La Cartuja de Miraflores y el milagro de la luz



Estamos ya en la segunda mitad de diciembre, que posiblemente sea el mejor mes para visitar la Cartuja de Miraflores. Especialmente por la tarde porque hay milagro. Suena raro, como aquella película de Berlanga, Los jueves, milagro. Pero en este caso de verdad y no un único día de la semana sino todos. Es el llamado milagro de la luz.

Pese a la espectacularidad de sus frescos, la capilla de Nuestra Señora no es lo más representativo de la Cartuja de Miraflores y se usa como museo del sitio

Pero vamos poco a poco. Como indica su nombre, la Cartuja de Miraflores es un monasterio que el rey Juan II de Castilla, padre de Isabel la Católica, donó a la Orden de los Cartujos en 1442, que habría de levantarse sobre los restos del palacio de Miraflores,  antiguo pabellón de caza de su padre incendiado y situado en las afueras de Burgos, actualmente a unos tres kilómetros. Lo construyó el arquitecto alemán -afincado en España- Juan de Colonia entre 1454 y 1484, aunque fue su hijo Simón el que concluyó las obras, al igual que sería Isabel quien tuviera que sufragar los costes finales, contratando a los mejores artistas para ensalzar el carácter familiar del sitio y remarcar su derecho a la corona. Lógicamente, el estilo es gótico isabelino.

Retrato de Isabel la Católica expuesto en el museo de la Cartuja, copia actual de un original de Juan de Flandes que se conserva en El Prado. La reina hizo del lugar una apología de su legitimidad dinástica

Del complejo destaca, sobre todo, la iglesia, que ya desde el exterior se eleva sobre los otros edificios de forma muy curiosa. Es el punto a partir del cual se desarrolla lo demás (dos claustros con las dependencias del cenobio alrededor) y lo único visitable, puesto que allí sigue habitando una comunidad de religiosos. Así que uno accede a un patio con jardín que hace de recibidor y luego entra en el templo por una portada monumental, que antaño daba al exterior del monasterio y que consta de arquivoltas apuntadas con arco canopial, un tímpano con una piedad y sendos escudos heráldicos a cada lado, uno del reino de Castilla y León, otro de Juan II.

La entrada a la iglesia

En el interior, bajo una bóveda de crucería con estrellas de piedra en las intersecciones, nave única pero dividida en cuatro partes: una para los fieles, decorada con un tríptico de Van der Weyden y con una reja marcando el límite de acceso; dos coros (para los legos y para los monjes cartujos) y la cuarta, que es la Capilla Mayor. La segunda y tercera acogen respectivamente sillerías renacentista y gótica, talladas por Simón de Bueras y Martín Sánchez, aunque no todas las piezas son originales porque varias quedaron destruidas durante la invasión francesa y hubo que sustituirlas. Un muro decorado con retablos barrocos separa ambos espacios, que se comunican mediante una puerta central.

En primer término hasta la verja, espacio para los fieles; luego, los coros de legos y monjes, separados por un muro con decoración barroca; al fondo, la Capilla Mayor


El bojarte
A un lado está la sacristía y, al otro, lo que eran las capillas laterales, hoy acondicionadas como pequeño museo con una exposición permanente de arte religioso que muestra obras de reputados maestros como Alonso Cano, Gil de Siloé, Pedro Berruguete y hasta una rara pintura de Sorolla. También se exhibe la acostumbrada orfebrería litúrgica, capas y casullas, misales y un peculiar bojarte (una tabla de madera en el que se representaba el horario de la vida monacal, repartiendo funciones y turnos).

Pero el rincón estelar del lugar es, sin duda, la Capilla Mayor, no sólo por las nervaduras de la bóveda sino también -y sobre todo- porque en ella se encuentran los sepulcros de los reyes, ya que la Cartuja fue concebida como panteón real. Lo primero con lo que se topa uno es con el mausoleo de Juan II e Isabel de Portugal, una obra de alabastro firmada por Gil de Siloé con forma de estrella de ocho puntas, cada una de ellas rematada con esculturas alegóricas y evangelistas. Encima, entre molduras, agujas y doseles, las estatuas yacentes que retratan a los monarcas, con leones a sus pies. El conjunto es gótico y está protegido por una verja blasonada.


Sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal

Otra vista con la verja

Detalle de los relieves del sepulcro
Otro detalle con la estatua yacente de Isabel de Portugal

Sepulcro del infante Alfonso
En la pared izquierda también hay un elegante sepulcro, el del infante Alfonso, hermano de Isabel la Católica. Es del mismo autor y labrado en el mismo material e igual estilo: dos ángeles tenantes sostienen el escudo de Castilla y León flanqueados por pilastras de filigrana, mientras el nicho contiene una estatua orante del personaje enmarcada por arcos y una aguja.

Visto todo lo cual le llega el turno al retablo mayor, tallado en madera (pino y nogal) de nuevo por Gil de Siloé aunque con policromía y dorados de Diego de la Cruz, quien empleó para ello parte de la primera remesa de oro llegada de América. Representa la vida de Cristo, al que se muestra crucificado en la gran rueda central rodeado por Dios, el Espíritu Santo y la Virgen María. Encima de la cruz hay una figura peculiar: un pelícano, ave que metaforiza el sacrificio eucarístico porque antaño se creía que alimentaba a sus crías autoinflingiéndose heridas. 

El retablo mayor. Delante, algunas figuras del sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal
 
El pelícano en cuestión

Y ahora sí, vamos con lo del milagro de la luz. En el mes de diciembre, cuando hace buen día y aprovechando la claridad que proporcionan las vidrieras flamencas, los rayos de sol penetran por éstas iluminando de lleno la rueda central del retablo, de manera similar a lo que pasa en el templo de Ramsés II de Abu Simbel. Sólo tiene lugar ese mes a partir de las 16:00 horas

El "milagro"

Fotos: JAF y Marta B.L.
Foto milagro: Cartuja de Miraflores

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