran salón del trono, una estructura arquitectónica rectangular dotada de pórtico, pronaos, naos y columnas (posiblemente de dos pisos además), en torno a la cual se iba articulando el resto del complejo. En Micenas no se conservan las típicas columnas, no sólo porque es un sitio anterior cronológicamente sino también porque eran de madera, más anchas por su parte alta que por la baja y policromadas, así que hay que contentarse con ver las marcas en el suelo e imaginarlas. En el otro extremo del perímetro está la cisterna, un aljibe para garantizar el suministro de agua en caso de asedio. Una necesidad porque en esas circunstancias las clases altas sí permitían entrar a refugiarse al pueblo, que normalmente vivía extramuros.

El Círculo de Tumbas con algunas lápidas expuestas en el borde

Estructuras del palacio; al fondo se puede ver el Tesoro de Atreo

Allá arriba, pisando lo que queda de los muros de la ciudadela, el calor remite un poco gracias al fuerte viento que sopla a través del valle, del que se obtienen magníficas panorámicas. Un alivio no para los hititas, que una vez vistas las piedras corren a refugiarse en el aire acondicionado del autobús, sino para los que escudriñamos embobados hasta el último centímetro cuadrado tratando de imaginar el punto exacto donde Agamenón tomaba un baño cuando su esposa Clitemnestra, que además de ser hermana de Helena le odiaba por haber sacrificado a su hija Ifigenia a Artemisa para tener buen tiempo en el camino hacia Troya, consumó su venganza echándole una red que le inmovilizó mientras su amante Egisto le acuchillaba; Egisto era primo de Agamenón (de hecho, se trataba del mismo Egisto que mató a Atreo), pero eso, tratándose de griegos, son minucias, como demuestra que tiempo después Orestes, el hijo de Agamenón, acabara a su vez con el asesino de su padre y con su propia madre. Costumbres ancestrales de Grecia.


Fotos: JAF y Marta BL

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las huellas de la Operación Antropoide en Praga (II)

Xocolátl

La Capilla Sixtina: el Juicio Final