Los chimpancés del Bosque Budongo (y II)

  
Continuación del post anterior. Llegada al Bosque Budongo para contemplar a los chimpancés de Uganda en su hábitat natural. Siguiendo a una guía local, nos adentramos en la densa selva africana con expectación y atentos a todo...


La ruta se hace por una serie de senderos marcados que dividen todo el bosque en una cuadrícula para facilitar la labor de los investigadores y los movimientos de los propios visitantes. Al igual que con los gorilas, hay que hablar en voz baja para no alterar el hábitat y, sobre todo, para no asustar a los chimpancés; no sólo porque entonces no habrá forma de verlos sino también porque alguno puede cabrearse y no es recomendable tenerlos cerca en ese estado. Al menos si tú eres la causa del enfado.

Cuidado con el cabreo de un chimpancé
Y no lo digo porque sí. En un momento dado pudimos oir una acalorada discusión simiesca -son tan parecidos al ser humano que llevan a cabo guerras territoriales- y resultó acongojante. Su costumbre en esos casos no es golpearse el pecho en plan chulo como los gorilas sino hacerlo sobre el tronco de un árbol (las enormes raíces de las ceibas, si están en tierra) a la par que amenaza con sus chillidos; y el caso es que eso retumba por toda la selva como si el causante fuera el mismísimo King Kong. Saber que estás en medio de una riña de chimpancés, ruidosa e impresionante, con estridentes ruidos alrededor, como si toda África se hubiera vuelto loca pero sin llegar a ver nada concreto, dispara la adrenalina de cualquiera. Pero hay que mantener la calma y quedarse bien quieto, no sea que alguno se confunda de adversario y te haga papilla. Tienen fuerza de sobra para ello.
 
No obstante, ante de ese emocionante episodio toco caminar un buen rato, a veces por los senderos marcados, siguiendo el rastro de excrementos de los simios, y a veces a través del follaje, superando la irregularidad de un terreno tapizado por millones de hojas muertas y salvando esas ramas que parecen ir siempre en busca de tu ojo. Durante el trayecto hubo tiempo para encontrarse con un colosal árbol de caoba (hay cuatro especies distintas, de ahí la atracción que hubo para la industria maderera) de ochenta metros de altura y veinte de circunferencia en el tronco. No faltó la foto de los expedicionarios rodeándolo cogidos de la mano; una quincena de personas, creo recordar.

Lo que unos desechan otros lo aprovechan. En este caso las heces de un chimpancé le vienen muy bien al escarabajo pelotero
Hay varios grupos de chimpancés en Budongo. Unos permanecen es estado totalmente salvaje y no tienen contacto con la gente porque eson objeto de estudio por parte de los zoólogos (las comunidades llamadas Sonso y Waibira), mientras que otros sí se han acostumbrado a nuestra presencia, aunque dentro de un orden porque tampoco es que vengan a comer de la mano precisamente.  

Los primeros que logramos atisbar estaban en ramas muy altas, alimentándose con racimos de unas frutas silvestres de color verdoso que eran una variedad de higos. Lo de atisbar es literal: la selva no sólo se desarrolla en superficie sino también hacia arriba, con todas las especies arbóreas pugnando por sobresalir sobre las demás para recibir mejor la luz del sol, dado que pocos rayos consiguen atravesar la tupida red vegetal por debajo de las copas y a ras de suelo predomina cierta penumbra, similar a la de una catedral; por eso los árboles alcanzan tales tamaños. 
 
Un atracón de higos
Poco después tuvimos suerte y un ejemplar se nos cruzó en el sendero a unos veinte metros, permitiéndonos contemplarlo mucho mejor que con miles de hojas de por medio. El simio caminó un rato despreocupadamente, al menos en apariencia, con nosotros detrás como improvisados paparazzi, sólo que en absoluto silencio y manteniendo la distancia, haciendo auténticos malabarismos para enfocar la cámara sobre la marcha, sin perder el paso. Luego se encontró un compañero y ambos nos dejaron para trepar por un tronco mientras el bosque volvía a llenarse de estremecedores gritos de guerra a nuestro alrededor, como en aquella escena de El último mohicano

Siguiendo a un chimpancé por tierra
Cuando se calmaron y retornaron a su ágape frugívoro nos ofrecieron una nueva sesión fotográfica, aunque de nuevo desde la seguridad de sus árboles, a través de la espesura, obligándonos a apurar al máximo zooms y focus. Qué diferentes a los gorilas en eso.

Fotos: Marta BL.
Foto 2: Budongo Conservation Field Station

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