Cita en Perú con Tadeo Jones, Shin-Chan y Chimo Bayo

Tadeo Jones, Shin-Chan y Chimo Bayo. Menudo trío ¿eh? Pues una vez compartí con él una jornada turística en Perú. Era verano, había viajado por el país descubriendo sus rincones más atractivos y, después de conocer Lima, Nazca, Arequipa, el cañón del Colca, Puno, el lago Titicaca, el Valle Sagrado, Cuzco y Machu Picchu, emprendí rumbo al norte, esa región menos visitada pero igualmente fascinante.

Quedaban atrás los Andes y el Altiplano para dar paso a la costa, donde las culturas prehispanas más destacadas fueron la mochica y la chimú. La arquitectura de piedra ciclópea daba paso a la de adobe, los bizarros tambos fortificados a las pirámides, la orfebrería áurea a la cerámica policromada. Es la tierra reseca y calurosa de Chiclayo y Trujillo, donde la magnificiencia del Inca encuentra reflejo en el Señor de Sipán y las fortalezas entre montañas son sustituidas por imponentes huacas, medio deshechas por la erosión y la intrusión profanadora de los huaqueros.


Éste era el panorama que se nos presentaba. Habiendo devuelto ya el coche de alquiler, en el mismo hotel contratamos una excursión de una jornada para ver los complejos arqueológicos de Trujillo: las huacas del Sol, la Luna y Arco Iris, así como la ciudad de Chan Chan. A primera hora de la mañana, vino a buscarnos una de esas características y polivalentes furgonetas donde nos juntamos viajeros de diferentes nacionalidades y un guía con un aire a Evo Morales -sustituyendo el jersey de Baby Alpaca por un ajado chaleco reflectante-, que nos felicitó por la suerte que teníamos de que nos hubiese tocado él, ya que era arqueólogo y trabajaba en los yacimientos que íbamos a ver. Modestia aparte.

El caso es que a la primera de cambio, en el museo de las huacas, quedó patente que el tipo sabía tanto de arqueología como Tadeo Jones, el personaje de la célebre película de animación, nombre que ya le quedó para el resto del día. Simplemente leía las cartelas de las vitrinas y repetía una y otra vez unos mantras aprendidos de memoria: la dualidad, el sol y la luna, el día y la noche, el bien y el mal...

El palacio de Nik An, la única visitable de las diez ciudadelas de Chan Chan
Quizá el resto del grupo no se percató, habida cuenta que algunos eran extranjeros y su español limitado, pero servidor se tiró cinco años en la Universidad estudiando Historia; un par de preguntas técnicas, hechas con maquiavélico propósito, corroboraron que no se trataba de una falsa impresión. Hasta aventuré una hipótesis: siendo optimistas, Tadeo habría trabajado en alguna excavación pero como simple operario.

Con esta premisa o exigíamos la devolución del dinero perdiendo el día o continuábamos la visita tomándonos la cosa con humor, que fue lo que hicimos: las explicaciones de Tadeo Jones eran limitadas y retiterativas hasta el hartazgo -dale que te pego con la dualidad día y noche, bien y mal-, aunque rozaron la gloria cuando insinuó el origen extraterrestre de las civilizaciones que estábamos viendo. Como ven, arqueología de alto nivel. Y divertida a más no poder.

La tumba del Señor Chimo (Bayo)
Cuando llegamos a la antigua ciudad chimú de Chan Chan hubo un pequeño problema con los taquilleros; resulta que los arqueólogos tienen entrada gratis a los sitios pero al nuestro -a Tadeo quiero decir- no lo habían visto nunca ni les constaba que trabajase allí, como él les aseguraba. Al final pasamos a ver aquel colosal recinto de veinte kilómetros cuadrados, al que, siguiendo la coña, rebautizamos Shin-Chan y por el que Tadeo Jones nos guiaba sin renunciar a su lectura de los rótulos de cada rincón -y, por supuesto, la dualidad bien-mal, día y noche- con su conocida desfachatez. Cuando llegamos a la tumba del señor Chimo redondeamos la diversión, porque así se las ponían a Fernando VII y no pudimos evitar añadirle Bayo de apellido.

El ruiseñor de Chan Chan
Pero en un recodo aún nos esperaba otra sorpresa, ésta de corte estupefaciente. Tadeo nos reunió en torno a una anciana escuchimizada que, ataviada con vaqueros, chaleco de explorador, gorra y grandes gafas negras, parecía una mosca disfrazada de pasa y nos deleitó durante diez minutos cantando a capella El cóndor pasa, tras lo cual pasó la gorra pidiendo propina. No me quedó claro si era una tradición del sitio o algo astutamente pactado con el guía, aunque me lo imagino; en cualquier caso, el espectáculo fue lo suficientemente estrambótico como para darle algunas monedas e inmortalizarlo en imágenes, así que se puede perdonar la encerrona.

El efecto de los rayos gamma sobre las ruedas
Así terminó una jornada inolvidable. Bueno, en realidad así no porque, de camino a Huanchaco, uno de los pedruscos que suelen tapizar las carreteras peruanas nos destrozó una rueda, tal como conté anteriormente en otro post. El neumático quedó como si hubiera sido atacado por un tiburón blanco en plena sobredosis de anfetaminas, con lo que hubo que cambiarlo y llegamos al hotel casi de noche (noche, noche ¿de qué me suena eso? Ah, sí, la dualidad noche-día, bien-mal...).

Fotos: JAF

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