Cahuita


De todos los parques naturales que he visitado, y llevo ya unos cuantos a cuestas, seguramente uno de los más raros fue el de Cahuita, en Costa Rica. Quizá la cosa no esté sólo en el lugar sino también en mi experiencia particular aquel día, pero el caso es que uno se queda algo descolocado al hacer el recorrido, siguiendo el litoral caribeño por una senda que discurre paralela a la playa, de cuyo arenal únicamente la separa una cortina de cocoteros.

Los monos aulladores, una compañía constante y ruidosa
En realidad, esa forma de dividir el terreno en dos con una línea de árboles se hace extensiva a casi toda la costa del país para facilitar la tranquilidad necesaria que necesitan las tortugas marinas al desovar, dado que estos animales acuden anualmente a la costa atlántica costarricense con ese fin; la posibilidad de contemplarlo es algo que confiere a Costa Rica un atractivo turístico especial. Pero en el caso de Cahuita, tras las palmeras están la senda y después la frondosidad inaccesible de la jungla, lo que resulta muy curioso para el que hace el recorrido. 

No todo es idílico en Cahuita
Se trata de un Parque Nacional ubicado en una provincia de nombre tan curioso como Limón, al norte de una de las localidades más visitadas, Puerto Viejo; una zona culturalmente muy influida por el legado de los jamaicanos que llegaron para trabajar en las grandes compañías estadounidenses. Por eso las pieles negras, las rastas y la música reggae forman parte del paisaje y del paisanaje.

El parque ocupa cerca de un millar de hectáreas en tierra y más de veintidós mil en el mar, constituyendo un entorno paradisíaco para una de las faunas y floras más diversas del país, que ya es decir. Así, al bosque tropical húmedo se unen arrecifes de coral; los perezosos y monos que pululan por las ramificadas copas arbóreas comparten espacio con aves de bello plumaje y múltiples especies; en el suelo cercano a la playa hay nutrias y cangrejos de vivos colores que anidan en la arena blanca que le da nombre, horadándola en un laberinto subterráneo; entre el follaje, se mueven silenciosas serpientes e icónicas ranas verdes del tamaño de una uña, mientras que bajo las aguas nadan tiburones, barracudas y peces multicolores...

Las rocas en primer término afloraron a la superficie tras el seísmo de Limón de 1991

La caminata, que se desarrolla por un pasillo arenoso y llano que no requiere botas ni forma física especial, empieza en un extremo, tras sortear a los vendedores de baratijas ataviados con la clásica gorra de punto estilo Bob Marley. La mayor parte se hace a la sombra, algo de agradecer en un clima tan caluroso y húmedo, aunque siempre bajo la amenaza de algún chaparrón tan súbito como efímero, generalmente por la tarde. Otra cosa es coincidir con alguna tormenta o huracán, que suelen empezar a azotar la zona a finales del verano y dejan las huellas de su paso con un rastro de ramas, hojas y troncos diseminados por la playa (vean la foto de cabecera), así como en una mar turbulenta.

Las aguas rojizas del río Suárez en su desembocadura
Otro problema natural es la actividad sísmica que, junto con la volcánica, ponen ese contrapunto terrible a la clásica tranquilidad habitual de Costa Rica. Eso sí, los desastres que se producen, constatables en la destrucción de pueblos enteros y la ruina del patrimonio monumental colonial, los compensa la propia Naturaleza convirtiendo a sus apocalípticos agentes en destinos turísticos: es el caso del Volcán Arenal (situado en otra provincia) o del terremoto que asoló Limón en 1991 y cuyo efecto más visible es la elevación del arrecife coralino sobre la superficie del mar y la modificación de parte de la línea de costa.

La distancia a recorrer en el Parque Nacional de Cahuita no llega a ocho kilómetros (ida y vuelta), sin pérdida y con la compañía constante de los monos aulladores. La excursión termina en Puerto Vargas, si bien lo más habitual por cuestión de tiempo (se camina a paso lento, observando detenidamente en busca de animales) es hacer sólo el primer tramo (kilómetro y medio) hasta la desembocadura del río Suárez, fácilmente reconocible por sus aguas de tono rojizo, como se puede apreciar.

Luego, es recomendable descansar y recuperar fuerzas en algún lugar del entorno. Puerto Limón suele ser la referencia por su animación nocturna, pero la zona está llena de hoteles, albergues, casas rurales y alojamientos de todo tipo. Yo me quedé en uno de esos hoteles a los que se aplica la expresión "con encanto": el Suerre Caribbean Beach, que está en Punta Uva y cuyas habitaciones son bungalows, distribuidos en forma de media luna en torno a un centro ocupado por la enorme choza-restaurante y las piscinas.

Los alrededores son pantanosos, hábitat para miles de cangrejos (algunos de los cuales alcanzan el tamaño de centollos y adquieren un extraño color blanco al instalarse a menudo en los desagües y oquedades del complejo), por lo que una pasarela de madera sirve para llegar hasta la playa sin estropearles el terreno. Esperar el crepúsculo desde allí, tumbado entre las dunas y arrullado por el oleaje del Caribe, deja imágenes tan impactantes como la de la foto.

 Fotos: Marta BL y JAF

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