La pirámide de Kefrén


Siempre que una película quiere mostrar algún gran acontecimiento global, generalmente una macrocatástrofe o una invasión alienígena, pero también una noticia sensacional que llega a todos los rincones del mundo, acude al tópico de mostrar la Torre Eiffel desmoronándose, un presentador japonés infomando en el telediario, un negro haciendo lo mismo pero tocando el tam-tam y una impresionante panorámica mostrando la destrucción de las pirámides de Egipto o la Esfinge de Gizeh.

Sin embargo es algo bastante falaz y no lo digo sólo por el tam-tam, que ya no se usa. Las construcciones contemporáneas, de metal, hormigón y cristal, son endebles y no resistirían el impacto de un meteorito exterminador ni los torpedos de las naves klingon, cierto, pero la arquitectura de la Antigüedad se hacía para durar y no hay ejemplo mejor que el de las citadas pirámides egipcias, que llevan ahí prácticamente desde el inicio de su civilización, que es casi como decir de la civilización en general.

Porque el Imperio Egipcio duró tres milenios y las pirámides se erigieron al comienzo, durante la IV dinastía, lo que significa que tienen unos cinco mil quinientos años ¿Alguien se imagina al Empire State, el Centro Pompidou o las Torres Petronas aún en pie dentro de cincuenta y cinco siglos?


Es verdad que han perdido algo de lustre y ya no lucen como entonces, despojadas del piramidión (la cúspide) recubierto de oro y de la capa de caliza pulida que revestía sus cuatro lados de manera que, con su color blanco, resplandecían magníficamente a kilómetros de distancia. Pero es que dicho recubrimiento se hacía con bloques más pequeños que rellenaban los escalones que dejaban los grandes sillares de arenisca; más manejables y, por tanto, aprovechados por muchos a lo largo del tiempo para hacer casas y murallas. Aún así, la pirámide de Kefrén aún conserva una parte en su zona alta que la hace fácilmente identificable.
Precisamente quería hablar de ella, tumba del faraón Jafra (Kefrén es el nombre que le dieron los griegos), hijo de Jufu (Kéops), este último con un sepulcro aún más colosal, la Gran Pirámide, que se yergue justo al lado de la de su vástago. Paradójicamente, la erosión ha provocado que hoy en día  se haga realidad lo que un efecto óptico siempre había producido en quienes observaban ambos edificios: el hecho de que la pirámide de Kefrén se asentara en un terreno más elevado y que sus caras tuvieran un mayor ángulo de inclinación daba la impresión de que era de mayor tamaño, cuando en realidad tenía tres menos de altura que la de Kéops y quince menos de longitud en su base.

Es curioso que de Kefrén, que es el verdadero protagonista de Gizeh porque la Esfinge lleva su rostro, no se sabe gran cosa. Sucedió en el trono a su hermano mayor Didufri y gobernó unos veinticinco años al lado de sus esposas Meresanj II (que además era su hermana), Meresanj III y Jamerernebty (la principal), que están enterrada en mastabas al lado de su pirámide. Heródoto le define como un déspota, al igual que su padre; quizá sea un ejemplo de ello el hecho de que fuera el primer faraón que adoptó el título de Sa-Re, que significa "Re ha aparecido", o sea Hijo de Re, deificándose en vida. 

Pero si estamos escasos de datos sobre su vida, en cambio tenemos retratos suyos de sobra, aunque no muy fiables porque los artistas idealizaban los rasgos de manera que cualquier adefesio pareciera una belleza. La representación de Kefrén más espectacular es la citada Esfinge, pero hay unas cuantas estatuas más, entre ellas una sedente tallada en diorita nubia y descubierta por el famoso Auguste Mariette en una foso, entre escombros, en 1860.

¿Y qué hay de la pirámide? Eso, en el próximo post.

Fotos: JAF

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las huellas de la Operación Antropoide en Praga (II)

El Escorial (I). Un retrato arquitectónico de Felipe II.

Visita al Mary Rose (I)