Un viaje a Medellín (IV)

Un día más en Medellín gracias a la invitación del Convention & Visitors Bureau local para participar en un blogtrip como representante del blog La Brújula Verde.
Amanecía un día más en Medellín de la manera habitual allí, con unas nubes bajas que mostraban pereza por ascender: al igual que la ciudad trepa, en su expansión urbanística, por las laderas de las colinas circundantes, llenándolo todo como una especie de infección blanca que se come el verde, cada jornada la bruma matinal parece empeñada competir con ella aposentándose encima en tanto no llegue la orden taxativa del astro rey.

Pero el  Sol siempre acaba saliendo en Medellín. Lo hizo metafóricamente años atrás, cuando los paisas (apelativo de los naturales del lugar) acometieron la transformación de su ciudad, contando para ello con una sorprendente herramienta que esa mañana íbamos a visitar: el Metro.

El Metro, que no es subterráneo sino que circula por unas vías elevadas, forma parte de un sistema integrado de transporte completado por el Metrocable (un teleférico) y el Metroplús (autobús urbano que prolonga las líneas por donde no es posible colocar vías férreas) diseñado todo él para acortar las enormes distancias de esta megalópolis de dos millones y medio de habitantes. Pero, sobre todo, para sembrar civismo y conseguir la inclusión social de zonas degradadas.


Ese día lo vimos de primera mano. Primero, con la privilegiada experiencia de viajar en una cabina junto al conductor. Después, al final de la línea, transbordando al mencionado teleférico. No es un equipamiento turístico sino que sirve para acceder al barrio de Santo Domingo Salvio, una enorme favela de casas primarias colgadas en una ladera que, pese a ser asentamientos ilegales, el Ayuntamiento ha tenido la interesante iniciativa de acondicionar. El teleférico permite a sus vecinos bajar al centro o regresar a casa después del trabajo empleando pocos minutos, en vez de las horas que tardarían a pie.

Las cabinas circulan continuamente, sin paradas, por lo que hay que subirse en marcha.
Tras un paseo por el barrio, en el que a pesar de la pobreza imperante no se corre más peligro que el algún niño avispado que pida la voluntad por hacer de guía o improvisar una explicación sobre el sitio, y tras ver la oscura mole ciclópea de la Biblioteca España, que parece brotar de la cumbre, seguimos trayecto en una de esas cabinas colgantes hasta el otro lado de la montaña, entrando ya al corregimiento de Santa Elena. Allí visitamos el Parque Arví, mil setecientas hectáreas de reserva natural donde se juntan la posibilidad de probar actividades de aventura, alojarse en unos esquizofrénicos pero bonitos hoteles mitad hippies mitad de luxe, y conocer la tradicional cultura silletera. Los paisas también van allí los fines de semana para practicar una de sus obsesiones favoritas: el picnic.

Comimos en un extraño establecimiento llamado El Monasterio, un restaurante rústico, pequeño (¡tenía tres mesas!), de bohemia acorde al entorno new age y decoración acorde al nombre, cuya especialidad son las pizzas al gusto hechas con alimentos orgánicos. Después, en la misma línea, visitamos La Montaña Mágica, una granja-hotel-spa especializada en estancias "de relajación y recuperación de energía". Las disparatadas pero reales historias que cuenta Blanca, su dueña forman parte del atractivo, al igual que el canelazo (infusión de hierbas con ron) que te sirve durante la visita.

Finalmente, acompañados toda la jornada por una lluvia intermitente que ya a esa hora de la tarde se volvió pertinaz, la familia Londoño nos explicó en su finca silletera la historia y características de este oficio tradicional declarado Patrimonio Cultural de la Nación y origen del evento más típico y famoso de Medellín: la Fiesta de las Flores, un espectacular desfile folklórico, pleno de luz y color, en el que se concursa por tener la silleta (estructura de madera decorada con pétalos de flores) más bonita y compleja.


Eso viene de siglos atrás, de una inaudita costumbre: la de los silleteros que cargaban a sus espaldas una tosca silla de madera en la que, a través de las abruptas quebradas, transportaban ¡pasajeros! Con el tiempo, su carga humana pasó a ser vegetal: las flores que cultivaban en sus tierras se engarzaban en la silleta de forma que quedara vistosa para el público porque, una vez llevada hasta la ciudad, servía de expositor.


Los tres tipos de silletas: en el centro, la de pasajeros; a la derecha, la de flores; y detrás, la de fiesta.
Los viajes se hacían de noche, alumbrados por un farol de fabricación casera (una lata con una vela dentro) y equipados con un curioso zurrón multibolsillos para engañar a los ladrones, una manta para el frío, un bastón con el que ayudarse a superar la difícil orografía antioqueña y un zurriago, por si algún perro se ponía tonto. La silleta, por cierto, se sostenía únicamente con la frente mediante una correa; yo tuve ocasión de probar y... bueno, digamos que no es lo mío.

Para acabar la jornada, ya de regreso a la ciudad, paramos a tomar un chocolate con aguapanela en un sitio llamado Sancho Paisa; la panela es es un derivado de la caña de azúcar que allí se usa habitualmente como edulcorante y se añade a casi todo, medicinas incluidas. Por cierto, mi gripe remitía a regañadientes, como la lluvia, tras el bombardeo de cargas de profundidad paracetamólicas a que la estaba sometiendo.

(continuará)

Fotos: JAF

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