Sobrevolando las líneas de Nazca


Una de las experiencias más intensas de una visita a Perú es contemplar las líneas de Nazca desde el aire. Como el lugar está en una pampa en medio de la nada, se libra de las masas de turistas que abarrotan otros sitios como Cuzco, Machu Picchu o el Lago Titicaca. Ahora bien, ello no quiere decir que esté desierto ni mucho menos. 

De hecho, a mí me tocó esperar turno más de tres horas pese a haber hecho la reserva el día anterior, bien es cierto que algo tuvo que ver en ello la metereología: la niebla impidió que los aviones despegasen a primera hora de la mañana; es lo que tienen esas regiones de naturaleza dura, pues otras veces es el viento el que sopla con fuerza por la tarde obligando a cerrar la pista. Pero incluso así éramos muchos aguardando la vez.

La pequeña terminal del aeropuerto, con sus inevitables japoneses
 La terminal del Aeropuerto María Reche, minúscula y básica, resulta acorde con un complejo que en realidad es más bien un aeródromo, ya que no recibe aviones de línea sino que está dedicado exclusivamente a las avionetas turísticas.  El edificio se recorre de extremo a extremo en apenas medio minuto, aunque se puede engrosar un poco el tiempo parándose a ver los mapas de las líneas que exhiben los mostradores de las diversas compañías o el vídeo sobre la historia de la civilización Nazca que pasan por unas pantallas. 

 También habrá quien se haga una foto con un figurante ataviado de nazca que espera a la puerta o quien se de una vuelta por el mercadillo de artesanía y souvenirs que hay en el aparcamiento, donde se pueden conseguir muy buenos precios sin regatear demasiado. La ventaja del idioma común me permitió sumirme en una delirante conversación con una de las vendedoras, quien empezó contando que anhelaba visitar la región andina para terminar dejándome descolocado al explicar ingenuamente que los incas eran muy altos y esbeltos -como demostraban las enormes puertas de los edificios de Machu Picchu-, pero que esas características raciales se perdieron al llegar los pequeños españoles y mezclarse con ellos.

Estuve a punto de pincharla un poco, a ver si también se animaba a hablar de la telepatía inca o incluso de los extraterrestres, pero entonces me dí cuenta de que hablaba en serio y sin maldad, así que opté por dejarla feliz con sus ensoñaciones. Además, acababan de hacer la llamada para embarcar.

La avioneta con la que hice el vuelo.

Me tocó una avioneta grande a la que subimos una docena de pasajeros de distintas nacionalidades y tuve la suerte de ser el primero, sentándome justo tras el piloto, lo que me permitió la curiosidad de ver el chequeo de seguridad previo al despegue y comprobar que las maniobras se hacen electrónicamente, no con visión directa de la pista. El paso de tierra al aire fue mucho más suave que en los aviones de línea y así empezamos el recorrido.

El llamado Cóndor
Como sabrán, las líneas de Nazca son geoglifos, es decir, dibujos realizados en la roca (o el suelo), de un tamaño tan grande que no se pueden apreciar sino desde una perspectiva aérea (dos o tres se ven también desde un mirador elevado, cerca de la carretera Panamericana). De hecho, aunque los arqueólogos ya los estudiaban desde 1926, no supieron realmente lo que estaba allí representado hasta que Paul Kosok  sobrevoló la zona en 1939 contemplando centenares de líneas, espirales y formas geométricas, aunque lo más vistoso era la treintena de animales representados, entre ellos un ser humano.

El Colibrí destaca claramente sobre esa meseta
María Reiche, la matemática alemana que da nombre al aeropuerto, se pasó cincuenta años estudiando el tema in situ y concluyó que se trataba de una especie de calendario astronómico, si bien últimamente circula otra teoría que relaciona el lugar con el culto al agua, tan preciada en ese clima desértico. Lo que sí hizo Reiche fue describir exactamente cómo se hicieron los dibujos: un auténtico trabajo topográfico en el que los nazca trazaban las líneas con cuerdas y luego quitaban la capa superior de piedras (de unos treinta centímetros), colocándolas a los costados a  manera de perfil y dejando a la vista la capa inferior, de tono más claro. La escasez de lluvias permitió que se conservaran desde entonces, aproximadamente el año 1000 d.C.

En la ladera de la montaña inferior se puede ver al Astronauta
El vuelo dura veinte minutos, tiempo durante el cual los que somos tendentes al mareo -y los que no también- tenemos que hacer un esfuerzo supremo para no vaciar el estómago sobre el pasajero de delante. En mi caso, hubiera sido un remedo de la niña de El exorcista de no ser porque, previendo el asunto, había desayunado únicamente una cantidad de biodraminas digna de las bodas de Camacho. Y es que la avioneta alabea continuamente de un costado a otro para que los pasajeros puedan contemplar mejor los dibujos.

Justo encima de donde se cruzan las dos "pistas" grandes está el Loro
Lo de "contemplar mejor" es un decir. Algunas figuras resultan fáciles de ver, como los trazados lineales, el enorme Astronauta, el Mono o el Colibrí, que están entre las más grandes, con cientos de metros de longitud. Otras, en cambio, pueden pasar desapercibidas, aún cuando los pilotos van indicando a dónde mirar; al parecer, la observación es mejor por la tarde, cuando el sol está más bajo y la luz no se refleja tanto. En cualquier caso, cuando se está allá arriba, entre forzar los ojos, el movimiento bamboleante, la prisa a emplear para vislumbrar algo, el enfocarlo luego con la cámara y el creciente mareo, uno termina concluyendo que la forma óptima para ver las líneas de Nazca es Google

Algunos dibujos casi se ven a ras de tierra. Las Manos están junto a la carretera, debajo y a la derecha de ese grupo de curiosos
 Claro que así se pierde la parte emocional y sensitiva. Y si no, que se lo pregunten a la pasajera francesa que, tras aterrizar, se quedó tendida en la misma pista, al pie de la escalerilla, varios minutos; enferma, con una brutal jaqueca en la cabeza y las entrañas como una lavadora en marcha. ¿O era al revés?

Fotos: Marta B.L.

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