Micenas, la ciudad de Perseo (I)


No puedo evitarlo. Siempre que visito un rincón de la antigua Grecia lo hago llevando en mente la mitología griega, que tiendo a sobreponer a la historia y a la arqueología porque hay que reconocer que es bastante más divertida. Y si tiene detalles escabrosos, cosa que ocurre casi siempre, mejor que mejor. Por eso cuando fui a Micenas no pude sustraerme al relato mitológico de Perseo, el que pasa por ser su fundador; el mismo, sí, que mató a la gorgona Medusa y salvó a Andrómeda, la hija de Cefeo y Casiopea, reyes de los cefenos, de ser devorada por un monstruo marino. Ceto, se llamaba el bicho, enviado por Poseidón para destruir el reino porque la soberana había tenido la osadía de autoproclamarse la más bella de todas las nereidas y eso ofendió a la mujer del dios del mar a pesar de que ambas eran hermanas. Los griegos eran así, de humanos divinidades incluidas. La única forma de calmar a Ceto era ofrecerle en sacrificio a Andrómeda, pero al final llegó Perseo y aportó su propia solución. En fin, ya me he dejado llevar por el entusiasmo, desviándome del tema de este artículo, que es Micenas. Quien quiera saber más que ve la entrañable película Furia de Titanes (la antigua, no la basura reciente), que yo sigo.


Llegué a Micenas por la tarde, tras salir esa mañana desde Atenas (que está a un centenar de kilómetros), atravesar el Canal de Corinto y entrar en el Peloponeso, pasando por el Teatro de Epidauro y Tirinto. Después de comer llegó el momento. La primera parada fue en el pequeño museo arqueológico local donde se ha depositado lo encontrado en las excavaciones, tanto en la ciudad como en los túmulos cercanos. Las vitrinas exhiben algo menos de dos millares de piezas pero eso es Grecia, lo que significa que uno estornuda y aparecen restos, así que sencillamente no hay sitio material en ningún museo para exponer todo lo que tiene cada uno; en concreto, la colección completa de ése ronda los treinta mil objetos. Hay armas (moharras, espadas, los dientes de jabalí que adornaban los cascos...), muñecas articuladas, 

Serpientes de terracota

Al hablar del país suele tenderse a simplificar identificando su arte casi exclusivamente con el del período Clásico. Pero el estilo micénico, muy anterior, guarda bastantes diferencias formales. Para empezar no había grandes estatuas como las que se harían después (aún cuando el museo tiene unas cuantas e incluso un bonito capitel corintio) y tan sólo pueden encontrarse figuras de terracota policromada, antropomórficas y zoomórficas pero muy esquemáticas: las primeras, que recuerdan monstruos de película de serie B de los años cincuenta, muestran al personaje con los brazos extendidos y probablemente tengan un sentido votivo, alcanzado su extremo sintético en los llamados ídolos psi (porque parecen esa letra del alfabeto griego); de las segundas destacaría las serpientes enrolladas, por su exótica ingenuidad formal y su asociación a la arcaica diosa tierra. Por supuesto, lo que más abunda es la cerámica, pero más que la habitual retahíla de vasos, copas, cráteras, ánforas, lekitos y demás, hay que fijarse en los ostracon, placas de cerámica con restos de escritura; son importantes porque están en lineal B, un sistema de signos silábicos e ideográficos varios siglos anterior al alfabeto y que no fue descifrado hasta 1952; su contenido no es narrativo sino administrativo, recuentos de grano y cosas así.

Ídolos votivos micénicos

Ídolos psi

Ahora bien, normalmente al turista lo que le epata es el brillo del oro, las joyas, los tesoros... Y dado que allí al lado se encontraron y excavaron varias tumbas importantes, y que por entonces era costumbre enterrar al difunto con su correspondiente ajuar, no es de extrañar que el museo micénico cuente también con esa baza en forma de joyas, pectorales, cinturones y demás aditamentos ornamentales característicos, todo del dorado metal precioso. Una baza que tiene nombre propio y cuya imagen resulta familiar en todo el mundo: la Máscara de Agamenón, una fina lámina de oro repujado representando un rostro. En realidad esta pieza no apareció en un sepulcro extramuros sino en la acrópolis de Micenas, en 1876. Fue mérito del famoso Heinrich Schliemann, el descubridor de  las ruinas de Troya, que creyó que se trataba de la máscara funeraria de aquel rey micénico que secundó la campaña de venganza que su hermano Menelao de Esparta desató contra los troyanos para lavar el honor perdido cuando su esposa Helena se fue con Paris. Aparte de que no está clara la historicidad de Agamenón, los análisis científicos de la pieza revelan que es tres siglos anterior, datándola entre los años 1550 y 1500 a.C. Pero cuando un nombre cala en el imaginario popular ya no hay quien lo cambie. Y, la verdad, si uno está con la nariz pegada al cristal contemplando la pieza prefiere dejarse llevar por la fantasía y pensar que cubrió el rostro del difunto Agamenón; al fin y al cabo se lo merece tras el infausto final que tuvo, asesinado en su propia casa al retornar de Troya.

La Máscara de Agamenón

Ya que estamos con la mitología otra vez, sigamos con ella. Perseo era hijo de Dánae, la princesa encerrada en una torre por su padre Acrisio, rey de Argos, para evitar que tuviera descendencia, ya que, según los oráculos, Acrisio moriría a manos de su nieto. Pero el monarca no contaba con Zeus, que cuando se le antojaba beneficiarse a una hembra no paraba hasta conseguirlo. El padre de los dioses desplegaba un amplio repertorio de recursos para los casos difíciles: una transformación en cisne por aquí y caía la ingenua Leda, una conversión en toro por allá y se llevaba a Europa, la adopción de una forma de nube e Io se sumaba a la lista de conquistas. En este caso se apuntó otro tanto en su currículum cayendo en forma de lluvia dorada sobre Dánae y fecundándola. El contrariado padre de ella, convertido en involuntario (y amenazado) abuelo, metió a su hija y a su nieto en un cofre y los lanzó al mar deshaciéndose expeditivamente de ellos;. Para que no se diga, Zeus quiso ayudar a su vástago y pidió a su hermano Poseidón que los pusiera a salvo. Efectivamente, un pescador los recogió y crió al pequeño, empezando a dar forma a lo que había deparado el destino. Perseo creció, salvó a Andrómeda, se casó con ella, regresó a Argos... y mató a Acrisio sin querer al practicar lanzamiento de disco, cumpliendo la profecía. Compungido, renunció a su legítima herencia e hizo un intercambio de coronas con su primo, asumiendo la de Tirinto. Después creó una nueva urbe, Micenas, ayudado por los cíclopes.

Dánae vista por Gustav Klimt
[CONTINUARÁ]

Fotos: JAF y Marta BL

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