Churchill War Rooms (y II)


Decía en la primera parte de este artículo, que las Churchill War Rooms fueron creciendo bajo tierra hasta triplicar su tamaño original. Y hoy constituyen un museo visitable. Yendo temprano, en la hora de apertura, apenas hay gente y se entra sin necesidad de esperar, en visita libre con audioguía en ocho idiomas. Pero a medida que transcurre la mañana se va formando cola, si bien no alcanza las medidas abrumadoras de las del Parlamento o la Abadía de Westminster. Tras sacar la entrada sólo hay que bajar unas escaleras y empezar el recorrido, teniendo en cuenta que se trata de un lugar cerrado y angosto, quizá no muy apto para claustrofóbicos. Y eso que las condiciones son diferentes y no hay bombas cayendo alrededor, como bien recuerda un proyectil alemán que pende simbólicamente del techo.

La bomba de aviación que cuelga a la entrada
La visita transcurre entre laberínticos pasillos -custodiados por maniquíes con uniforme de los Royal Marines idóneos para retratarse con ellos-, por los que se reparten las instalaciones más interesantes para el público. El museo dedicado a la figura de Churchill es una sala diferente, mucho más grande y amplia porque debe acoger multitud de vitrinas con objetos personales del premier ordenados de forma cronológica en cinco etapas, cubriendo su biografía desde la infancia hasta su fallecimiento. Una vida extensa e intensísima -noventa años-, como muestra un gran time line digital interactivo de quince metros de longitud que serpentea por el centro de la estancia. A su alrededor resulta divertido ir descubriendo las variopintas piezas, incluyendo algunas caricaturas de la propaganda alemana denostándole.



Hay varias prendas de ropa que Chuchill usó a lo largo de su vida, entre ellas uniformes diversos, un gabán, un inaudito pijama de terciopelo rojo y réplicas de sombreros de diferentes tipos que, además, se puede poner uno para fotografiarse (por cierto, menudo cabezón tenía), igual que en la galería principal de acceso es posible hacer lo mismo con gorras militares. También se exponen una buena colección de retratos, los famosos puros habanos a los que se había aficionado cuando fue observador y reportero en la Guerra de Cuba, sus abundantes condecoraciones militares (entre las que hay alguna medalla española), el revólver que utilizó en Sudáfrica para escapar de los bóer, su cartera ministerial de recio y desgastado cuero, el pasaporte de ciudadano honorario de EEUU, el premio Nóbel de Literatura que recibió en 1953, diversas publicaciones sobre su figura, varias de sus obras artísticas (era aficionado a la pintura), un mechón de rojo pelo cortado de niño e incluso la puerta del número 10 de Downing Street de cuando ocupó aquella vivienda oficial.

Algunos modelos de sombrero usados por Churchill
El inaudito pijama de terciopelo carmesí
La cartera ministerial del Premier

Respecto a la visita al búnker propiamente dicho, es como viajar al pasado y seguir la Segunda Guerra Mundial en persona. Avanzando por los pasillos, dejando atrás puertas estancas antiincendios -y esperando a que el grupo precedente siga su camino y deje sitio- se van sucediendo a izquierda y derecha aquellas estancias más significativas y relevantes. La Sala del Gabinete, donde se reunía el consejo de ministros; la Sala de Mapas, una oficina cuyas paredes están cubiertas de enormes mapas del mundo con las clásicas chinchetas de colores indicando tropas y movimientos; los dormitorios de Churchill (que no solía usar porque prefería descansar en Downing Street) y del resto de familia, altos cargos y mandos militares; su despacho; la sala con un teléfono transatlántico para hablar con Roosevelt; las mesas de las mecanógrafas; la centralita telefónica; la cocina... 

Sala de reuniones del gabinete

La cocina

Todo ello debidamente cuidado, con documentada ambientación de época reflejada en el atrezzo (teléfonos, lámparas, fusiles del cuerpo de guardia, material de oficina, mobiliario, maniquíes de uniforme, tipografía...) y con detalles curiosos, como una máquina decodificadora, un panel con las llaves de todas las puertas, aberturas en el hormigón para poder comprobar su grosor, letreros indicando a qué equivale cada sonido de las sirenas de alarma, el clásico esquema con las siluetas negras de aviones y dirigibles para distinguir los propios de los enemigos, cuadros de estadísticas de bajas, máscaras antigás y hasta un cubo improvisado como retrete.

Una máquina decodificadora

Las siglas WC ¿serían del despacho del premier o de..?
El uniforme de húsar del joven Winston

La salida, como ya es habitual en todos los museos, se hace a través de la tienda de recuerdos. Es pequeña pero, aparte de las típicas cosas del kistch británico que hieren la vista, tiene otras más curiosas como reproducciones de carteles de la guerra, fotos clásicas (Churchill con la ametralladora Thompson o ataviado de húsar...), libros, etc.

Fotos: JAF y Marta B.L.

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