El tesoro de Petra

Hace ya seis años que le dediqué un artículo a Petra y no había vuelto sobre el tema, así que ha llegado el momento de hacer una nueva visita a la ciudad de los nabateos y además a lo grande, centrando la atención en su imagen iconográfica más conocida, aquella que casi todos los que no han tenido el privilegio de visitar el lugar en persona creen que es Petra únicamente: la Casa del Tesoro.
Eso es lo que significa su nombre árabe, Al Jazné, aunque a la palabra Petra se le suele añadir la coletilla "del Faraón" porque hay una leyenda, transmitida oralmente por generaciones de beduinos, según la cual la urna que decora la parte superior del monumento servía para guardar el fabuloso tesoro de Ramsés II el Grande, el rey de Egipto al que presuntamente alude el Libro del Éxodo bíblico, que lo habría colocado en tan poco accesible lugar para esconderlo de los saqueadores. Ésa es la explicación para unas cuantas muescas de disparos que estropean la piedra, como si los estúpidos profanadores intentaran agujerearla -con bastante mala puntería, por cierto, a juzgar por los impactos en los alrededores- para que las monedas brotaran por el orificio a manera de surtidor. Pese a todo, el mito tuvo su parte positiva porque, junto con otros, sirvió de excusa a las autoridades para mantener cerrado el lugar y alejar a los amigos de lo ajeno.
El caso es que esa historia no pasa de ser una bella e ingenua ficción. Para empezar porque nunca hubo tesoro alguno, ya que la urna en cuestión era de carácter funerario. Y para seguir, porque el monumento no es de tiempos egipcios, de la misma manera que tampoco lo es de la época romana como pensaban los primeros arqueólogos que lo estudiaron, datándolo en el siglo II d.C. porque no consideraban a los nabateos capaces de tanto refinamiento. La Casa del Tesoro es un centenar de años anterior y fue obra de aquel pueblo cuyos orígenes algunos identifican con la tribu aramea de Nebayot, el primogénito de Ismael y nieto de Abraham.


Caravaneros árabes reunidos ante Al Jazné
Los nabateos abandonaron su nomadismo para refugiarse en Petra de la persecución del rey Antígono de Siria-Fenicia. Pero no por eso decayó la intensa actividad comercial que les había enriquecido y gracias a la cual construyeron aquella insólita ciudad, excavada en la roca y tan bien protegida que la convirtieron en su capital, justo en una intersección de rutas caravaneras. Motivos mundanos por tanto, por mucho que se adornara con la tradición de haber elegido el sitio donde Moisés golpeó la roca con su báculo para que empezase a manar agua durante el referido Éxodo hebreo. De hecho, se dice que el Sik, esa estrechísima garganta de kilometro y medio de longitud que hay que atravesar para acceder a la urbe, es el resultado de ese golpe milagroso; incluso está localizado el manantial, justo a las afueras, como en el entorno están también las tumbas de Aarón y Miriam, los hermanos de Moisés.
Imagen vintage
Estilísticamente, es indudable la influencia de la arquitectura helenística y, más en concreto, la de la vecina Alejandría. La Casa del Tesoro presenta una fachada griega estructurada en dos pisos que suman cuarenta metros de altura por veintiocho de ancho. El inferior es un pórtico sostenido por seis columnas corintias sobre las que reposan entablamento y frontón; el superior se compone de tres cuerpos , siendo el central un tholos y los otros sendos edículos acabados en medio frontón. Y aunque el conjunto tenga todo el aspecto de un templo, en realidad es un sepulcro; recordemos que en la parte más alta está la citada urna, pero es que, además, la decoración escultórica también muestra motivos ligados al tema funerario:  en los intecolumnios bajos laterales hay relieves que, se supone, representan a Cástor y Pólux, los hijos que Zeus tuvo con Leda, y que se encargaban de guiar a las almas hacia el inframundo; asimismo, en el segundo piso encontramos relieves de amazonas bailando una danza mortuoria, una estatua de la diosa Al Uzza (versión local de Isis) cobijada en el tholos y varias figuras de esfinges, águilas y grifos, animales reales o mitológicos que también tenían que ver con la muerte.

Al Jazné por la tarde, con mejor luz
En el interior del monumento, accediendo por una escalera, las paredes están desnudas y sólo presentan las extraordinariamente bellas vetas naturales de la roca arenisca. Por dentro es de dimensiones modestas  (apenas doce metros cuadrados, si bien el techo se eleva trece), habida cuenta del enorme peso que ha de soportar: toda una montaña de piedra encima. La cámara principal tiene un hueco excavado, inequívocamente destinado a contener un sarcófago, mientras una de las dos secundarias presuntamente se dedicaba a banquetes fúnebres, a juzgar por los bancos tallados en la piedra. Por si quedaba alguna duda, en el subsuelo han aparecido once tumbas, seguramente de los familiares del titular. Con lo cual, el único misterio que queda por esclarecer es la paternidad de Al Jazné: ¿quién estaba enterrado allí? ¿Para qué personaje se hizo tan espléndido mausoleo? Todo apunta a Aretas III, rey que vivió entre los años 84 y 56 a.C. y expandió los dominios nabateos conquistando Damasco a los seleúcidas, aunque no pudo sustraerse al dominio romano y tan sólo pudo mantenerlo relativamente a raya a base de sobornos. Su sobrenombre, Filoheleno, significa amigo de los griegos y no pudo hacerles honor de mejor manera que con ese legado arquitectónico.

Con más detalle

Dejé Petra al caer la tarde, con el sol bajo pero aún visible, proyectando las alargadas sombras de las paredes sobre la arena del suelo. Un camello recostado se entretenía masticando una lata de Pepsi-Cola cuyo contenido se acababa de beber mientras las niñas beduinas se acercaban a pedirnos amablemente bolígrafos, si bien alguna más atrevida -o más ingenua, para ser exactos- pedía un anillo o un pendiente; en Jordania los menores son infinitamente más educados -o menos pesados- que en otros países árabes. Mientras enfilaba el Sik, dejando atrás la fachada del Tesoro asomando apenas entre las paredes verticvales de la garganta, otros turistas se quedaban para asistir al espectáculo de luz y sonido que cuenta la historia de la ciudad cada noche de jueves.

Fotos: JAF y Marta B.L.

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