Delfos



A veces, leyendo ciertos blogs -la mayoría para ser honestos-, uno tiene la sensación de que sus autores  están reviviendo las profecías del oráculo de Delfos, dado que el caos sintáctico que exhiben (del ortográfico ya ni hablamos) hace que lo que podría ser un texto interesante se convierta en algo parecido a las confusas profecías de la Pitia: según cómo se puntúe, cada frase puede tener un sentido u otro.

Supongo que conocen la historia. El viajero llegaba al santuario para consultar sobre su futuro, se purificaba en la fuente de Castalia, hacía un sacrificio y pagaba los servicios de la citada pitonisa, que debía hablar en nombre de Apolo. Entonces ésta hacía su numerito: sentada sobre un trípode, entraba en trance por las emanaciones alucinógenas del subsuelo y formulaba su augurio, recogido por los sacerdotes, quienes se lo pasaban por escrito al cliente de forma más o menos elegante (al principio incluso lo hacían en verso).

El mensaje era lo suficientemente ambiguo como para contentarle pero sin pillarse los dedos. Es un clásico el del hoplita que, consultando sobre qué le pasaría en la guerra de turno, recibió como respuesta "Vivirás, no morirás". Cuando falleció en combate y su familia fue a reclamar, le dijeron que lo había interpretado mal y que la frase correcta era "Vivirás no; morirás". Algo parecido le pasó a Creso tras hacer una consulta antes de iniciar una campaña bélica contra Persia: le profetizaron que destruiría un gran imperio; Creso fue estrepitosamente derrotado pero sus protestas posteriores fueron inútiles porque, efectivamente, había destruído un imperio, sólo que era el suyo.

El teatro aprovecha el declive de la ladera para situar el graderío
Sabiendo estas magníficas historias era imposible no buscar un momento para conocer Delfos durante el viaje a Grecia que hice unos años atrás. Está en Fócida, colgado de la ladera meridional del legendario monte Parnaso, una elevación orográfica caliza de casi dos mil quinientos metros de altitud donde se suponía que habitaban las Musas. El santuario es un lugar de acceso complicado, mediante una sinuosa carretera que está rodeada por un enorme bosque de olivos y que lleva hasta una meseta que se aprovechó para situar el complejo arquitectónico de forma escalonada.

El colosal olivar del monte Parnaso
Según la mitología, varios dioses querían establecer allí un oráculo pero fue Apolo el que finalmente lo hizo, previa limpieza de serpientes de la zona -el nombre de la Pitia deriva de la Pitón, un ofidio monstruoso al que tuvo que exterminar-. En cuanto a la palabra Delfos, viene de la forma de delfín que ese mismo dios adoptó para atraer a los cretenses que deseaba como sacerdotes.
 
El templo circular de Atenea Pronaia
Delfos, en realidad fundada por los dorios, fue descubierta y excavada desde el siglo XVII. Hoy en día conserva un buen puñado de edificios que parecen agolparse a la sombra de los rojizos Picos Fedríades que coronan el entorno. Desde la teórica ubicación del hipódromo en su falda hasta su parte más alta, que es el gran estadio -escenario de los Juegos Pitios cada ocho años-, se van sucediendo pequeñas maravillas como la ya seca fuente de Castalia (el mencionado sitio para purificarse antes de entrar), los Tesoros (pequeños templetes erigidos por atenienses -foto de cabecera-, sicionios, sifnios, masaliotas, etc), altares varios, estelas (de los atenienses, etolios, Átalo...), el Ónfalos (ombligo del mundo), el Bouleterión (sede de reunión de la boulé o consejo), la tumba de Neptólemo, un bello teatro que aprovecha la inclinación de la ladera para el graderío, el aǵora romana...

La pitonisa 2.0 y lo que queda del templo de Apolo

Mención aparte para los templos, claro. El tholos de Atenea Pronaia es el más fotogénico, por circular y algo recoleto, asomado al abismo; las espléndidas estatua del Auriga y la Esfinge de Naxos, que se conservan en el Museo Arqueológico de Delfos, procedían de aquí. Muy distinto, el Templo de Apolo, cuadrangular e imponente, apenas conserva unas pocas columnas sobre la gran plataforma pero aún puede verse en el suelo el punto donde se sentaba la pitonisa; ahí fue donde, mientras lo contemplaba, un turista japonés me manifestó su ininteligible entusiasmo por la gorra con cogotera que me protegía del implacable sol y que, seguramente, le recordaba la de los soldados de su país durante la Segunda Guerra Mundial.

En el estadio, equipado con la gorra que fascinó a un turista japonés
Fotos: JAF y Marta BL.

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