Olisipo y el Mar de la Paja

Si hay una ciudad con vocación marinera y que no considera el océano como frontera sino como camino, ésa es Lisboa (Portugal). No podía ser de otra manera si se tiene en cuenta que la mitología le atribuye su fundación nada menos que a Ulises, a quien algunos opinan que debe la etimología de su nombre prerromano, Olissipo, aunque una teoría menos romántica opta más bien por los fenicios. En cualquiera de los dos casos vemos un estrecho e intenso vínculo con el mar que milenios después eclosionaría para convertir la capital portuguesa en el punto neurálgico de la expansión nacional por vía atlántica, marcando el momento álgido de su historia.


La puerta de salida a esa corriente aventurera y exploradora, comercial y guerrera, diplomática y conquistadora, fue el Mar da Palha, al que se puede considerar el mayor puerto natural del oeste de Europa: una enorme bahía cuyos extremos conectan modernos puentes kilométricos y donde desemboca el Tajo formando un estuario tan empequeñecido en comparación con el entorno como rico en el plano ecológico. Un auténtico mar interior de diecisiete kilómetros de diámetro y que debe su singular nombre a los restos vegetales arrastrados por la corriente fluvial desde las lezirias, las fértiles zonas agrícolas de las riberas.


Como decía, hubo un tiempo en que el Mar de la Paja bullía de actividad, con su superficie tachonada por multitud de carabelas y naos, unas fondeadas al abrigo del oleaje de aguas abiertas, otras con su velamen bordado con la cruz de la Orden de Cristo e hinchado por un viento que las impulsaba hacia las Indias o les daba el último empujón para recalar en el puerto con sus bodegas llenas de especias. Ese mismo Atlántico que convirtió a Lisboa en una Venecia occidental pero que, a la vez, le arrebató las pruebas monumentales de aquel esplendor en 1755, cuando un maremoto arrasó la ciudad, fue la vía por la que una pléyade de marinos, exploradores y aventureros desafiaron a supersticiones y leyendas lanzándose a lo desconocido. Una fiebre descubridora y colonizadora que sacó al país de la Edad Media y lo introdujo en el Renacimiento, plasmándolo artísticamente en esa característica delicia estilística que es el manuelino.

Madeira, las Azores, Cabo Verde, Senegal, Guinea, Santo Tomé y Príncipe, el cabo de Buena Esperanza, Mozambique, Madagascar, Calicut, Ormuz, Goa, Malaca, Macao, Brasil, Terranova... Uno tras otro, esas exóticas tierras, tan lejanas y extrañas como ricas, fueron incorporándose a la Corona portuguesa, a veces en disputa con los vecinos castellanos, que siguieron sus pasos-y fueron incluso más allá- en eso de ampliar las fronteras del mundo conocido, aunque en otra dirección. En cualquier caso, fue un capítulo glorioso con nombres propios que surgieron del impulso dado por un monarca singular, Enrique el Navegante, desde lo que se conoció como Escuela de Sagres: una institución del siglo XV que alumbró cartógrafos, marinos y astrónomos, de la que salieron las mejores cartas náuticas de la época, y donde se diseñó y construyó el tipo de barco que haría posible esa labor, la carabela, que junto con la nao fueron las nave descubridoras por excelencia. 

Hay quien pone en duda la existencia de la escuela como tal pero lo que sí es un hecho es la nómina de ilustres personajes de habla lusa que protagonizaron aquella fascinante e inquieta dinámica viajera: Vasco de Gama, Bartolomé Díaz, Pedro Álvares Cabral y Fernando de Magalhaes (el mismo Magallanes que navegó para Carlos V) son los más conocidos, pero hay muchos más como Gil Eanes, Nuno Tristao, Dinis Dias, António Fernandes, Joao Gonçalvez Zarco, Soeiro da Costa, Pedro Sintra, Joäo de Santarém, Pêro Escobar, Fernando Poo, Joäo Vaz Corte-Real, Lopo Gonçalvez, Diogo Cao, Afonso de Paiva, Pêro da Covilhä, Abraham Zacuto e incluso uno llamado Jorge Álvares que fue el primer portugués en llegar a China y por el que razones obvias me hacen tenerle una simpatía especial, je, je.

Todos ellos y alguno más reciben su justo homenaje a través de uno de los monumentos más emblemáticos de Lisboa, el llamado Padrao dos Descubrimentos. Es una combinación de arquitectura (obra de  José Ângelo Cottinelli Telmo) y escultura (firmada por Leopoldo de Almeida) que se construyó en 1940 para la Exposición del Mundo Portugués; tenía carácter temporal pero fue recuperada veinte años después, ya de forma definitiva y permanente, con motivo del quinto centenario de la muerte de Enrique el Navegante. Situado cerca de la famosa Torre de Belem, adopta la forma, cómo no, de una carabela cuya proa de piedra blanca se adentra en el Tajo sosteniendo sobre su cubierta a todas las personalidades que contribuyeron a esa edad de oro, tanto marinos como reyes, científicos e incluso poetas (Camoes, por supuesto), hasta sumar treinta y tres figuras de nueve metros de altura.




Lo que mucha gente no sabe es que se puede entrar al monumento. Un ascensor comunica sus seis plantas, la última de las cuales, a cincuenta y dos metros, es una terraza con magníficas panorámicas. También hay un sótano destinado a exposiciones temporales y un auditorio. Frente a la fachada, en el suelo, se puede ver una gigantesca rosa de los vientos que Sudáfrica regaló a Portugal en aquella efeméride; asimismo, a un lado hay un planisferio de hierro forjado que muestra las principales rutas descubridoras.

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