Mi cita con la Dama de Ampato




Machu Picchu, el lago Titicaca, Cuzco y las líneas de Nazca se llevan la parte del león en el turismo de Perú, pero eso no quiere decir que no haya mil y un sitios por allí que puede resultar igual de atractivos. Uno de ellos es Arequipa, indiscutiblemente, no sólo por constituir la base idónea para visitar el impresionante Cañón del Colca sino por la ciudad en sí misma, una de las más bonitas de la nación. Un recorrido arequipeño da pie a descubrir auténticas maravillas pero en mi agenda llevaba apuntada una muy esperada: una cita con Juanita, la Dama de Ampato, en el Museo Santuarios Andinos local. 

El patio del museo

A mediados del siglo XV, el Misti entró en erupción. Es un estratovolcán de 5.822 metros de altitud y cono elegante, casi perfecto, situado en el sureño valle del Chilli, muy cerca de Arequipa, ciudad que luce orgullosa el sobrenombre de blanca por la piedra de ese tono con que los españoles la reconstruyeron y que procede precisamente de esa montaña que en 1450 la había enterrado bajo una gruesa capa de cenizas. El caso es que la violenta actividad del Misti tuvo lugar antes de la llegada de Pizarro, cuando el imperio inca estaba gobernado por Túpac Yupanqui, uno de los grandes reorganizadores administrativos del Tahuantisuyo y que al poco de acceder al poder se encontró con ese problema.

Túpac Yupanqui

Como Sapa Inca, cargo equivalente al de rey o emperador, tenía el deber de proteger a sus súbditos. Pero ¿cómo detener un fenómeno de la Naturaleza de tales dimensiones? Las montañas eran consideradas entidades divinas en la religión andina, asociadas a algún dios y con influencia directa sobre la vida en el huamani (comarca o región) donde se ubicaban. Cada una de estas elevaciones constituía un apu, o sea, una especie de huaca (santuario o lugar sagrado) a gran escala, y la manera de aplacar su ira era la llamada Capac Cocha, un ritual que solía hacerse entre primavera y verano cada cuatro o siete años.

El cono perfecto del Misti

La ceremonia estaba protagonizada por aproximadamente un millar de niños, elegidos ad hoc por su especial pureza y que a menudo procedían de las clases altas, que viajaban desde los cuatro rincones del Tahuantisuyo a Cuzco en una espectacular comitiva para que el Inca abrazara a los cuatro más especiales, recibiendo su energía para a continuación, enviar cada uno a un Suyo o región para ser sacrificados. Uno de ellos fue Juanita, una adolescente criada desde pequeña en el Seqsiy Huasi o Casa de los Escogidos para que algún día sirviera de nexo entre el Inca y Viracocha (el Creador). Tras recibir espléndidos regalos, como túnicas, cerámica y tres muñecas de oro, plata y spondilus (concha de caracola), los sacerdotes sacrificaron un centenar de llamas blancas y bebieron chicha para comunicarse con el mundo divino, llegando a la conclusión de que Juanita, por pura y perfecta, era la adecuada para llevar la petición de clemencia a Illapa, dios del clima (y, por extensión, de otros fenómenos físicos), con la esperanza de aplacar la ira del volcán Misti.

Una recreación actual de la historia de Juanita

El cronista Felipe Huamán Poma de Ayala cuenta que el clero encargado de esos santuarios naturales gozaba de un prestigio especial y estaba mantenido personalmente por el Inca, así que, hacia el año 1466, un pequeño grupo de oficiantes la acompañó en aquel último viaje hasta la montaña Apu Ampato (6.380 metros). Tuvieron que abrigarse con mantas y sandalias de fibra de alpaca, además de cargar con ichu (paja) y estacas de madera con los que hacían escalinatas y chozas para resguardarse del frío por la noche. Tras pasar una noche en aquella ladera helada y antes de que amaneciera, Juanita fue embriagada con chicha, colocada en una plataforma construida ex profeso y, entre plegarias, sacrificada de un golpe de maza que le rompió el cráneo. Se envolvió el cuerpo formado el clásico fardo y se excavó una tumba donde lo depositaron con un ajuar antes de regar la fosa con más chicha para facilitarle el camino hacia el sol. 

El apu, encarnación divina en forma de montaña

En  septiembre de 1995, una expedición arqueológica dirigida por el antropólogo estadounidense Johan Reinhard y su ayudante Miguel Zárate alcanzaban la cumbre del Apu Ampato tras un ascenso anterior durante el que había, detectado la extraña presencia de ichu, planta que no crece a esa altitud. Así fue cómo encontraron lo que quedaba de las estructuras rituales de los sacerdotes incas primero y el fardo que contenía los restos de Juanita poco después, con todo su vestuario, desde el acsu (vestido) sujeto por tupus (prendedores) y ceñido con chumpi (faja), hasta la lliclla sacerdotal (manta), pasando por los polgos (zapatos), la ñañaca (pañuelo ceremonial que cubría la cabeza), un bello penacho de plumas de garza... Tampoco faltaban estatuillas, comida, piezas de cerámica, joyas, etc.

Momento en el que Reinhard rescata la momia

Rescatado el cuerpo y conservado en las debidas condiciones en la Universidad Católica de Santa María, promotora de la campaña, se procedió a un minucioso estudio. La momia estaba magníficamente conservada por desecación natural y ausencia de bacterias debido al frío, presentando sólo un ligero deterioro por haber quedado expuesta al sol. La niña murió por un golpe en el arco supreciliar derecho que le hundió el parietal y le produjo una fisura de cinco centímetros. Tenía entre doce y catorce años en el momento de fallecer, medía alrededor de un metro y medio,  y estaba en perfectas condiciones físicas y de salud, bien alimentada, con dentadura en buen estado y proporciones esbeltas. Un análisis de ADN reveló que, contra lo que se creyó inicialmente, Juanita no procedía de Panamá sino que era andina.

Juanita, en su fardo

La Dama de Ampato, como también se la conoce, me recibió en el Museo Santuarios Andinos (calle La Merced 110), perteneciente a esa universidad y creado para albergar las momias que se van hallando en los apus de la región; de hecho, junto a ella se preservan las de Urpicha (procedente del Pichu Picchu), Sarita (del Sara Sara) y otros cinco cuerpos, aunque hay un total de dieciocho repartidos por más museos. Juanita descansa en el interior de una urna de cristal cerrada al vacío y mantenida a diecinueve grados bajo cero. La luz es también muy tenue, lo que no sólo impide su descomposición sino que crea un halo de misterio alrededor muy apropiado. Tuve la suerte de verla porque precisamente por esa razón se exhibe únicamente seis meses al año, siendo sustituida el resto por Sarita, que también pasó por lo mismo pero no puede presumir de ser la momia mejor conservada de América.

Juanita hoy, en su urna

Por cierto, Juanita cumplió su misión y consiguió que Illapa levantara su mano de hierro: desde entonces, el Misti se tranquilizó y no ha vuelto a tener una erupción importante... Aunque los expertos dicen que sigue activo y lo hará cualquier día; al fin y al cabo, no se ha vuelto a hacerles ofrendas de sangre a los dioses.

Dibujo Juanita: Diego Rondón A. y Sheila Zapana en Juanita, la niña que bajó de los cielos
Fotos montañas: JAF
Foto museo: 3DBK
Foto Juanita: Wikimedia

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