Un día en Uyuni: el salar


Continuación del post anterior, donde empecé a contar cómo siete bloggers españoles visitamos Uyuni invitados por el gobierno de Bolivia y vimos el cementerio de ferrocarriles de Pulacayo. Ahora toca hablar del salar.
Tras dejar atrás el cementerio de ferrocarriles de Pulacayo, y con el sol ya calentándonos desde los alto, hicimos una parada técnica en Uyuni: mientras nuestros anfitriones cargaban la comida, algunos aprovechamos para dar una vuelta por el mercado que se extendía por una de las calles más céntricas, justo donde había un insólito monumento al Rally París-Dakar. Decenas de sencillos tenderetes, levantados con cuatro alambres y un plástico y atendidos por las mujeres locales, achaparradas, tostadas por el sol, ataviadas con las típicas faldas acampanadas y el característico sombrero, del que salían larguísimas trenzas azabache hasta la cintura. 

El monumento al Rally París-Dakar
El guía nos propuso un curioso reto: decir cualquier cosa u objeto, que seguro que lo encontraríamos a la venta, bien nuevo, bien de segunda mano. Y así fue, no con uno sino con varios que se nos ocurrieron. Había fruta, hortalizas, calzado, prendas de alpaca, bolsos y cinturones, gafas, juguetes, menaje del hogar, teléfonos móviles de todas las generaciones imaginables, ordenadores portátiles, reproductores de DVD, prismáticos, radios... Vi miles de zapatillas deportivas, tres bolivianas enfrascadas en vestir muñecas con ropa de bebé, un niño comprando una raqueta de tenis, un puesto que vendía exclusivamente pequeñas cajas de madera y, en una calle adyacente, una sucesión de chamizos de chapa, humeantes y de tentadores aromas, dedicados a comida rápida.


Todo se puede encontrar en el mercado de Uyuni; hasta trenzas estilo Rapunzel
Al igual que pasó antes con los trenes, dejamos con pena aquel bullicio pintoresco y colorista para subir a los coches y partir hacia el salar. Primero circulando por una ajada carretera, luego abandonándola para saltar entre baches de tierra que levantaban ominosas nubes de polvo, a través de las cuales atisbamos algún guanaco pastando raquíticos brotes. 

Ampliando la imagen se apreciará el efecto espejismo de las montañas del fondo, que parecen flotar sobre el horizonte
Finalmente, las ruedas pisaron directamente sobre la blanca llanura de sal mientras en el horizonte se perfilaba el espejismo de lejanos volcanes que aparentaban flotar. La primera parada fue en un punto donde se extrae la sal mediante un método tan sencillo como cortar bloques del suelo; no será por escasez, puesto que ese desierto se extiende por doce mil kilómetros cuadrados. Tienen el tamaño aproximado de una caja de zapatos y no me resistí a pasar la lengua sobre uno. Se usan tanto para consumo como para artesanía e incluso en la construcción, a manera de ladrillos.
De aquí se extraen los bloques de sal, cortándolos directamente del suelo

Cada bloque pesa unos pocos kilos
Esa sal es lo que queda del fondo de los prehistóricos lagos Minchin y Tauca, que hace once mil años tenían un centenar de metros de profundidad -ahora hay otros tantos bajo tierra en once capas- pero se fueron evaporando a medida que el clima se volvía más seco, dejando como rico legado natural diez mil millones de toneladas de sal -se extraen veinticinco mil al año- y ciento cuarenta millones de toneladas de litio.


Una panorámica de la isla Incahuasi
Seguimos avanzando por la nívea llanura hasta atisbar a lo lejos un promontorio oscuro que parecía brotar de ella en medio de la nada. Era la isla Incahuasi (Casa del inca en quechua), en realidad la cumbre de una montaña subterránea que constituye un magnífico mirador y un buen punto de descanso. Un sitio algo surrealista, de algo más de veinticuatro hectáreas, donde un bar y una tienda de recuerdos comparten espacio con roquedales y un bosque de milenarios cactus gigantes que pueden alcanzar hasta diez metros de altura. La inevitable subida hasta la cima -de la isla, no de los cactus- lleva media hora, entre paradas para fotos y la falta de oxígeno respirable -son tres mil ochocientos veintidós metros sobre el nivel del mar-, pero una vez arriba hay unas panorámicas impresionantes de blanquísimos trescientos sesenta grados.

El bosque de cactus gigantes de Incahuasi
Subimos por una ladera serpenteando entre los espinosos vegetales y descendimos por otra donde una formación natural, señalizada como arco de coral, es un espléndido decorado fotográfico. Como lo es alejarse sobre la llanura de sal para contemplar la isla de extremo a extremo, un lunar en esa inmensidad bella pero dura en la que, nos contaba el guía, más de uno perdió la vida a manos de los bandidos que hasta no hace mucho se refugiaban en la zona (¡la leyenda incluye al mismísimo Butch Cassidy!) en busca de la lejanía de la ley y de víctimas fáciles; y, si no, la propia naturaleza hacía el implacable trabajo, como aquella familia fallecida de frío tras verse obligada a pernoctar por un simple pinchazo.

Un extravagante picnic; sal seguro que no falta
Antes de marchar, tuvimos ocasión de experimentar el picnic más inaudito de nuestras vidas comiendo a la sombra de una carpa que también sirvió para improvisar unas fotos. Y entonces sí, una vez más tocó subirse al coche remolonamente y emprender el regreso mirando atrás, ya que íbamos con el tiempo justo y había que tomar el avión para volver a La Paz. Eso significa que no pudimos cumplir parte del programa, que incluía visitar las momias de Coqueza y la cooperativa salinera de Colchani, y que apenas echamos un apresurado vistazo a un curioso hotel de sal. Queda pendiente para la próxima, espero.

Fotos: JAF

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