Entre buitres y corderos: las Hoces del río Duratón



La provincia de Segovia reúne un puñado de lugares especialmente atractivos, unos desde un punto de vista cultural, quizá los más conocidos, y otros del natural. Entre estos últimos destaca con brillo propio un paisaje que hay que visitar sí o sí alguna vez por su valor y su espectacularidad: las Hoces del río Duratón.

Que el nombre no lleve a confusión. Una hoz, aparte de un instrumento para la siega y la mitad del símbolo comunista, es un valle más o menos estrecho y profundo, excavado por un río que discurre encajado entre altos farallones rocosos. La razón de esa denominación hay que buscarla en la sinuosa forma que adopta durante el recorrido, que lo asemeja a la cavidad bucal, o sea, la garganta, que en latín se dice faux (de ahí deriva la palabra hoz); pelín rebuscado ¿no?.
Los buitres anidan en esas paredes (ampliando la primera foto se ve alguno volando)
 El caso es que, a lo largo de unos cincuenta millones de años, el agua fue disolviendo la roca caliza -eso que se llama fenómeno kárstico- y modelando ese tipo de paraje tan impresionante y caprichoso. Éste, en concreto, se encuentra entre Sepúlveda, Burgomillodo y Sebúlcor, al noroeste de la provincia, y está protegido como Parque Natural desde 1989. También es Zona de Especial Protección para las Aves debido a la colonia de buitres leonados que anida en las balmas (grutas, también utilizadas por el hombre) que horadan las paredes y constituye el principal atractivo para los visitantes.

Las Hoces del río Duratón ocupan una superficie de algo más de cinco mil hectáreas, con el curso fluvial avanzando veintisiete kilómetros y formando marcados meandros a su paso. La parte alta, que llega en algunos puntos al centenar de metros, es un típico páramo de sabinas y enebros. Si uno logra superar el embobamiento que produce el elegante planear de los buitres (cuidado, que engancha y hay riesgo de acabar con tortícolis), se puede caminar un par de kilómetros por ese llano hasta la ermita de San Frutos, una edificación religiosa construida al pie del acantilado, con vistas al pantano de Burgomillodo.

Foto desde el puente de acceso a la ermita
 Es de estilo románico (siglo XII) aunque erigida sobre otra visigótica quinientos años anterior que, a su vez, se construyó sobre restos romanos. Era un priorato cuya fundación se atribuye al santo homónimo y sus hermanos, Santa Engracia y San Valentín. Las ruinas de un monasterio benedictino y un pequeño cementerio altomedieval completan el conjunto, al que se accede por un divertido puente de piedra construido en 1757 para salvar una grieta abismal popularmente conocida como la Cuchillada y cuyo origen legendario se atribuye al propio San Frutos: la abrió de un golpe de bastón para impedir el paso de los musulmanes a Sepúlveda.

Las tumbas medievales, muy desgastadas
Por ahí despeñó un celoso marido a su esposa, cuenta otra tradición. Pero como ella era inocente, San Frutos la salvó -se le atribuyen siete milagros, atentos a este número- y, en agradecimiento, la mujer donó al cenobio todos sus bienes. Una inscripción en una de las paredes da fe de esa historia, con más o menos imaginación. En cualquier caso, también hay una tosca escalera que permite bajar al fondo del cañón de una manera no tan rápida pero sí más tranquila y cómoda

En 1834, la Desamortización de Mendizábal echó a los monjes y el sitio quedó abandonado, siendo pasto de un incendio años después. La cruz de hierro que se alza delante sobre un pedestal de piedra es reciente, de principios del siglo XX, y representa las siete llaves de Sepúlveda (en alusión a la cantidad de entradas de la ciudad). Como decía antes, ese número es emblemático en el lugar porque, aparte de los milagros de San Frutos y las puertas con sus llaves, también hay una cueva de los Siete Altares, una oquedad en la roca usado desde el neolítico y cristianizado de forma tan insólita que quedó convertido en un santuario católico.

En fin, al terminar la visita nos fuimos a uno de los figones locales a comer  cordero asado, plato sepulvedano por autonomasia. Siete raciones, por supuesto; para no perder la magia.

Fotos: Marta BL.

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