Ciencia, religión y fantasía en la iglesia de Saint-Sulpice


Viajar a París unos pocos días significa que uno sólo va a tener tiempo de ver esos sitios de referencia cuya visita es casi obligatoria. Ya saben: el Louvre, Notre-Dame, Orsay, el Arco del Triunfo...

Pero la capital de Francia tiene atractivos suficientes como para volver una y otra vez y seguir descubriéndolos sin parar. No sé cuánto tiempo haría falta para verlo todo, pero serían muchas, muchas semanas. Sólo con ceñirse a las iglesias, por ejemplo, daría para un buen montón de jornadas: la Catedral, la Santa Capilla, el Sagrado Corazón, Saint-Denis, la Madeleine, Saint-Eustache, Saint-Étienne-du-Mont, Saint Germain des Prés...

Una de las más interesantes, que ya es decir, es la de Saint-Sulpice, que está situada en la plaza homónima. Este apacible espacio, vecino del boulevard Saint Germain, de los Jardines de Luxemburgo y de la entrada a las Catacumbas, se caracteriza por una fuente en la que cuatro cardenales -ninguno de los cuales llegó a Papa, por cierto- apuntan cada uno a un punto... cardinal, evidentemente. 

Allí, rodeado de célebres cafés, se alza el citado templo en honor de San Sulpicio, uno de los más altos de la ciudad y que se ha hecho famoso porque en su interior transcurría un capítulo del famoso Código da Vinci. La arquitectura es rara:  aunque en realidad corresponde al siglo XVII, se alza sobre una construcción anterior románica y la actual presenta un aspecto neoclásico (tiene un aire a la Almudena de Madrid pero en pequeño), con una fachada estructurada en dos filas de columnas superpuestas y sendas torres asimétricas en los extremos.

Por fuera, la imagen resulta bastante sobria, con enormes ventanales y paredes desnudas de decoración. Por dentro, en cambio, ya se aprecia más ornato. Destacan especialmente un par de cuadros de Delacroix, una estatua de San Pedro que es parecida a la del Vaticano (incluso tiene el pie desgastado también) y un gran órgano de mediados del siglo XIX  que cuenta con casi dieciséis mil tubos, usándose aún para dar conciertos.

Pero lo más importante es el gnomon de la meridiana solar que le encargó un sacerdote al astrónomo Henry Sully. Consiste en una vidriera en la que un único cristal opaco entre los demás marca la hora proyectando su sombra hacia el suelo, sobre una larga línea de latón (veintitrés metros de longitud) que termina en un obelisco de mármol coronado por una esfera de bronce. 

El sistema permite calcular equinoccios (la sombra avanza hasta una placa de cobre en el pavimento) y solsticios (el de verano, cuando la sombra llega hasta una placa de mármol, también en el suelo; el de invierno, cuando la luz hace brillar la bola del obelisco). Así se conseguía la información que verdaderamente quería el cura: saber con exactitud la fecha de la Pascua. Una finalidad religiosa que, sin embargo, tiraba de un método científico, lo que sirvió para que la iglesia se salvara de la destrucción durante la Revolución Francesa.

Los personajes de Dan Brown utilizan ese gnomon para buscar el Santo Grial, si bien haciendo algunas trampas porque el escritor mezcla un montón de cosas que no tienen nada que ver. Para empezar, identifica la línea de latón con el Meridiano de París, anterior al de Greenwich pero que en realidad pasa a un centenar de metros del edificio.


Además, las letras P y S que hay en las ventanas circulares del crucero le vienen muy bien al argumento como acrónimo de Priorato de Sión (la organización protagonista de su historia), cuando verdaderamente corresponden a Pierre y Sulpice, los santos a los que está consagrado el templo. El propio párroco tuvo que poner un cartel explicativo, harto de las preguntas de los turistas.

No obstante, como ven, a mí también me ha resultado de perlas la imaginación-manipulación de del escritor para hacer un post sobre Saint-Sulpice sin aburrir demasiado.

Foto 1: Marta B.L.
Foto 2:  Mbzt en Wikimedia

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