Los cañones del Castillo de Edimburgo



Hay montones de cosas que ver durante una visita al Castillo de  Edimburgo (Escocia), desde museos militares a las joyas de la monarquía escocesa, pasando por construcciones medievales, calabozos, iglesias y otros edificios de usos históricos diversos. Pero lo que atrae la atención al pasear al aire libre por el recinto es su amplia e interesante colección de cañones. Se distribuyen por las almenas en grupos que reciben el nombre de su ubicación: Batería de Media Luna, Batería de la Muralla Delantera, Batería de Dury...

De todos ellos hay que destacar la Batería de Argyle, construida en 1730 y ubicada frente a la Gran Escalera, en el primer tramo de la fortificación Se llama así en honor del duque de Argyll, famoso por haber derrotado a los jacobitas en Sheriffmuir, en 1715. Sin embargo, los cañones, prestados por la Armería Real, son posteriores; se fabricaron en 1810 en el contexto de las Guerras Napoleónicas y, de hecho, llevan grabadas en el tubo las siglas GR3, en alusión al rey Jorge III. Son seis piezas de avancarga, montadas sobre cureñas de hierro, que apuntan al centro de la ciudad en espera de un enemigo que nunca llegó.

La Batería de Argyle con su improvisado artillero hispano-escocés

 Pero hay dos cañones que, sin duda, son los más singulares y emblemáticos del castillo. Tan diferentes entre sí en aspecto y tamaño que parecen el Gordo y el Flaco. El primero es el llamado One o'Clock Gun o Cañón de la Una en Punto, un nombre un poco raro pero que resulta totalmente descriptivo de su función: marcar esa hora. Cada día, a las 13:00, realiza un disparo para informar a los ciudadanos. Los escoceses son así; ¿para qué usar una campana si se puede soltar un cañonazo? Mucho más divertido.

Lo gracioso del asunto es que ni siquiera fue idea suya. La copió de París un hombre de negocios local, John Hewitt, en 1846, cuando se colocó una esfera de reloj en el Monumento a Nelson de Calton Hill. Esa bola debía servir como señal visual para los barcos que entraban por el estuario de Forth pero Hewitt propuso que hubiera también una señal sonora. Dado que el castillo dominaba la ciudad desde lo alto de su colina, se decidió que disparar uno de sus cañones se oiría perfectamente desde cualquier rincón.

El Cañón de la Una, bien abrigado
Así, los edimburgueses llevan siglo y medio sincronizando sus relojes, siendo avisados de que han dado las 13:00 diariamente, salvo los domingos, Viernes Santo y Navidad, y con la excepción de las dos guerras mundiales, en las que no era buen plan confundir a la gente (aunque en abril de 1916 se disparó para ahuyentar a un dirigible alemán). Consiste en una salva a cargo de una pieza de artillería de campaña de 105 mm instalada en la Batería de Mills Mount, un pequeño recinto acotado al lado de la cafetería, a continuación de la Batería de Argyle. Por supuesto, ese cañón es moderno (2001) y sustituye a otros más viejos que le precedieron.

Precisamente así llegamos al otro protagonista. Éste tiene un nombre más clásico: Mons Meg, derivado de la ciudad donde se construyó (la belga Mons) y de la esposa del artillero que se ocupaba de su mantenimiento. Se trata de una de las dos bombardas que Felipe III de Borgoña mandó hacer en 1449 al armero Jehan Cambier y que le regaló al rey Jacobo II poco después. En realidad eran tres pero una se perdió en Francia y la otra se puede ver en Gante, bautizada como Dulle Griet y pintada de rojo. Mons Meg, que se monta sobre una cureña que imita la original del siglo XV, pesa casi 7 toneladas y disparaba proyectiles macizos de 180 kilos de peso, lo que le otorga un brutal calibre de 510 mm.

Los monstruosos proyectiles del mons Meg parecen bolardos. Son de granito

Sin embargo, no se usó mucho. Menos que nadie el pobre Jacobo, que paradójicamente falleció al explotarle otra pieza de artillería en 1460 atacando a los ingleses en Roxburgh Castle. Su nieto Jacobo IV lo utilizó en el asedio del castillo de Norham en 1497, de forma poco lucida porque pesaba tanto que su traslado al frente se demoró bastante; cuentan que incluso tirado por un centenar de hombres sólo podía recorrer unos 5 kilómetros al día, así que es fácil imaginar el exasperante ritmo al que avanzaba. Semejante falta de funcionalidad hizo que se optase por dejarlo en Edimburgo y sólo para las salvas de honor. Por ejemplo, la disparada durante la boda de María Estuardo, en la que la bala se recogió a 3,5 kilómetros de distancia, cerca del actual Jardín Botánico.

Pero también falló en eso. En octubre de 1681 fue disparado para celebrar el cumpleaños del duque de Albany (futuro Jacobo VII) y explotó el tubo, quedando en mal estado. Los escoceses dicen que el artillero no supo calcular la medida adecuada de pólvora o lo hizo deliberadamente, ya que era inglés. El caso es que debieron hartarse de él -del cañón, quiero decir-  y lo dejaron abandonado junto a la Foog's Gate hasta 1754, en que la Ley de Desarme instaurada en Escocia tras la rebelión jacobita sirvió de excusa a los ingleses para llevárselo a la Torre de Londres. No lo fundieron porque sus dimensiones impedían meterlo en cualquier horno, así que allí siguió languideciendo hasta que la Society of Antiquaries of Scotland, un grupo de románticos escoceses liderados por el escritor Walter Scott, consiguió su devolución. El 9 de marzo de 1829 llegó al puerto de Leith, desde donde fue trasladado al Castillo de Edimburgo con escolta militar y honores. El hijo pródigo regresaba triunfante.


Mons Meg. A la derecha, una niña juega subiéndose a los proyectiles

En fin, el Mons Meg no dispara habitualmente como su compañero el One o'Clock Gun, pero sí que lo hace una vez cada 365 días. Quien quiera asistir a tan magna ocasión debe esperar al Hogmanay (el fin de año), cuando realiza el tiro de inicio de los fuegos artificiales. Eso sí, sin bala.

Fotos: JAF y Marta B.L.

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