Carnaval, el mundo al revés



La forma de celebrar el Carnaval hoy en día es variada. Está claro que, al menos en el plano formal, no se parecen nada el de Venecia -elegante, elitista- al de Río de Janeiro -popular, caótico-, como tampoco los españoles entre sí: los del sur, con mención especial para Cádiz, con sus típicas chirigotas y murgas, se muestran diferentes a los del norte, que en sitios como Asturias, Galicia o Navarra conservan un sabor antropológico muy acusado, sustituyendo versos satíricos y música chillona por cencerros y pieles de oso (símbolo de ritos de fecundidad), o a los de Castilla, donde el citado carácter moralista suele plasmarse en el linchamiento de un muñeco (Pero Palo en Villanueva de la Vera); tampoco se parecen, más que en su esencia, los desfiles de trajes espectaculares de los carnavales canarios al Descenso del Galiana de Avilés. El caso es que en España hay una gran variedad de festejos; Rumbo desgrana algunos de ellos en un interesante artículo de su blog que puede dar alguna idea para unas vacaciones el próximo mes de febrero.

Y si echamos un vistazo al resto del mundo comprobamos que cada lugar también ha desarrollado su propia fiesta, según su idisosincrasia: el legado criollo del Mardi Gras de Nueva Orleans, la masiva afluencia en Colonia, las batallas de flores de Niza, el sincretismo entre lo hispano y lo indígena en las diabladas de Oruro y Puno, los Chinelos coloniales mexicanos, la tradición eslava de la Maslenitsa rusa...

Carnaval canario

Es curioso cómo el Hombre ha conseguido adaptar sus ciclos vitales a los de la Naturaleza y, sobre todo, cómo lo ha hecho en casi todos los rincones del mundo solemnizando (o festejando) cada una de esas fases con algún tipo de evento comunitario que, con el paso del tiempo, va transformándose y adquiriendo una nueva identidad acorde con la etapa en que se desarrolla.

En ese sentido, el Carnaval puede verse como una celebración del período previo a la Cuaresma, es decir, el momento de desmadrarse antes de pasar al recogimiento espiritual, pero no deja de ser la cristianización de un concepto pagano anterior que, a través de fiestas como las Saturnales o las Lupercales romanas -la tradición clásica de la que la civilización occidental europea era heredera, al fin y al cabo-, servía para resaltar el cambio de estación, diciendo adiós al frío y dando la bienvenida a la inminente llegada de la primavera. El momento de consumir definitivamente lo que quedaba de provisiones invernales para propiciar la fertilidad que ha de venir. 

El Carnaval según Brueghel el Joven

Algo que se plasmaba en la transgresión del comportamiento normal y que el cristianismo heredó hacia el siglo IV como preparación a los cuarenta días de privación y ayuno que emulaban los pasados por Cristo en el desierto. O sea, un último momento de excesos en alimentación y comportamiento al que alude la propia etimología latina del nombre de la fiesta: carne vale (adiós a la carne), que en España no se generalizó hasta la Edad Moderna porque eran más comunes el de carnestolendas o los regionales (entroydo, iñaute, antroxu...).

Las características principales del Carnaval (celebraciones callejeras, actividades en grupo, uso de disfraces...) se fueron estableciendo hacia el siglo XII, si bien en la Italia bajomedieval se tendió a organizar fiestas más privadas, dadas las alteraciones de orden público que solían acabar en peleas multitudinarias. Eso, unido a otros elementos carnavalescos poco edificantes como comilonas desmesuradas, obscenidades, actos escatológicos, desfiles de vociferantes agrupados en fraternidades procaces (Locos, borrachos, Feos, Necios...) llevaron a las autoridades religiosas a tratar de ponerle coto a los festejos. 


Según Fedor Fogt

Pero nunca consiguieron proscribirlos del todo; si acaso, introducir algún aspecto moralista -triunfo final de Doña Cuaresma sobre Don Carnal-, prohibición de las máscaras por encubrir maleantes (durante el reinado de Carlos V, aunque su hijo Felipe II volvió a permitirlas para celebrar su boda con María Tudor) o cambio de nombre (en 1937 el franquismo lo rebautizó como Fiestas de Primavera).

Como escribió Rubén Darío:

Musa, la máscara apresta,
ensaya un aire jovial
y goza y ríe en la fiesta
del Carnaval.
 (...)
Piruetea, baila, inspira
versos locos y joviales;
celebre la alegre lira
los carnavales.

Foto 2: hola,com

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