El Señor de Sicán


¿Qué se nos viene a la cabeza cuando hablamos de pirámides antiguas? Seguramente, en esencia, las tres grandes de Giza, en Egipto (o incluso alguna otra de ese país, caso de la escalonada de Zóser, en Menfis, o la romboidal de Snefrú, en Dashur) o las mesoamericanas (aztecas, mayas, teotihuacanas...) de México, Honduras y Guatemala. Lo que no sabe mucha gente es que en América del Sur también se levantó este tipo de arquitectura y, en algunos casos, con proporciones tan colosales como las anteriores. Sólo que los materiales empleados eran más endebles y no se conservan tan bien.

El Señor de Sicán posando con embajadores
Es el caso de la zona noroeste de Perú, la comprendida entre los ríos La Leche y Moche, donde se desarrollaron varias culturas diferentes a la inca que siempre tenemos como referencia: se trata de la sicán, la mochica y la chimú. Quedémonos hoy con la primera, también conocida como lambayeque y cuyo nombre quizá suene más porque otro curso fluvial también lo lleva, además de la ciudad más importante del entorno.

Hay que remontarse aproximadamente un milenio, entre los años 800 y 1375 d.C. Fue entonces cuando la civilización Sicán, heredera de la Moche al igual que lo fue la Chimú en el sur, dominó una región que abarcaba desde el valle de Motupe hasta el de Chicama, lo que actualmente es -más o menos- el departamento peruano de Lambayeque. Cerca de millón y medio de habitantes vivían en poblaciones como  Batán Grande y Túcume -capitales en períodos sucesivos- y otras localidades menores, dedicados a la agricultura, en la que brillaron de forma notable gracias a un ingenioso y complejo sistema de irrigación que permitía volver extraordinariamente fértil un terreno desértico por naturaleza. En eso siguieron el ejemplo de los mochicas, maestros también en otras cosas, como una refinada orfebrería. Claro que las influencias también llegaron de los huari, los chimú, los cajamarca e incluso de un lugar tan alejado como Tihuanaco, situado ya en la actual Bolivia.

La impresionante máscara y el no menos bello tocado del Señor de Sicán
Como en la mayor parte de aquellas culturas, la sociedad estaba rígidamente jerarquizada, con una clase dominante (rey y nobleza) que correspondía étnicamente a los sicán y dos estratos inferiores en orden decreciente identificados con los mochica y los tallán, que trabajaban para mantener a los primeros. Hay cosas, como se ve, que son universales ¿Qué trabajos? Cinco eran las actividades económicas fundamentales: agricultura, ganadería, pesca, metalurgia (considerada la mejor de América) y comercio, este último enriquecido gracias a un aspecto -cosa curiosa- poco desarrollado por otros pueblos americanos: la navegación.


Así era el Señor de Sicán, según reconstrucción a partir de su cráneo

Era impensable que, recalando yo en Chiclayo, no empleara una jornada en saber más de los sicán y ver in situ los restos arqueológicos de su esplendorosa existencia, así que lo primero fue acercarme al Museo Nacional Sicán, que se inauguró no hace mucho, en 2001, en la localidad de Ferreñafe. Dentro, se puede ver una gran colección de piezas de orfebrería (máscaras de oro y cobre, así como tumis -cuchillos para sacrificios-, keros -vasos ceremoniales- y joyas de todo tipo), cerámica (a menudo con representaciones animales), textiles (de algodón y pelo de llama) y dioramas a tamaño natural mostrando los procesos de elaboración en los batanes y fraguas.

Recreación de orfebres sicán trabajando en una fragua

Pero el rincón estrella del sitio es la recreación de las tumbas nobiliarias y, muy especialmente, la del Señor de Sicán (¡no confundir con el de Sipán, que era mochica!). Fue éste un destacado personaje cuyo sepulcro se encontró intacto en 1991, en la Huaca del Loro de Batán Grande; algo excepcional porque los yacimientos arqueológicos de la región han sido expoliados a conciencia por los huaqueros. Izumi Shimada, el investigador japonés que lo halló en 1987 (por eso el gobierno de Japón colaboró en la construcción del museo), descubrió un pozo vertical donde yacía un hombre de edad mediana y un metro sesenta de altura acompañado de dos mujeres jóvenes y dos niñas a las que se había sacrificado para acompañar a su amo al más allá. Sí, en casi toda América se hacían sacrificios humanos, aunque lejos de los masivos holocaustos mexicas.

La tumba del Señor de Sicán con su cuerpo boca abajo y las dos jóvenes servidoras sacrificadas

El cadáver del Señor estaba en posición sentada pero invertido, cabeza abajo. Y, lo más espectacular, adornado profusamente con máscara (era un privilegio exclusivo de la élite sicán), orejeras y otros aditamentos de oro. El ajuar se componía de muchos objetos más, hechos de diversos metales, piedras preciosas y conchas marinas que en total sobrepasan una tonelada de peso. El museo tiene una reconstrucción de la tumba, de nuevo a tamaño natural (3 x 12,5 metros), con maniquíes y todo, y otra del Señor en su silla de manos, donde se le ve en todo su esplendor ornamental. Ahora bien, la manía de dejar los museos a oscuras para dificultar las fotos dificulta un poco su contemplación plena; por eso no está mal la idea de poner,a la salida, a un figurante interpretando al personaje y declamando un poema en quechua y castellano, como se puede ver en la foto dos.

El Señor de Sicán en su silla de manos
La segunda parte de la visita fue a Túcume, antigua capital sicán. En el próximo post lo vemos.

Fotos: JAF y Marta BL.

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