Un día en Uyuni: el cementerio de ferrocarriles de Pulacayo



Éramos siete sufridos blogueros españoles de visita en Bolivia, por cortesía de sus autoridades, para participar en un congreso turístico. Terminadas las dos jornadas de trabajo, llegaba el momento de conocer algunos sitios interesantes del país y, para ello, nada mejor que sumar un madrugón inmisericorde al soroche (mal de altura) y al jet lag tamaño king size que aún arrastrábamos tras el maratoniano viaje desde España. Así que hubo que hacer caso al estridente e impío despertador que, a horas intempestivas, atronó en la madrugada para el traslado desde el centro de La Paz a El Alto, donde se halla el aeropuerto. Allí tomaríamos un pequeño avión con destino a Uyuni.

El miniaeródromo de Uyuni, solitario y gélido a primera hora
El trayecto aéreo duró una hora y tomamos tierra en el minúsculo aeródromo de esa localidad, siendo recibidos por el frío intenso propio de esas alturas y del horario mismo. Un par de coches nos llevaron al centro del pueblo, cuya primera imagen fue más bien siniestra, aunque reconozco que los cero grados de temperatura y el hecho de ser aún las siete de la mañana pueden deformar la percepción de la realidad, especialmente a alguien con falta de sueño acumulada. Pero el caso es que aquellas casuchas de adobe, pocas de más de dos pisos, las solitarias calles batidas por el viento y las miríadas de esqueléticos perros vagabundos parecían situarnos más en un sórdido escenario de spaguetti-western, previo al duelo de turno, que en nuestro destino.

Cuando el sol empieza a calentar Uyuni cobra vida, cual lagarto. El pintoresco mercado, donde se puede encontrar cualquier cosa, es su mejor expresión
La cosa empezó a cambiar con la parada para desayunar en un pequeño y encantador hostal local, el Kory Wasy, de la empresa homónima que nos organizaba el viaje, ya que habíamos partido de la capital sin poder tomar nada -más allá del consabido mate de coca- por estar aún cerrado el comedor de nuestro alojamiento. No importó la diferencia de estrellas; al contrario, resultó divertido tener que usar el aseo de una de sus seis sencillas habitaciones por estar el principal inutilizado temporalmente a causa de la congelación de sus tuberías. El caso es que al ponernos de nuevo en marcha la situación había cambiado: nuestros cuerpos, reconfortados por el refrigerio, empezaron a recibir además el incipiente calor de un sol al que ya se le veían tímidos intentos por encaramarse a lo alto del cielo, con lo que pudimos empezar a quitarnos alguna capa de abrigo.







Antes de ir al Salar de Uyuni, verdadero objetivo de la jornada, visitamos uno de esos rincones que, pese a ser prácticamente desconocidos, pueden considerarse joyas potenciales. Es el Centro Minero de Pulacayo, donde hay un fantástico cementerio de ferrocarriles, un auténtico museo al aire libre en el que descansan en paz una veintena de añejas locomotoras y vagonetas de un antiguo tren minero que transportaba el cobre extraído en la región, en los duros tiempos preturísticos.

Ya no funciona pero las vías siguen allí, pegadas al seco terreno como imborrables y perennes huellas dactilares oxidadas, extendiéndose hasta perderse en el horizonte desértico como esperando que algún día llegue una imposible resurrección en forma de nuevo convoy. Y las herrumbrosas máquinas, pese a estar mancilladas por profamadores graffitis, parecían ofrecerse a nuestra pasión fotográfica casi con exhibicionismo, tal cual sirenas cantando para engatusar a los marinos y no dejarles marchar. De hecho, nos fuimos de aquel sitio a regañadientes, con las cámaras echando humo porque, además, aprovechamos que a esas horas estábamos solos, sin otros turistas.

Sin embargo, la tristeza de la despedida duró poco. Lo justo para asumir que nuestra siguiente etapa era el famoso Salar de Uyuni, lo que no merecía lágrimas más que de emoción.

Fotos: JAF

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